enero 8, 2022

Venezuela ¿qué debemos creer, que debemos hacer?

Vivir implica necesariamente tomar posición ante ciertos problemas que nos pone en el camino la realidad objetiva. Y tomar posición es más fácil cuando se cree en algo, y es más recomendable que eso en lo que se cree haya sido pensado profunda y meticulosamente. En torno a Venezuela, existen muchas posiciones, aunque podemos estar relativamente seguros de que solamente dos son importantes. En torno a Venezuela están aquellos que se alinean contra la Revolución Bolivariana y aquellos que la acompañan a pesar de los errores que ésta pueda cometer. Cada una de estas posiciones puede tener sus matices argumentativos, pero al final todo se reduce en apoyar o no apoyar al presidente Maduro en su lucha contra el imperialismo.

Y tales posiciones se toman de acuerdo a una serie de valores y prejuicios que guían la decisión de una persona a la hora de decir sí o no a Venezuela. La solidez de los argumentos que se sostienen suelen ser desde muy sólidos hasta muy deleznables. Decir lo que pensamos debe partir de una profunda reflexión de la realidad y de todos sus datos.

No podemos posicionarnos frente a algo porque una consigna dice esto o porque nuestros seres queridos dicen lo otro. Debemos asumir una posición partiendo de valores y volviendo a ellos mediante argumentos. En torno a Venezuela la palabra “democracia” es usualmente un punto de quiebre donde se pueden distinguir a los partidarios de uno u otro lado. ¿Qué tan bien se comprende lo que significa esta palabra? Eso ya es tema de otro debate. Pero acá creemos que hay otra palabrita que separa a las personas, y también las une. Esa palabra es “soberanía”

Existen, pues, personas que creen que sus Estados tienen derecho a ser plenamente soberanos política y económicamente y aquellos que no tienen problemas en aceptar órdenes de los gringos, y hasta se sienten honrados por ello.

¿Y cómo adoptaremos nuestra posición respecto al problema de la soberanía? El análisis de la geopolítica es la única alternativa para ello, o al menos la más útil. Partimos de la premisa de que los Estados luchan por mantener el control sobre sus territorios y ejercerlo, en algunos casos, sobre el de otros Estados, de forma directa o indirecta. La geopolítica es, pues, la ciencia que estudia la lucha de los Estados por el control del territorio.

EE.UU., país del que no puede negarse inclinaciones hacia el imperialismo, es un ejemplo muy interesante para estudiar en este sentido. Desde su nacimiento como federación de Estados ha incursionado, primero, en la ampliación de su propio territorio mediante conquistas o anexiones. Este primer periodo expansivo duró desde mediados del siglo XVIII, casi todo el siglo XIX y concluye más o menos en 1900. La imposición de un protectorado sobre Cuba es su punto culminante.

El segundo periodo del imperialismo estadounidense se da a partir de 1920, cuando interviene Colombia y crea la República y el canal de Panamá. Se trata de la fase intervencionista clásica de los EE.UU. Y expande su intervención no sólo a Latinoamérica sino a incluso China y otras partes del Asia. Esta fase se caracteriza por la defensa de los intereses de su burguesía en otras partes del mundo y concluye con el inicio de la Segunda Guerra Mundial.

¿Qué sucede entonces? Un hecho trascendental de entre los muchos que ha tenido el siglo XX. EE.UU. emerge como una potencia mundial que construye instituciones de carácter mundial a su imagen y semejanza. Desde militares como la OTAN hasta económicas como el FMI, sin mencionar el complejo militar industrial, que acrecenta el poder económico de los EE.UU. mediante el ejercicio de la guerra, contraviniendo por primera vez en la historia el principio de Sun Tzu de que las guerras son caras y por ello no convenientes. Su poderío es inmenso pero no supremo, pues compite con una también poderosa Unión Soviética. Esta es la fase de intervencionismo más intensa que podemos registrar, sobre todo en Latinoamérica. Acá emplea estrategias de diferente tipo, desde intervenciones militares, financieras hasta influencia sobre ejércitos nacionales para ejecutar golpes de Estado en países no alineados a su dominio.

Esta etapa dura hasta la caída de la URSS en los 90’s, más o menos, después de la cual emerge como la única y más poderosa potencia mundial en la historia del hombre y la especie humana en lo que va de ida. Sus estrategias de intervención en este periodo esta vez son ensayadas en el Oriente Medio como sucedió en la Guerra del Golfo, pero el control financiero y económico es preponderante mediante organismos como el FMI o el BM.

Pero esto dura sólo una década, no dura nada en comparación de otros imperios de nuestra historia. El atentado de las torres gemelas de 2001 es el augurio de muchas cosas por pasar: su poder económico disminuye ante la emergencia de una semi-periferia donde China es el ejemplo más resaltable; Latinoamérica se levanta a través de gobiernos progresistas o antineoliberales; Rusia vuelve a levantarse como actor pivote geopolítico con el impulso que le da Putin y otras economías comienzas a emerger… los BRICS.

En este contexto de casi obertura hacia un mundo multipolar, EE.UU. ya no puede ejercer las mismas estrategias que ejerció en el pasado. Todas sus fuerzas se vuelcan contra Medio Oriente y hoy contra Latinoamérica. Y sobre todo contra Venezuela. Eso no es casualidad. La patria de Bolívar es donde nace otra escuela geopolítica. La de la integración latinoamericana, que luego es defendida por Martí, el Che, Fidel y luego Chávez. Una escuela geopolítica que parte de la premisa de que divididos no somos nada, pero juntos podemos construir un nuevo mundo que brillará más por la luz de su ejemplo que por el conjunto de sus riquezas.

Y Latinoamérica tiene sus puntos débiles, o fuetes, según se mire. Ya lo hubiera dicho un geopolítico como Lewis Tambs, que sigue vivo de hecho, asesorando quién sabe qué maquiavélicos planes… Él creía que en Latinoamérica hay dos heartlands, dos espacios vitales, dos zonas estratégicas: El triángulo caribeño, compuesto por Colombia, Venezuela y Panamá; y el triángulo boliviano, que es básicamente la puerta de la Amazonía continental. Ahora EE.UU. está ocupado en el primero, mañana… mañana podríamos ser nosotros. Presenciamos, pues, un capítulo más en la larga y sufrida saga de una Latinoamérica que lucha por hacer de esa palabrita una realidad: soberanía. Y con soberanía, la liberación de nuestra especie de las fauces del capitalismo.


*    Es politуlogo.

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