| por: Norma Quintana |
Soy bailarina. En este momento coreógrafa y maestra de danza. Estudié en la escuela de danza de Tucumán. Ahí inicia toda mi carrera y a los trece años entré al ballet estable de la provincia y desde ahora hasta los años que tengo hoy, no he parado. El bailarín clásico es la formación de muchos maestros. Depende de una escuela principal pero luego vives perfeccionando.
Un día vine a Bolivia de vacaciones y sabía que aquí estaba el Ballet Oficial bajo la dirección de una gran maestra, Melba Zárate. Nosotros los bailarines no podemos tomarnos vacaciones muy largas porque nuestra formación, nuestro entrenamiento es constante. Aquella vez dijimos que en vez de ir a Buenos Aires, vengamos a Bolivia y de paso cambiamos nuestro panorama. Estoy hablando el año 73, comprenderán lo que era políticamente moverse en esas épocas.
Aquí la pasamos excelente. Todo el día en el Ballet montando obras y bailando. Así nos ofrecieron un contrato. El Ballet Oficial en Bolivia era como París en 1800, no por la belleza de las salas ni mucho menos si no por lo que se veía adentro. Había buenos bailarines y se podía ver un universo increíble. El primer contrato fue por seis meses y luego volvimos a Tucumán pensando no regresar pero nos volvieron a ofrecer contratos y sí regresamos y otra vez y otra y cuando me di cuenta habían pasado más de cuarenta años.
Yo llegué a Bolivia siendo una profesional, era solista y eso era muy importante. Como la familia estaba allá en Argentina podía volver cada tanto a perfeccionar mi danza y ese es uno de los problemas más graves que hay acá, la limitación. Si quieres perfeccionar tu técnica tienes que ir al extranjero, tienes que cambiar de ciudad.
Bailábamos un montón y aunque no había mucha plata había una acción cultural alrededor. Estaba la filarmónica, llegó el momento donde empezó a hacerse ópera. Trabajábamos muchísimo. Yo seguí mi vida. Estuvimos aquí, un tiempo en Italia donde bailé por supuesto, siempre buscando donde estudiar. Después en Viena pero siempre volviendo a Argentina, Brasil y Bolivia constantemente en la búsqueda de confrontarse y perfeccionar tu trabajo.
Luego de toda una vida en la danza dejé de bailar en el año 90. Yo quería crear, así que dejé la dirección académica del Ballet Oficial, corté de raíz. Justo en esta etapa se dio la oportunidad de que se abrieran los talleres de la Universidad Católica. Ahí empecé. Desde mis seis años hacía ballet clásico, vivía con el ballet clásico. Mi mundo era eso. Ese era mi universo y de golpe corté todo porque quería crear y para eso debía alejarme de lo académico. Así lo decidí yo. Ya no se puede crear como en el 1800, ahora hay que tirarse al vacío. Así empecé.
El primer impacto era trabajar con personas que no eran bailarines. ¡Oh sorpresa! Fue un aprendizaje increíble para mí porque, claro, el bailarín clásico va a la clase, hace todo y le corriges, están hablando un lenguaje acordado y conocido. Aquí tienes que dar indicaciones con cosas elementales. Marcar, hacerlo y que te sigan. Poco a poco fui aprendiendo a ver belleza en eso de que el ser humano, sin tener las capacidades de un bailarín clásico, tiene otras cualidades.
El año 94 conozco a César Brie, ese fue un momento especial, acercarme al Teatro de los Andes. En aquella época estaba activa la danza teatro, Pina Bausch por ejemplo. Yo estaba en ese momento llena de estímulos, más de la corriente teatral y contemporánea. Así hice mi primera obra con estos antecedentes, “La Casa de Bernarda Alba”.
Dos veces hicimos con César talleres compartidos allá en Yotala, una experiencia hermosa para mí y para ellos también. La consigna era trabajar mi clase y nosotros las suyas. Fue fundamental como arranque para romper lo académico. Pasé un tiempo muy largo allí y seguí yendo para congresos, para conectarme desde el lado creativo.
