por: Bryan Katari
Cuando un movimiento de masas cede el poder político sobre el Estado y termina atrapado por este o el partido de gobierno, a eso le llamaremos burocratización.
Seguramente se discutió mucho acerca de si los movimientos sociales estaban preparados para tomar el Estado, si eran revolucionarios, o incluso si debían o no levantarse en insurrección popular contra ese gobierno, el de Gonzalo Sánchez de Lozada. Eran asuntos teóricos, tal vez sin mucha importancia ante la magnitud de los eventos de aquel octubre, pero una de ellos es pertinente luego de doce años de “gobierno de las organizaciones sociales”, el referente a si estaban preparados para dirigir ese complicado conjunto de mecanismos institucionales que llamamos Estado. Fondo Indígena, Santos Ramírez, barcazas chinas, crisis del agua, y otros ejemplos de ineficiencia, corrupción o simple y llana ineptitud podrían hacernos responder a dicha cuestión de forma negativa, eso si aceptáramos que los únicos que estaban preparados para ser gobierno eran justamente las personas que se expulsaron del país en 2003.
Muchos de ellos, recordemos, escaparon con maletines llenos de dinero, dinero de los bolivianos, luego de haber sumido al país en ruinas y haber hundido a su población en una severa crisis económica y política. Sólo recordemos al exministro Kukock escapando con los aportes de los jubilados y ya tenemos nuestra respuesta. Era un reto que se enfrentó con todo lo que se tenía a disposición, y tomando en cuenta que somos el único país que continua creciendo a un ritmo del 4% en su PIB en toda la región, sin contar la ampliación de los servicios sociales y la elevación de la calidad de vida de amplias capas de la población, que a la par fueron empoderadas políticamente y sin mencionar las ingentes inversiones en infraestructura posibles sólo por la nacionalización de los hidrocarburos, se debe admitir que el trabajo de las organizaciones sociales no fue en vano.
No obstante, las faltas continúan allí, sobre el pizarrón, y son mucho peores cuando se añade a esto la progresiva retirada a la pasividad de estas organizaciones sociales que ha permitido que los principales cargos de autoridad política sean tomados por miembros de clases medias anquilosadas que ni siquiera reflejan el ascenso de nuevos profesionales indígenas, muchos de ellos también parte de las organizaciones sociales. Fuera de los cargos legislativos, los dirigentes de las organizaciones sociales parecen haberse replegado al simple cargo de funcionarios públicos, que nunca es de desmerecer, pero que influyen poco en la ejecución del programa político del propio partido de gobierno. Lo que pasó suele ser calificado como un fenómeno común a casi todas las revoluciones o transformaciones políticas donde una masa toma el poder político de un Estado: burocratización. Definámoslo en términos simples. Cuando un movimiento de masas cede el poder político sobre el Estado y termina atrapado por este o el partido de gobierno, a eso le llamaremos burocratización.
Muchos de los secretarios ejecutivos de organizaciones con Bartolinas, COB, CSUTCB, interculturales terminaron como asambleístas nacionales, en el mejor de los casos, o de alcaldes o concejales con poca inclinación a la lucha política por la dirección del Estado y sus políticas. Otros, que ingresaron al aparato administrativo del Estado, ocuparon diferentes puestos con diferentes grados de éxito pero con el mismo resultado, un virtual retiro de la política de las calles. Esta pasividad no sólo se hace sentir por la ausencia de asambleas populares o menos propuesta para encarar los problemas del país, sino que se hace notable por la disminuida influencia de sus bases y sus líderes en el diario quehacer del Estado. Y el problema con esto es que no solamente se debilitan las bases sobre las cuales se levantó este gobierno, sino que la dirección del gobierno se hace cada vez más a espaldas del pueblo, que ahora se contenta con metas pequeñas como obras, empleo o bonos cuando la liberación nacional aún está pendiente y por completarse.
La situación puede explicarse desde varias perspectivas: si se parte de la lucha de clases, entonces la derrota de la oligarquía oriental en 2008 y la chatez política e intelectual de la actual oposición partidaria actual se perfilan como las principales causas; si se parte de una visión purista de la política, entonces fue el simple contacto con el Estado burgués lo que terminó corrompiendo a las dirigencias y apaciguando a las bases; y si se parte con altas dosis de optimismo, se puede decir que las organizaciones se burocratizaron porque ya no quedaba más por hacer desde la lucha política. Pero entre estas posibles explicaciones, una muy simple, y tal vez por eso, muy acertada, es la que señala la ausencia de un verdadero partido político a la altura de los tiempos que se viven y que sea capaz de definir roles y destinos para las organizaciones y el país.
Corriendo el riesgo de ser malinterpretado, con esto no se afirma que el MAS no es un verdadero partido o que no es uno capaz de dirigir Bolivia, sino que carece de algunos elementos claves que servirían para vigorizar a las organizaciones sociales sin atraparlas como sub alternas: elementos como la formación de cuadros, un programa político claro y en constante discusión, espacios de formación permanentes y eficaces, una ideología clara capaz de cohesionar a los diferentes actores de estas organizaciones, etc. Nos referimos, claro está, al partido en el sentido propuesto por Lenin, centralizado y con una vanguardia especialmente ocupada en la formación de nuevos cuadros, cuyo objetivo sea la superación del capitalismo y la soberanía total del país. El MAS no deja de ser una forma particular de partido, al descansar y servir como instrumento de organizaciones sociales aún fuertes por sí solas. Y por ello, aclaro que esta crítica de ninguna manera desprecia el papel del MAS en la liberación de Bolivia o la conducción de su Estado, sino que pone de relieve las particularidades de este proceso y la necesidad de pensar nuevas formas de organización que sean capaces de mantener fuertes a las bases, motivadas y conscientes de su trascedente papel histórico.
* Es filósofo.

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