Aunque Bolivia no sea los EE.UU., eso no impide que muchos de sus ciudadanos fantaseen con el “sueño americano”. Mujeres, coches nuevos por semana, bebidas de importación, y a montones. Y por supuesto, cuando no se ha nacido en una familia acomodada o no se es parte de un noble linaje de políticos, quedan pocas opciones para poder alcanzar ese ideal de vida que tiene por requisito indispensable ser poseedor de millones de dólares. Si la riqueza es la única medida del éxito, entonces nada más importa.
Se trata, como muchos ya habrán adivinado, de una consecuencia natural que tienen los impulsos consumistas en nuestra sociedad, como en todas. Corruptos probados asumiendo cargos presidenciales como en Brasil, diputados y exministros arrestados con maletines llenos de millones de dólares como en Argentina y, admitámoslo, también millones de bolivianos perdidos como ocurrió con el caso del Fondo Indígena, en la mayor parte por culpa de los técnicos; la realidad es más elocuente que las opiniones hipócritas y moralistas de muchos comentaristas que hablan sobre política.
El deseo de tener más, y más, y más, es la verdadera raíz del problema. No se logró crear un hombre nuevo en las últimas décadas y Pari lo demuestra. Con su joven presencia, su crudo cinismo, su pobreza intelectual y espiritual, él es la viva representación del aventurero del siglo XXI. Intoxicado con películas sobre mafiosos y ladrones al estilo hollywoodense, videos musicales con mujeres semidesnudas y con una terrible anemia de los principios más elementales que mantienen funcionando a una sociedad, no es de extrañar que haya actuado como actuó.
Pudo haber pasado en un banco privado, y seguramente pasa. Pudo haber sucedido en otro país, y de hecho lo hace diariamente. El hecho debe indignarnos pero no sorprendernos. No es ninguna señal de que el mundo o el país está peor que nunca, sino una pequeña erupción de honestidad desde las nuevas generaciones, que no pueden medir el éxito de otra forma que no sea a través del dinero.
Por supuesto, hay culpables. Pero el principal es Pari, obviamente. Sus secuaces le siguen, aunque tal vez aún no los conocemos a todos. Investigaciones más profundas nos revelarán pronto si el orden institucional del Banco Unión no se encontraba en óptimas condiciones, aunque hay razones para creer en la estabilidad del sistema financiero y la solidez del propio Banco Unión como señala la Directora General de la ASFI. Y luego también podríamos culpar a la sociedad, el sistema educativo, la policía, y más. Pero hay una persona tras las rejas, que admitió su responsabilidad en el hecho. Tratar de aprovechar políticamente su delito es natural, pero también poco original y deshonesto.
Es culpable de haber robado el dinero de todos los bolivianos, haciendo peligrar a más de una familia. En Bolivia, muchas veces 200 Bs. pueden marcar la diferencia entre la vida y la muerte. Puede que no podamos evitar el surgimiento de nuevos Pari (s) en el futuro, pero debemos, como única alternativa posible, descender sobre ellos las penalidades más duras, no cuatro cortos años de castigo.
Lo mismo con los políticos corruptos, jueces depravados y toda clase de individuo que rompe con las leyes de nuestro país. La institucionalidad debe ser defendida enérgicamente aún cuando esté desgastada en cierta medida o no tenga las condiciones óptimas para funcionar, pues lo otro sería abrir las puertas a la anarquía y al caos. Esperamos que la ley caiga con todo su peso.

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