septiembre 19, 2020

El mito de la intimidad

Buena parte de lo que acontece en la actualidad en el mundo capitalista tiene su origen en la época burguesa. Los burgueses, en defensa de los intereses de clase de su época, se enfrentaron al poder establecido desde la fórmula del dinero, y para asegurar el nuevo poder sacaron a la luz derechos, conquistados por ellos y luego traspasados a las masas, no como conquista, sino como concesión. Entre ellos se vendió la intimidad como requisito indispensable para construir la individualidad, en la que residía un soporte del poder burgués. La paradoja resultaba en cuándo era incompatible con el sistema, puesto que parte del negocio capitalista se basaba en explotar como mercancía las parcelas de intimidad de las personas, vistas en términos de masas consumidoras. Quizá sea este el problema al que se enfrenta cualquier intento de consolidar en el terreno real el derecho a la intimidad, lo que hoy puede observarse con mayor claridad.

Si se establecen esferas de exclusión del dominio del poder político, caso de la realidad de la intimidad de las personas, el poder se encuentra con barreras que dificultan su empresa totalitaria. De manera que desde el plano de su actividad hay que desarrollarla como derecho de papel, lo que implica involucrar a los demás y excluirse él mismo en lo que afecta a las cuestiones del poder. En cuanto a las propias personas, se trata de conservar la intimidad como una creencia más. Con tal finalidad, la ley realiza una tarea sustancial. Basta con publicar la ley que la garantiza para que surja la creencia, que luego se consolida cuando el poder sanciona las agresiones de los gobernados a la disposición normativa. El otro aspecto del juego de la gobernabilidad viene desde la propia producción legislativa que convierte al ciudadano en esclavo del poder en virtud de la seguridad y del mal llamado interés general. Llevado al terreno de la realidad, no hay intimidad posible frente a la actividad policial, del fisco y de los tribunales, porque es obligado desprenderse de la vestimenta que cubre las desnudeces personales y desvelar cuantos secretos guarda el individuo. Todo ello respondiendo al interés público, que no es más que una manifestación del obligado culto al poder, dirigido a transformar ciudadanos en vasallos.

Suponiendo que esto sea así, ¿en qué queda el derecho a la intimidad?. Por coherencia no se puede desmontar el mito, hay que seguir promoviendo ilusiones, fundamentalmente para vender progreso político. A tal fin, resulta consecuente que el respeto a la intimidad quede entre los propios ciudadanos y nunca afecte a quien ejerce el poder. En tales términos, la intimidad como derecho resulta inofensiva para este último porque, situado por encima de la ciudadanía, permanece indemne. Incluso, desde su posición de superioridad y como árbitro de la cuestión, le aporta valor añadido porque permite darle nuevas atribuciones. La intimidad-derecho no solo se factura como conquista ciudadana sino que permite al poder hacerse presente permanentemente como garante de la misma. Los afectados por el derecho a la intimidad pasan a ser los otros y el árbitro resulta ser el que gobierna.

Las nuevas tecnologías han permitido levantar el velo que cubre la intimidad de las personas y sacarla a la luz sin mayores reservas. De manera inconsciente, voluntariamente los usuarios se entregan al negocio privado ajeno a través de descargas de programas de ordenador o participando en el juego de las redes sin asumir el riesgo que ello implica para la construcción y conservación de la individualidad. Semejante candidez, que afecta directamente a la intimidad, ha permitido que tales canales se conviertan en un auténtico mercado moderno, donde también el poder puede vender con mayor facilidad su propio negocio y hacer que la propaganda gane en efectividad manipulando conductas. Las leyes protegen hasta cierto punto de los abusos basados en la ingenuidad poniendo trabas, y sobre todo echando mano de las sanciones para aliviar al fisco a cuenta del boyante negocio empresarial a costa de las intromisiones en la intimidad de las personas, pero el problema de fondo sigue latente. La pura y dura realidad es que las empresas del ramo explotan al máximo el negocio, obteniendo suculentos beneficios, y los ejercientes del poder se quedan con el producto añadido.

Descendiendo ahora al plano de realidad existencial inmediata, el espacio publico es un enjambre de cámaras de vigilancia empresarial, pública y privada que dan cuenta de cada paso y de cada ciudadano. No obstante, para guardar las apariencias, en algunos casos la imagen se emborrona o se acude al pixelado para que todavía se pueda hablar de una dudosa parcela de intimidad de las personas, que se aplica selectivamente. Claro está que las cámaras no suelen apuntar a la vía pública, pero lo curioso es que siempre hay alguna que lo hace o un vehículo que circula grabando imágenes o un smartphone o tal vez algún dron, que juegan con el espectáculo, la información o el simple espionaje. Pese al carácter tuitivo de la norma, resulta que casi siempre hay un artefacto para dar cuenta de los movimientos de las personas, aunque procurando respetar eso que llaman intimidad.

Por referir lo más convencional sin entrar en el espionaje con medios sofisticados que no están al alcance de cualquiera, ya en el espacio privado, la domótica, la quinta generación, los contadores de consumo o los canales de comunicación convencionales, entre otros artilugios, dan cuenta puntual de la forma de vivir de cada uno. Pese a tan cacareado derecho, unos son simplemente tolerados en interés de la tecnología empresarial; otros, atentando contra ella hábilmente camuflados y tolerados; algunos, incluso actuando al margen. Estos últimos pasan a ser la víctima propiciatoria del sacrifico, para dejar constancia de la vigencia testimonial del derecho a la intimidad, pasando a ser objeto de escarmiento, no tanto por vulnerar derechos como por desafiar el precepto legal. Lo que viene a demostrar que a veces se puede llegar a hablar de intimidad, pero no siempre.

Prescindiendo del aspecto propagandístico de la llamada intimidad-derecho, se pregunta, ¿dónde queda la intimidad real?. Pudiera ser que, en algunos casos, encontrara refugio en la letra de las leyes. Mas lo evidente es que, ya en la práctica, resulta permanentemente agredida por unos u otros motivos. La sensación es que nuestra intimidad se desmorona a cada paso. Directores de la orquesta política, traficantes de datos o simples curiosos han creado el negocio de la intimidad , utilizándola para sus respectivos fines. Mientras a la persona que camina a plena luz o permanece en su refugio, en ambos casos agredida en su individualidad, se le dice que esta situación responde a una exigencia del progreso. Y para que se sienta amparada, el gobernante dice velar por el derecho a la intimidad de la ciudadanía, aunque pasando por alto que no se trata de su intimidad personal.

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