julio 24, 2021

Bolivia en La Haya: La fuerza de las ideas en tela de juicio

“En guaraní, ñe’é significa palabra y también significa alma. Quién miente la palabra, traiciona el alma. Si te doy mi palabra, me doy…” dijo, alguna vez, Eduardo Galeano.

Hoy aquellas palabras del escritor uruguayo guardan un significado especial para los bolivianos, quienes presentaron su última ronda de alegatos ante la Corte Internacional de Justicia (CIJ) de La Haya este lunes 26 de marzo, esperando un fallo favorable de dicha instancia que obligue al vecino país de Chile sentarse a negociar con ellos, de buena fe, una salida soberana hacia el Océano Pacífico.

Luego de pasar más de 130 años de enclaustramiento forzoso, con los costos económicos y psicológicos que ello implica para un pueblo, no es de extrañar que los bolivianos se hayan sumado tan entusiastamente en lo que parece ser, hasta el momento, el juicio del siglo para ellos.

Las expresiones de esta expectativa, tan numerosas como espontaneas, fueron desde el despliegue de lo que se llamó la bandera más larga del mundo a lo largo de casi 200 km de carretera hasta vigilias colectivas desde tempranas horas de la mañana para presenciar la presentación de alegatos de su equipo ante La Haya. Incluso la tradicional celebración de las efemérides del 23 de marzo se sintió más intensas, más llenas de convicción, cada vez que los oficiales navales de este país sin mar gritaban: “¡Viva Bolivia, hacia el mar!”.

Tanta emoción tiene sus explicaciones. Después de todo, lo único que se reclama al Estado chileno es la voluntad de negociar posibles alternativas que le abran una salida soberana al mar a Bolivia sin alterar el contenido del Tratado de 1904, que le puso candado a sus aspiraciones para regresar al Pacífico. Y esta negociación no sería otra cosa que el cumplimiento de compromisos realizados numerosas veces por el Estado chileno a través de varios de sus representantes en diversas ocasiones a lo largo de todo el siglo XX y una porción del XXI.

Si la palabra de las personas no puede caer en saco roto, mucho menos la de los Estados. Ese fue uno de los razonamientos que defendieron por tres días no consecutivos los integrantes del equipo boliviano. Mathias Forteau, uno de sus abogados, lo dijo así: “No se puede decir que el transcurso del tiempo haya diluido esas promesas”. Promesas ofrecidas en declaraciones, pero también formalmente, como lo demostró el abogado Remiro Brotóns, quien presentó ante la Corte documentos firmados en 1920, 1926, 1929, 1950 y 1961, sin mencionar la Agenda de los 13 puntos firmada durante el primer gobierno de Morales con hasta hace poco presidenta Michelle Bachellet, unilateralmente interrumpida durante el primer gobierno de Sebastián Piñera.

“La justicia se encuentra en el meollo de lo que se trata de hacer aquí”. Lo dijo Monique Chemillier, también abogada de Bolivia. Si el compromiso fue una piedra angular de la defensa boliviana, no lo fue menos el principio de Justicia (particularmente el principio aristotélico de justicia restaurativa) que de una forma u otra obligaría a Chile a reparar lo que algunos de sus habitantes consideran como un despojo. Brotóns lo puso así: “Ni Dios, ni la Corona Española, le otorgaron el Litoral boliviano a Chile, desde Punta Arenas hasta Arica. La fuerza le otorgó ese acceso, violando un tratado vigente”.

Muchos ensayistas han concluido que la identidad boliviana se levantó (entre otras cosas), irónicamente, sobre la amputación territorial que condenó a Bolivia al ostracismo luego de la guerra del Pacífico. Lo que significa llamarse boliviano depende de muchas cosas, pero entre ellas el tema del mar es ciertamente fundamental. Pero además, también es transversal, y sirve como ejemplo para explicar otros fenómenos como el sub desarrollo, la dependencia y la supeditación de las élites bolivianas frente a poderes extranjeros.

Carlos Montenegro, un ensayista emblemático del nacionalismo boliviano, sostuvo que los que gobernaron Bolivia desde sus inicios, y con muy pocos periodos de interrupción, jamás se consideraron parte de este país, alienación que explicaría el porqué se luchó tan poco cuando tanto estaba en riesgo, hablando de la Guerra del Pacífico. Encontraba en aquella clase pudiente y discriminadora la principal culpable por aquella perdida territorial y todas las que siguieron.

El gobierno de Evo Morales es heredero de aquel discurso, que también se encuentra en el corazón de la identidad política de muchos bolivianos. Hasta el momento, su gobierno ha triunfado ahí donde sus antecesores fracasaron rotundamente, desde la inclusión de los siempre ninguneados hasta la recuperación de la soberanía política del país frente a potencias como los EE.UU.

Haber impulsado este juicio sería, entonces, no otra cosa que un impulso natural de un líder que para muchos, encarna las ideas más básicas de la bolivianidad. El hecho de que el presidente Morales haya impulsado este juicio no responde a ninguna coincidencia. S el resultado natural, histórico, de un impulso popular que podía surgir sólo en este gobierno.

Aunque muchos no quieren aceptarlo, el dilema nación antinación sigue presente como una contradicción de nuestro tiempo. Las organizaciones populares, lo nacional popular, hoy han demostrado que sólo la Bolivia plebeya es capaz de impulsar esta reivindicación patriótica. Después de todo, tuvieron que pasar 130 años para que un juicio como éste sea impuesto desde el gobierno. ¿Qué haya coincidido con la primera presidencia indígena de nuestra historia, no tendrá algo que ver? Es con esas ideas, ideas fuerza, que Bolivia se armó para reclamar justicia. Le corresponde a la CIJ, ahora, poner cada una de las oraciones, cada una de las ideas bolivianas, en la balanza.


*    Politólogo.

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