diciembre 3, 2020

Bolivia, la OEA y la revolución nicaragüense

El jueves pasado, el secretario general de la Organización de los Estados Americanos (OEA), Luis Almagro, emprendió el camino, vergonzoso, para allanar la intromisión extranjera en los asuntos internos de Nicaragua, al amenazar con activar la Carta Democrática Interamericana.

El argumento, calco y copia de lo que se pretendió hacer con Venezuela desde hace más de dos años, es la presunta ruptura del orden democrático y la violación de los derechos humanos en Nicaragua, un país centroamericano que hizo su revolución a fines de la década de los 70 a través de las armas y que, tras cerca de 18 años de gobiernos derechistas surgidos de las urnas en 1990, recobró su vigorosa fuerza con los sucesivos triunfos electorales de Daniel Ortega desde 2007.

La revolución sandinista enfrenta una fuerte presión externa luego de que fracasara, en abril y mayo pasados, una ola de violencia, financiada y organizada por la derecha de ese país, para desplazar de manera no democrática al Presidente nicaragüense, quien fue reelecto por amplio margen en las elecciones de 2016. Las acciones armadas y delincuenciales contra el sandinismo, respaldadas por el Gobierno de Estados Unidos, produjeron más de dos centenares de muertos y casi el doble de heridos, a los que —a partir de la sistemática manipulación mediática internacional— se considera en su integridad como militantes de la oposición, lo que el Gobierno ha demostrado que no corresponde a la verdad. De hecho, delincuentes pertenecientes a las maras de Honduras y Costa Rica figuran entre los que protagonizaron incendios, quema de oficinas públicas y asesinatos de civiles.

El carácter injerencista de las declaraciones de Almagro, quien hasta ahora no pudo doblegar a la revolución venezolana, fue puesto de manifiesto por el jefe de Estado boliviano Evo Morales, quien en su cuenta de Twitter sostuvo ayer: “Rechazamos que, por instrucción del imperio, y con intenciones golpistas, la @OEA_oficial pretenda aplicar la Carta Democrática a #Nicaragua. No se puede ir contra la autodeterminación de los pueblos. Los organismos deben dejar intromisión y respetar la soberanía de Nicaragua”.

El motivo aparente de las amenazas de Almagro tiene relación con la decisión de Ortega de poner fin al trabajo de dos misiones, una conformada por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) y otra de una entidad de “expertos independientes”, luego de constatarse que la investigación de los hechos registrados en ese país estaba dirigida a responsabilizar de todo al Gobierno nicaragüense.

Ambas misiones llegaron al país centroamericano con el visto bueno del gobierno sandinista, que pensaba en un levantamiento de datos, hechos y circunstancias apegado a la objetividad. Nada de eso sucedió.

La causa de fondo, entonces, es la decisión estadounidense de interrumpir la revolución más profunda que se lleva a cabo en la región centroamericana. El sandinismo es un dolor de cabeza para EEUU pues registra un buen comportamiento de su economía, expresa buenos indicadores sociales y viene desarrollando los primeros pasos, con participación de inversionistas chinos y europeos, para construir un canal interoceánico (Atlántico y Pacífico) que económica, comercial y geopolíticamente será mejor del que se tiene en Panamá.

La activación de la Carta Democrática Interamericana no será fácil para Almagro por dos razones: una, por el procedimiento que requiere y, otra, porque en Nicaragua existe objetivamente el conjunto de indicadores indispensables para considerar a un país como democrático.

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