El año 2012 el Gobierno creó un nuevo banco estatal sobre la base del patrimonio del Banco Unión, ya controlado por el Estado desde el 2005 cuando fue intervenido por motivo de quiebra. Según declaró el ministro Héctor Arce, el objetivo del nuevo banco era competir con la banca comercial privada y “romper el oligopolio financiero”, así como prestar servicios financieros al aparato estatal y captar clientes entre pequeños productores agrícolas y empresas pequeñas y medianas, con ofertas de créditos blandos.
El relanzamiento del Banco Unión con fondos estatales ocurre en el momento de mayores ganancias del capital financiero en Bolivia, el 2012 Bolivia vivía el octavo año consecutivo de ganancias record con utilidades cercanas a 300 millones de dólares, según reportes de la ASFi, crecimiento comparado solo con el que vivió la banca durante el periodo del banzerato, algo que de ningún modo es motivo de alegría.
El Banco en cuestión se crea con un capital financiero de 127 millones de dólares, 77 que eran parte de su patrimonio constituido y 50 millones de dólares que le transfiere el Tesoro General de la Nación, eso quiere decir que parte de su patrimonio está constituido con el aporte de todos los bolivianos, además de que todas las operaciones del estado se hacen a través de este banco, hecho que pronto lo colocó entre los más grandes del país.
Este no es el primer banco estatal en Bolivia, tuvimos antes bancos estatales de servicios generales y de fomento a la minería y la agricultura, cerrados durante el gobierno de Paz Zamora que puso fin a la banca estatal junto a los fondos de fomento como parte de las políticas neoliberales de reducción del estado. El banco Ganadero y el banco Minero se cerraron en 1991 y el Banco del Estado en 1993, resultado de compromisos contraídos con el Banco Mundial, que a cambio otorgó un financiamiento externo de 800 millones de dólares por año.
Uno de los argumentos que el exministro Arce vertió durante a creación del Banco Unión como estatal fue precisamente que buscaba demostrar que “el Estado sí sabe manejar (…) una entidad financiera”, por eso es que el desfalco del banco de la Unión destapado pocas semanas atrás es un hecho tan doloroso y preocupante, porque no se trata de un banco cualquiera, sino de una experiencia financiera que estaba tratando de demostrar que la máxima neoliberal de que el estado es mal administrador es falsa y que es posible hacer las cosas de manera más social fuera del sector privado y con la presencia del Estado.
Pero hay que reconocer que desde hace tiempo el Banco Unión estaba trabajando muy lejos de las aspiraciones iniciales que Arce planteó, pues actúa como un banco privado más, sus tasas de interés son muy altas, se hacen incrementos a los pagos de los créditos de manera arbitraria y abusiva, su personal no tiene compromiso y como si fuera poco, ahora queda demostrado que sus sistemas de control no funcionan.
La historia de la banca en Bolivia es una historia oscura plagada de corrupción e inescrupulosos banqueros y políticos que se llenaron los bolsillos con el dinero de los ahorristas. Un estudio de Roberto Cuevas llamado “La Estafa del Siglo”, revela que en el periodo 1987 a 1997 quebraron doce bancos en el país y el Estado perdió 1.000 millones de dólares aproximadamente por esas quiebras pues las deudas fueron socializadas a través del Banco Central que desembolsó el dinero para pagar a los ahorristas, mientras los juicios siguen pendientes. Lamentablemente hoy el nombre del Banco Unión se suma a esa sórdida lista de asaltos financieros de los que ningún gobierno se salva. Desde la sociedad esperamos una investigación seria y un juicio a todos los responsables, porque con este desfalco se juega mucho más que un banco, se juega el dinero del pueblo y un pilar de lo que pudo ser una historia distinta.
* Socióloga.

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