agosto 16, 2026

La izquierda y el ambientalismo

Atrás quedaron los días en los que la defensa del medio ambiente sonaba más a discurso izquierdista que a excusa antigubernamental. Pero los tiempos han cambiado y todo el debate en torno a la construcción del Territorio Indígena Parque Nacional Isiboro Securé (TIPNIS) demuestra que los discursos también son un arma. Como recursos emocionales, los discursos pueden movilizar a las personas mucho más que argumentos lógicos y racionales. Como banderas, son mucho más fáciles de levantar que programas elaborados para alcanzar tal o cual meta gubernamental. Y esto funciona hacia ambos lados de la puerta. El gobierno del presidente Morales inició con la mayor parte de los discursos y las banderas antisistema de su lado. Tenía a los indígenas, tenía a la defensa de la madre tierra, tenía jugando a su favor el inmenso desprestigio que los gobiernos de derecha habían acumulado durante casi dos décadas.

La oposición armada al proceso de cambio demostró ser inefectiva. Una porción tan reducida, como privilegiada, de la sociedad boliviana podía hacer muy poco contra numerosas y diversas mayorías excluidas del poder y el bienestar durante siglos. La intervención directa desde EE.UU. era imposible porque esta potencia, a su vez, atravesaba su propia crisis sistémica y de legitimidad desde la primera década del siglo XXI, sin mencionar que todos sus agentes dentro del país simplemente no contaban con las mínimas posibilidades de enfrentarse al gobierno de Morales. Una situación que no tendría aparente salida de no ser por el factor mediático.

Sin un partido opositor capaz de elevar sus acciones a la altura de los tiempos, y sin un aliado suficientemente creíble en toda la oposición, el gran capital multinacional y el gobierno de los EE.UU. no tenían otro recurso al cual acudir al poder de los medios de comunicación, su último bastión. Y resultó ser el frente más efectivo. Sin disparar un solo tiro, sin reclutar ningún general, las fuerzas contrarias a los procesos izquierdistas del continente comprendieron que la única manera de resistir a la marea izquierdista entonces en subida era generar discursos atractivos y apoyados, muchas veces, por las propias torpezas gubernamentales.

Levantar banderas racistas ya no era posible en pleno auge de la plurinacionalidad. Por eso, los primeros en caer fueron los más radicales conservadores. Mostrar a los EE.UU. como un defensor de la democracia tampoco era posible, con todo su registro de intervenciones y violaciones a los derechos humanos. La guerra mediática necesitaba discursos más originales y preparados a partir de las propias condiciones de cada sociedad. Y así, convirtieron las fortalezas del discurso izquierdista en sus propias debilidades. Corrupción, desarrollismo, ineptitud, autoritarismo y otras palabras que solían asociarse con gobiernos neoliberales fueron estampadas con mucha paciencia y mucha insistencia en la frente de los gobiernos de Chávez y ahora Maduro, Morales y Correa, principalmente.

Con esto no se quiere sugerir que no existan contradicciones entre el discurso y la práctica del actual gobierno, pero estas son secundarias frente a una línea principal caracterizada por su posición antiimperialista. Lo que si queremos señalares la irónica situación que atraviesa el país. Políticos que solían ser parte del sistema excluyente y racista de los 90 hoy se proclaman defensores de los indígenas. Políticos que vendieron el país entero a transnacionales defienden hoy nuestras áreas protegidas. Si bien no se puede aplaudir su coherencia, al menos debemos admitir que son mucho más hábiles (y también tienen más recursos) en la arena mediática y discursiva. La izquierda debe comprender lo más pronto posible los nuevos códigos que impone el discurso ambientalista, antes de perder esa bandera ante un enemigo que sabemos no está preocupado por la supervivencia del planeta.

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