Desde el año 92 hasta ahora existe el taller experimental de danza en la Universidad Católica que para mí es una escuela de coreografía en donde hay montón de generaciones que pasan por ahí. Esto es algo muy generoso que hace la universidad y que nadie se da cuenta. En mi taller me permiten recibir gente de fuera de la institución y así siempre se cuela uno que otro que jamás ha hecho nada de danza. Por otro lado están bailarines que llevan ocho o nueve años de estudio que necesitan ese plus que es el momento de aprendizaje de oficio. Puedes saber mucho en la sala de danza pero es otra osa el manejo de una compañía profesional. Ese es el manejo del taller. Tengo una sala pequeña pero parece de goma porque no sé cómo entramos tantos. No es una escuela de danza pero la idea es dejar que cualquiera se acerque al mundo del arte y pasar por la experiencia. Alguno que otro salió contagiado por los talleres y se quedó en el arte. Esa es la idea. Es más el estudio y el proceso sin obligación de una función forzada como una escuela privada más que cuando lo amerite.
Cuando quiero algo más grande he creado un colectivo independiente que trabajamos cuando conseguimos dinero. Es algo de juntar plata y ahí hay otro tema curioso. La compañía ha salido un poco en rebeldía porque en este momento la trinchera es hacer ballet clásico de repertorio porque no hay Ballet Oficial. Tanto bailarines con diez años de experiencia con estudios, hermosos bailarines que viajan muchísimo y no hay dónde trabajar. Se pasan la vida tomando clases y de ahí pasan a ser profesores para formar otros chicos que nunca bailarán. Así surgió la idea de la compañía.
Para que un bailarín clásico se diga bailarín clásico tiene que tener nivel. Por eso está la compañía cada que se consigue dinero. Mientras tanto en la universidad seguimos trabajando. Son dos contextos completamente diferentes.
¿Qué me ha mantenido en la danza? Desde el primer día que hice una clase en serio se convirtió en una pasión irrenunciable. Es una forma de vida. Cuando yo hice esa primera clase descubrí un mundo. Y tenía las aptitudes. Ya en una escuela formal era un universo increíble. Hice el profesorado también porque nadie se esperaba que fuera tan fuerte haber empezado desde una circunstancia tan casual. A mis trece ya debía ir al colegio, a la escuela de danza y también a la compañía. Una vez que ya entré a ese nivel era total y absolutamente irrenunciable. Partíamos a Buenos Aires todo el verano para prepararnos. ¿Qué ha cambiado ahora? Sigue siendo una terquedad. Yo encontré en la danza una forma de vida y una herramienta maravillosa que me ha abierto puertas, me dio la posibilidad de cómo enfrentar retos diferentes. Cuando eres parte de un ballet estable y residente de un teatro, cosa que ha desaparecido y acá en Bolivia no existe, vives en el teatro; entonces vas saltando y absorbes todo como los talleres de vestuario. El bailarín da la última puntada a su vestuario, estás con los tramoyistas, y cuando están en huelga terminas metiéndole tú a ese trabajo también. Te hace aprender tantas cosas, ves teatro, ves las óperas, ganas experiencia escénica para los bailarines jóvenes, ensayas todo el día. Hasta terminas haciendo luces. Todo lo que para mí era importante aprender es ahora importante para mí enseñar. Arrastrar a la gente a eso. Ese compromiso que tiene que haber. Yo como directora en cabina no se me ve en las funciones pero trabajo para que todo el mundo sepa lo que tiene que hacer.
Ante otras artes me quedo con la danza por la integridad del cuerpo. El tema de la danza es la terquedad, de hecho yo ahora no hago entrenamiento de danza, hago yoga o taichí, algo que mantenga el complemento. No hago gimnasia, ninguna de ellas, ni aparatos. Tiene que ser el principio de la danza, técnicas o disciplinas como las orientales en donde además del trabajo del requerimiento físico, con el que te va a dar dolor muscular, tienes el trabajo artístico. La danza no se hace solo con el cuerpo, no solo muscularmente. Se trata entonces de esa comunicación entre mente y cuerpo que solo te da la danza. El teatro fue maravilloso pero es otro mundo, parecido pero no es igual. Yo soy del mundo de los mudos, de la danza.
Cuestionándome sentía que lo que yo hacía aquí en Bolivia era válido. Era una pelea que hacía falta. La danza es muy difícil. Siento que hay algo que defender. ¿A quién le importa? No sé, pero para mí es irrenunciable.

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