octubre 25, 2020

Pedro Domingo Murillo y los clubes secretos patriotas


Por Luis Oporto Ordóñez *-.


Los clubes literarios, círculos de lectura y debate, en las colonias españolas, fueron el “cuartel general de la insurrección contra España” y el “semillero de ideas emancipadoras”. En Bogotá: Antonio de Nariño y Manuela Sanz (“Club de la Eutropelia”), Lima: “Amantes del País”, Arequipa: “Cenáculo Literario”, Buenos Aires: “Sociedad de los Siete”.

En La Plata, Chuquisaca, la Academia Carolina, fundada por Ramón de Rivera y Peña (1776), fue destinada para practicantes juristas y abogados de la Universidad de San Francisco Xavier de Chuquisaca. Acudieron a ella la mayoría de los conjurados de la Junta Tuitiva, los “doctores de Charcas” y los rioplatenses. En 1809 derivó en un centro de debate político y filosófico con visión crítica sobre la soberanía y los derechos del pueblo, el rol de la iglesia, los derechos del rey y la organización del Estado en las colonias americanas. “Se nutrieron de la lectura de los libros prohibidos por la Inquisición que, por simpatía a ellos, les proporcionaba el canónigo [Matías] Terrazas, clérigo ilustrado, en cuya biblioteca se podía consultar toda la literatura revolucionaria europea” (Roca, 2001: 379).

En La Paz los patriotas conspiraron contra la corona española divulgando sus ideas por medio de pasquines (periódicos manuscritos) que circulaban en las calles de la ciudad, siendo muy activo Pedro Domingo Murillo (1757-18190) –papelista, llegó a ser una especie de cedulario ambulante, al que consultaban litigantes en demanda de justicia—quien “con bastante habilidad y admirable ingenio confeccionaba los pasquines, que cada noche, en diferentes lugares, calles, aparecían indicando la revolución, especie de diarios. Como muy bien podría clasificarse tatarabuelo de los periódicos de la República, los que tenían en continuo sobresalto a las autoridades españolas, sin poderlo adivinar de dónde procedían” (Aranzáes 1915: 531).

El primer club se instaló en la casa de Faustino Cabezas de Loza, en la calle Chirinos, en 1798. Romualdo Herrera trabajó secretamente en 1798, luego fue capitán de Murillo, época en la que “se multiplicaron los pasquines incitantes de revolución”. Rodrigo Flores Picón (esposo de María Vicenta Juariste Eguino), uno de los primeros en afiliarse a los clubes secretos, “trabajando para su propaganda, su posible realización, su triunfo” fue la primera víctima del gobernador Burgunyó que lo envenenó. Faustino Cabezas de Loza, asesor de la logia, fue envenenado en su finca en Yungas. Gregorio García Lanza, asesor del cabildo, integró el núcleo de las juntas secretas. Otras reuniones se realizaron en casa de José Alquiza y Foronda, situada en Chalwakhatu (actual Junín); José de Herrera en calle Morcellería (barrio de Mejahuira) “en el que estaban iniciados personajes de alta valía”; en la tienda de Tomás Rodríguez Palma (puente de San Francisco); las logias se congregaron el jueves santo en la casa de Bartolomé Andrade. Francisco Javier Iturri Patiño, fue muy activo, mandaba proclamas en quechua a los pueblos; Juan de la Cruz Martínez Monje Ortega, asesor de la Junta Tuitiva; Juan Bautista Sagárnaga, encargado de levantar los planos de las fortificaciones, trabajó por la independencia desde 1806, en el que “aparecían pasquines indicantes de la revolución en todas las calles, únicos medios de publicación”.

