octubre 23, 2020

¿Cómo se posicionan derecha e izquierda en torno al concepto de soberanía?


Por José Galindo *-.


“Era, en efecto, no sólo una clase opresora sino también una clase extranjera. Por su origen, por sus intereses, por sus supuestos mentales, la oligarquía boliviana fue siempre ajena en todo a la carne y el hueso de las referencias culturales de la nación. Los latifundistas y el gran capitalismo minero, vinculado directamente con el imperialismo, eran sus expresiones fundamentales” / René Zavaleta, Formación de la Conciencia Nacional.


La soberanía es un elemento indisociable del Estado westfaliano, incluso en tiempos de globalizada interdependencia económica y de un entrelazamiento cultural sin precedentes en la historia de la humanidad, como los que vivimos hoy. El mayor experimento para tratar de superar éste modelo de Estado fue la Unión Europea, donde gobiernos nacionales cedieron algunas de sus prerrogativas a favor de instancias representativas de dicha comunidad de naciones como un todo. Pero la Unión Europea está en crisis, al mismo tiempo que nacionalismos progresistas y conservadores emergen a lo largo del primer y tercer mundo, con China y Rusia como principales rivales del imperialismo estadounidense. Todo esto indica, para el pesar de nuestra cosmopolita oposición, que esa palabrita, “soberanía”, todavía importa mucho.

En nuestro país existen retóricas y narraciones tradicionales cuyo peso en el subconsciente colectivo es determinante para el funcionamiento de nuestra sociedad. Dos de éstas retóricas me interesan en éste trabajo: aquella que contrapone a masas patrióticas contra élites sumisas a poderes extranjeros. Me refiero, está claro, a la vena nacionalista de la sociedad boliviana y a su contraparte cosmopolita.

Los primeros consideran que Bolivia nunca ha gozado de total autonomía frente a otras naciones, ni tampoco de control sobre su propio destino. Es más, considera que su existencia ha beneficiado más a otros pueblos que a sí misma, y que esto se debe sobre todo por la influencia de élites parasitarias enquistadas en su Estado con una tendencia xenófila y un desprecio aristocrático por lo netamente nacional popular. Éste es el discurso de Montenegro, Zavaleta, Almaraz, Soliz Rada, Céspedes y también de, aunque confusamente, Álvaro García Linera.

Frente y contra ellos están aquellos que consideran que Bolivia nunca pudo disfrutar plenamente de los favores de la modernidad. Que jamás pudo articularse plenamente al resto del mundo y que hacerlo es su mayor prioridad, mediante alianzas y establecimiento de relaciones políticas, económicas y diplomáticas con países relevantes en el escenario internacional. Llamemos a los adherentes de éstas ideas cosmopolitas, muy preocupados por incorporar a Bolivia a la modernidad capitalista. Fuera de Alcides Arguedas, es difícil identificar a sus defensores dentro de la academia, aunque Think Tanks como la Fundación Milenio expresan muy bien su forma de pensar. Sus representantes políticos, por otra parte, van desde Gonzalo Sánchez de Lozada hasta Doria Medina y Tuto Quiroga.

Ahora bien, debemos ser más específicos respecto a éstos dos bandos en disputa, constante e histórica, y cómo se configuran en el escenario político boliviano actual. Los primeros incluyen desde nacionalistas de pura cepa hasta marxistas obsesionados con el imperialismo estadounidense. Están aquellos que predican la Patria Grande sudamericana y aquellos que están preocupados por el destino de Bolivia exclusivamente. No obstante, todos coinciden en que el Estado boliviano requiere de autonomía frente a potencias extranjeras, particularmente frente a EE.UU. Acá están el MNR durante su etapa revolucionaria; CONDEPA durante sus primeros años, la versión elenista del marxismo boliviano (tanto trotskistas como estalinistas siempre se han concentrado más en lo que ha sucedido fuera del país) y, actualmente (hasta donde sabemos), el MAS.

Los segundos incluyen a todo el espectro que se ha considerado como “la derecha” durante nuestra historia, con pocas excepciones de “globalistas” no conservadores. El MNR durante desde 1956 en adelante, ADN, MIR, y actualmente UN y UD. A nivel de actores políticos personales, Doria Medina y Tuto Quiroga son sus exponentes más notables. No es de extrañar, por ello, que apoyen una intervención estadounidense contra Venezuela e incluso que llamen insistentemente a una en contra Bolivia. Lo central de su forma de pensar parte de la convicción de que Bolivia, como país tercermundista y con muy poco peso en la política internacional, debe establecer relaciones, aunque de dependencia, con potencias cuya influencia económica, política y militar podría beneficiar al país o a una parte de él.

No obstante, estas razones que esgrimen como un discurso que llama a pensar el mundo en términos realistas, adolece de contradicciones cuando se trata de criticar la política de gobiernos nacionalistas como el nuestro, al cual critican, en términos simplistas, de haberse alejado de los EE.UU. para abrazar una nueva dependencia con China. He ahí las publicaciones que denuncian muy sutilmente la presencia china en nuestro país. La contradicción reside en que su pragmatismo que relega la soberanía como principio fundamental del Estado frente a potencias extranjeras se aplica sólo cuando dicha potencia son los EE.UU.

