octubre 28, 2020

Crónicas y anécdotas de Eduardo Galeano sobre Bolivia, el mar y el arte de narrar


Por Eduardo Galeano-*


En éste espacio, transcribimos algunas palabras que el célebre y nuestroamericano literato alguna vez escribió sobre el mar boliviano y algunos de los episodios de éste drama que nos tendrá atrapados la próxima semana. Los textos fueron extraídos de la trilogía Memorias de Fuego y una de sus muchas entrevistas.


1879

Desiertos de Atacama y Tarapacá

El Salitre

La guerra no estalla por el guano, que poco queda. Es el salitre quien lanza al ejército chileno a la conquista de los desiertos, contra las fuerzas aliadas de Perú y Bolivia.

De los estériles desiertos de Atacama y Tarapacá sale el verdor de los calles de Europa. Es estas soledades no hay más que lagartijas escondiéndose en el pedrerío y piaras de mulas acarreando hacia los puertos del Pacífico los cargamentos de salitre, grumosa nieve que devolverá el entusiasmo a las cansadas tierras europeas. Nada hace sombra en éste mundo sin nada, como no sean las fulgurantes montañas de salitre secándose al sol en el desamparo y los obreros miserables, guerreros del desierto que usan por cota una ruinosa bolsa de harina, piquetas por lanzas y palas por espadas.

El salitre o nitrato resulta imprescindible para los negocios de la vida y de la muerte, No sólo es el más codiciado de los fertilizantes. Además, mezclado con carbón y azufre, se convierte en pólvora. Lo necesitan la agricultura y la próspera industria de la guerra.

1884

Santiago de Chile

El mago de las finanzas come soldados

Nuestros derechos nacen de la victoria, ley suprema de las naciones, dice el gobierno vencedor.

La guerra del Pacífico, guerra de salitre, ha terminado. Por mar y por tierra Chile ha pulverizado a sus enemigos. Se incorporan al mapa chileno los inmensos desiertos de Atacama y Tarapacá. Perú pierde el salitre y las exhaustas islas guaneras. Bolivia pierde la salida al mar y queda acorralada en el corazón de América del Sur.

En Santiago de Chile celebran la victoria. En Londres la cobran. Sin disparar un tiro ni gastar un penique, Jhon Thomas North se ha convertido en el rey del salitre. Con dinero prestado por los bancos chilenos, North ha comprado a precio de bagatela los bonos que el Estado peruano había entregado a los antiguos propietarios de los yacimientos. North los compró no bien estallo la guerra; antes de que la guerra terminara, el Estado chileno tuvo la gentileza de reconocer los bonos como legítimos títulos de propiedad.

1889

Londres

Hace veinte años saltó del muelle de Valparaíso, ojos de piedra azul, crespas patillas de fuego: traía diez libras esterlinas en los bolsillos y un atado de ropa a la espalda. En su primer empleo conoció y padeció el salitre, en las calderas de un pequeño yacimiento en Tarapacá., y después fue mercader en el puerto de Iquique. Durante la guerra del Pacífico, mientras chilenos, peruanos y bolivianos se destripaban a golpes de bayoneta, Jhon Thomas North practicó malabarismos que lo hicieron dueño del campo de batalla.

Ahora North, rey del salitre, fabrica cerveza en Francia y cemento en Bélgica, tiene tranvías en Egipto y aserraderos en el África negra y explota oro en Australia y diamantes en Brasil. En Inglaterra, éste Midas de cuna plebeya y dedos veloces ha comprado el grado de coronel del ejército de Su Majestad, dirige la logia masónica del condado de Kent y es miembro prominente del Partido Conservador; duques, lores y ministros se sientan en su mesa. Vive en un palacio cuyas grandes puertas de hierro fueron arrancadas de la catedral de Lima, según dicen, por los soldados chilenos.

En vísperas de un viaje a Chile, North ofrece un baile de despedida en el hotel Metropole. Acuden mil ingleses. Los salones del Metropole brillan como soles, y brillan los manjares y los licores. Inmensos escudos de crisantemos lucen, al centro, la letra N. Una ovación saluda al todopoderoso, que baja las escaleras disfrazado de Enrique VIII. Del brazo lleva a su mujer, vestida de duquesa; y detrás viene la hija, de princesa persa, y el hijo con traje de cardenal Richeliu.

El corresponsal de guerra del Times integra el amplio séquito que acompañará a North en el viaje hacia su reino de Chile. Turbulentas jornadas se avecinan. Allá en los desiertos conquistados a bala, North es duelo del salitre y del carbón y del agua y de los barcos y de los desiertos y del ferrocarril; pero en la ciudad de Santiago hay un presidente que tiene el mal gusto de rechazarle los regalos. Se llama José Manuel Balmaceda. North viaja para voltearlo.

Sobre mi primer desafío en el arte de narrar

El pueblo boliviano de Llallagua vivía de la mina, y la mina devoraba a sus hijos. Metidos en los socavones, las tripas de las montañas, los mineros perseguían las vetas de estaño y en esa cacería perdían, en pocos años, los pulmones y la vida.

Yo había pasado un tiempito ahí, y me había hecho algunos amigos.

Y había llegado la hora de partir.

Estuvimos toda la noche bebiendo, los mineros y yo, cantando tristezas y contando chistes, a cual más malo.

Cuando ya estábamos cerca del amanecer, cuando poco faltaba para que el chillido de la sirena los llamara al trabajo, mis amigos callaron, todos a la vez, y alguno preguntó, o pidió, o mandó:

–Y ahora, hermanito, dinos cómo es la mar.

Yo me quedé mudo.

Insistían:

–Cuéntanos. Cuéntanos cómo es la mar.

Ninguno de ellos iba a verla nunca, todos iban a morir temprano, y yo no tenía más remedio que traerles la mar, la mar que estaba lejísimos, y encontrar palabras que fueran capaces de mojarlos.

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