El cura José Manuel Aliaga tuvo acceso a los papeles y correspondencia del Obispo La Santa, adicto a la revolución, participó en las juntas secretas. Bartolomé Andrade, integró las logias secretas, fue nombrado alcalde segundo de la Hermandad en el cabildo de 1 de enero de 1809. Un caso singular es el de Mariano Tituataunchi, indio noble de Copacabana, “descendiente de la estirpe de los antiguos soberanos del Perú”, quien recibió educación en el Cusco, por lo que “escribía y leía el latín casi con perfección”, fue amigo de la causa patriota, “en correspondencia con todos los demás próceres de la independencia, trabajó con toda entereza de su alma por los intereses de su patria” (Aranzáes 1915: 736). La principal logia fue dirigida por Murillo seguido por José Ramón de Loayza, José Landavere, Crisóstomo Esquivel, y los capitanes Tomás Rodríguez Palma, Romualdo Herrera y Carlos Torres; estuvo íntimamente ligada con los revolucionarios del Cusco, encabezados por Gabriel Aguilar, que vino a La Paz a ponerse en contacto con los patriotas paceños que conspiraron en Juntas Secretas, con “el deliberante propósito de constituir una república independiente, que sería gobernada por el elemento americano, sin excluir al europeo siempre que éstos se solidarizaran con la causa. Tenían por capítulos de su bandera o programa la libertad de comercio, la fraternización americana, las autonomías municipales, la más absoluta descentralización, trabajaban por darle la libertad apetecida [a la patria], y la separación de la madre patria” (Aranzáes 1915: 531: 314-315).

Los clubes empezaron su labor conspirativa a principios de junio de 1809, cuando se reunió en casa de María Josefa Pacheco; el 20 (Juan Basilio Catacora), el 24 (Juan B. Sagárnaga, juraron “encabezar y sostener la revolución, defenderse y protegerse mutuamente”), siguió la del 27. Hubo también traidores como Baltazar de Alquiza, asesor del cabildo de 1809, quien “se afilió al partido por la Independencia y participó en las juntas secretas; sin embargo formó parte del tribunal instaurado por el traidor Indaburo que sentenció la ejecución del patriota Pedro Rodríguez”. El 12 de julio en el domicilio de Sebastián Figueroa en el barrio de la Cruz verde, se pidió “degüello para los españoles” y se resolvió dar el golpe la noche del 16 de julio, fiesta de la Virgen del Carmen.

Para finalizar, es importante señalar que los patriotas usaban el arma más letal de esa época: la ilustración, “contrariando las prohibiciones, no sólo se persistió en la lectura de las obras que contenían aquellas doctrinas, sino que se leyeron los documentos de ambas revoluciones (Francesa y Norteamericana). La Declaración de los derechos del hombre, promulgada por la Asamblea Constituyente de París fue traducida por Antonio Nariño: circuló en buena parte de América” (Henríquez, 1973: 52). Poseían bibliotecas que contenían obras de pensadores como Rousseau, El Contrato Social, y tratados prohibidos por España, como la Soberanía popular y la División de poderes en el gobierno de las naciones, doctrinas “peligrosas” que se leían en los clubes secretos. Se sabe también que Pedro Domingo Murillo, empezó a formar una selecta librería en 1797, llegando a acopiar 82 ejemplares, los que fueron incautados en agosto de 1805 (Arteaga, 2007: 11), al igual que la biblioteca bien nutrida de Gregorio García Lanza (Crespo, 1999: 81-86) 7 que “llevan un sello especial” (Sotomayor, 1948: 106-111), “con 827 volúmenes que secuestró Guerra en la casa de Bernardo Callacagua, donde se halló” (Aranzáes, 1915: 315).

Bibliografía

  • ARANZÁES, N. (1915): Diccionario Histórico del Departamento de La Paz. La Paz, La Prensa.
  • HENRÍQUEZ UREÑA, P. (1973):Historia de la cultura en la América Hispánica. México, FCE.
  • ARTEAGA, F. (2007): Creación, desarrollo y transferencias de las Bibliotecas de La Paz. Un enfoque histórico. Siglo XX. Tesis de Licenciatura en Historia (UMSA).
  • CRESPO RODAS, A. (1999): “Las bibliotecas privadas paceñas”, en Ximena Medinaceli, comp. Balance bibliográfico de la ciudad de La Paz: la ciudad en sus textos. La Paz, IEB.
  • ROCA, J. L. (2001): Economía y sociedad en el oriente boliviano (siglo XVI-XX), Santa Cruz; COTAS.
  • SOTOMAYOR, I. (1948): “Biblioteca y archivos notables en La Paz”, en La Paz en su IV Centenario 1548-1948. La Paz, comité pro IV Centenario. T. 3.

*            Magister Scientiarum en Historias Andinas y Amazónicas. Docente titular de la UMSA. Presidente del Comité Regional de América Latina y el Caribe del Programa Memoria del Mundo de la Unesco-Mowlac.

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