Cuando Bolivia establece relaciones comerciales, de dependencia debemos admitir, con China, lo denuncian como no lo hacían cuando la dependencia frente a los EE.UU. no sólo era comercial sino enraizadamente política, al extremo que nuestros embajadores eran elegidos, en los hechos, por la embajada de los EE.UU. En esto juega, fuera de los intereses personales y económicos con los EE.UU., la afinidad que comparten con la cultura estadounidense, sus valores, su visión del mundo, la democracia, el consumo y la libertad.

El problema de ésta forma de pensar surge durante episodios de crítica importancia como el que experimentamos durante el juicio de La Haya. A poco de conocido el fallo desfavorable para Bolivia, muchos no sólo se arrojaron contra el presidente y el gobierno actual, criticando su estrategia y todas las acciones con las cuales hasta sólo unos meses se mostraban en completa armonía o por lo menos no exteriorizaban su desacuerdo por miedo a ser calificados como traidores a la patria. Esto era de esperar, por supuesto. Su desagrado por el presidente no podía desaprovechar una oportunidad como ésta así aquello implique ir en contra de los intereses del país como un todo.

No. Lo que llama la atención son artículos de opinión donde se exprese abiertamente que nunca fue importante el acceso soberano de nuestro país hacia las costas del Pacífico. Afirmaciones como las que se trata de un trauma que es necesario superar para continuar hacia adelante, sabiendo que es justamente ese trauma uno de los fundamentos de nuestra existencia como Estado y como sociedad. Una cicatriz que nos une a todos. La poca importancia que le dan a un fenómeno como ese se debe a que para ellos, incluso el sentido de pertenencia nacional es una cosa del pasado. Un chauvinismo patriotero que nos aleja de la modernidad cosmopolita de ciudades como Nueva York o México DF.

En el fondo, piensan tal como lo hacían los presidentes liberales de inicios del siglo XX o los neoliberales de la década de los 90s. El nacionalismo, en el mejor de los casos, no es más que un sentimentalismo inútil, según ellos. Su actitud y sus opiniones revelan que no han cambiado en nada durante los últimos 200 años.

Pero la realidad insiste en su propio ser. Por mucho que quieran creen que el empecinamiento de una izquierda trasnochada con conceptos como autodeterminación o soberanía es lo que separa a Bolivia de la modernidad y el bienestar, la evidencia histórica demuestra que en Latinoamérica la soberanía de los Estados es un ingrediente fundamental para alcanzar mejores condiciones de vida para su población como un todo. Si pensamos las relaciones internacionales en términos “realistas”, partimos de la premisa de que los Estados buscan su propio beneficio en un juego por la supremacía mundial para asegurar mercados y recursos. No nos unen, en lo básico, ideas como democracia, libertad o igualdad, sino la competencia por los factores que hemos mencionado. Equilibrar nuestra posición frente a potencias como China o, incluso, EE.UU. es necesario porque no vivimos en una aldea y debemos asegurar mercados y recursos para nuestros países. Pero debemos hacerlo en orden de asegurar la supervivencia de nuestro Estado y de nuestros pueblos, sobre todo. Sabiendo siempre que Bolivia ésta sola, y que sólo puede contar con ella misma y con su gente.

Obedecer ciegamente lo que determinan el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional o la Organización Mundial del Comercio es entregarnos a los intereses de otros países, en desmedro de nuestros habitantes y de sus condiciones de vida. La presencia de transnacionales desde inicios del siglo XX sólo complejiza más éste peligroso juego, pues éstas se sobreponen incluso a los intereses de sus propios países del eje central de la economía mundial. Por ello, reclamar un mar soberano, un Estado independiente frente a potencias extranjeras, aunque sea independiente en términos estrechos, es necesario para poder dirigir nuestro propio futuro. Por ello, su rechazo a la palabra soberanía no es otra cosa que una evidencia de que no merecen dirigir el destino de nuestro país.

Evo Morales juega un rol central en todo esto. Se trata de una personalidad en el sentido más nuclear del término. No puede aceptar fallos como los de La Haya. No podría, pues su visión del mundo es sobre todo nacionalista y patriota. Y no es de sorprender, pues su proveniencia plebeya sigue las pautas de lo que siempre caracterizó al nacionalismo boliviano: es de masas, mientras que las ideas cosmopolitas siempre han sido ideas de élites que querían sentirse parte de ese mundo tan lejano para ellas, por el hecho de haber nacido en un país tercermundista. Por ello, la reacción del presidente, aunque no muy diplomática al llamar “subalternos” a los jueces de La Haya, es natural en un hombre para el cual su patria está por encima de la institucionalidad jurídica mundial.

Con todo, el gobierno del MAS, y no me refiero a su burocracia sino a las bases sociales que aún lo apoyan, ha demostrado que sólo un gobierno plebeyo, de raíces populares esto es, es capaz de defender los intereses nacionales a capa y espada.


* Politólogo.


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