La “movilización” opositora del último miércoles, ha servido para varias cosas, entre ellas para demostrar que los políticos tradicionales derrotados desde hace doce años, electoralmente y políticamente, no tienen siquiera la talla para dar la cara abiertamente y mostrarse como lo que son, políticos profesionales, que antes y ahora vivieron y lucraron de esta actividad.
Fue triste, tragicómico para expresarlo con mayor propiedad, ver desde muy temprano en la mañana, con sus banderas bolivianas y su cigarrito en entre los dedos, con su carita de yo no fui, a Erika Brockmann, Julio Alvarado, Fernando Lozada, Puka Reyes Villa, Fernanda Campero, entre muchos otros, organizando y dirigiendo para bloquear a funcionarios municipales y trabajadores de la universidad estatal, en algunos lugares de la ciudad.
Pero más allá de lo anecdótico que pueda resultar este hecho, pone en evidencia que esta oposición difusa, sin identidad ni personalidad y menos propuesta alguna, ha sido arrinconada por la historia y por el pueblo boliviano, precisamente por esa incapacidad de plantear propuestas alternativas al modelo que se viene implementando en Bolivia desde 2006 y que a la vista de propios y extraños ha alcanzado extraordinarios resultados.
Los bolivianos ya nos cansamos de ellos a principios de la década anterior, junto a los que aparecieron en los bloqueos justificando sus labores de consultores de ONGs, agencias de cooperación o directamente de la embajada, están los otros, los que solo salen a los medios, los Doria Medina, los Quiroga Ramírez, los Mesa Gisbert y un poquito más distantes los Sánchez Berzaín, los Reyes Villa y los Marincovic y menciono estos apellidos en plural para no llenar esta columna con una extensa lista de sinvergüenzas que creen que hacer política es mentir, manipular o insultar.
Y todavía tienen el cinismo de hablar de renovación de liderazgos, ellos que gobernaron por veinte años y que hoy doce años después desde que el pueblo los echó a patadas, siguen siendo los “líderes” de la oposición. Nuevos liderazgos vemos sí, pero desde el campo de la revolución, con jóvenes que han asumido responsabilidades importantes en el órgano ejecutivo y en la asamblea legislativa y que están respondiendo a la altura del desafío, marcando con brillo la presencia de una nueva generación de bolivianos revolucionarios.
Debe quedar bien en claro que esa cantaleta de plataformas ciudadanas y vecinos movilizados es la forma más burda y descarada de esconder su verdadera naturaleza y las motivaciones racistas y fascistas. Es la derecha que pretende levantar cabeza para confundir a la población, especialmente a los más jóvenes, porque ellos no vivieron ni vieron el latrocinio, el desmantelamiento del Estado, los narcovínculos, el pasanaku en la administración del Estado, la corrupción impune, la pérdida de dignidad y soberanía.
Por eso toda la ciudadanía consciente y todos quienes son parte del proceso de trasformación histórica que vive nuestro país, tenemos la obligación de desenmascarar y denunciar este tipo de inmoralidades políticas y poner en evidencia a esta gente que además de buscar su propio beneficio personal, no tiene el menor interés de defender la democracia, la voluntad mayoritaria, ni menos luchar por defender los intereses de la mayoría de los bolivianos, solo actúan por consigna y por mandato de sus patrones.
Pero además hemos visto este 21, y eso es lo fundamental –y hay que destacarlo- nuevamente un pueblo movilizado, el verdadero pueblo, de poncho y pollera, a jóvenes revolucionarios, a profesionales e intelectuales comprometidos con el futuro de nuestro país, retomar las calles para demostrar a los politiqueros y a esa pequeña burguesía oportunista, que el pueblo es parte indisoluble de este proceso de cambio y que ni el fascismo, ni el imperialismo, ni la derecha derrotada electoral y políticamente durante más de una década, podrán ponerle límite a la revolución boliviana.


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