
Por Luis Oporto Ordóñez *-.
La actuación del presidente de la República Hilarión Daza, vilipendiado y ultrajado por la historiografía oficial, en la guerra del Pacífico, no ha sido evaluada por los cronistas-historiadores del siglo XIX y XX, tendencia que continúa hoy. Por ejemplo, se repite la falacia que escondió la noticia de la invasión del Litoral por encontrarse en plena celebración del carnaval. No es intención nuestra defender la administración del Gral.
Hilarión Daza, tampoco evaluar su papel en la guerra del Pacífico, pero es obligación profesional poner en claro algunos aspectos de ese episodio de la guerra desigual que libró el ejército de Bolivia contra Chile. El Gral. Daza nombró un Cronista Oficial de Guerra, delicada labor que recayó en un joven abogado. Ni el Perú el aliado, ni Chile el invasor, tomaron esa previsión y por ello carecen de una descripción oficial de su participación en ese conflicto.
José Vicente Ochoa, autor del Diario, nació en La Paz el 8 de diciembre de 1859 [1]. Falleció en Sucre, el 17 de enero de 1898, frisando escasos 38 años. Joven intelectual destacado “habiendo desde niño mostrado a sus padres señales de una clara y brillante inteligencia”. [2] Abogado graduado en la Universidad de San Francisco Xavier de Chuquisaca (1878). Durante su existencia fue educador, escritor y político. Sus primeras armas fueron en el Ministerio de Justicia e Instrucción Pública (1878); en postguerra fue profesor en el colegio Ayacucho (1881) y oficial mayor del Ministerio de Relaciones Exteriores. Cumplió misiones diplomáticas en Chile (1891), fue ministro de Instrucción Pública y Colonización (1895-1896) y de Instrucción Pública y Fomento (1896-1897).
Militó en el Partido Conservador. Diputado (1894), munícipe y presidente del Ayuntamiento de La Paz. Fundó el Círculo Literario, ingresó a la Sociedad Literaria “Sucre”, en plena campaña del Pacífico, fue miembro de la Sociedad “Gutiérrez”. Publicó sus artículos en La Reforma, El Comercio y La Tribuna, usando los seudónimos de “Bachiller”, “Paulino” y “Yorik” [3]. Publicó Semblanzas de la Guerra del Pacífico (1881); Borrones y perfiles (1885), Hojas al viento, Paceños ilustres (1888-1889), Biografía del Dean Cisneros, Don Evaristo Valle y Abaroa (1892). Su Diario se imprimió de forma póstuma, luego de su muerte, como Diario de la Campaña del Ejército Boliviano en la Guerra del Pacífico [4].
En la víspera de la salida de La Paz, registró el entusiasmo ardiente de la gente: “Lloran los que se quedan, no los que van”, afirmó a tiempo de parafrasear a Lamenais: ¡Benditas sean tus armas! y Castelar: “Santo glorioso es sacrificarse por la Libertad y la Patria. Vivir la vida de los héroes y morir la muerte de los mártires”.
Relata que el ejército nacional, salió de La Paz y marchó durante 13 días, cubriendo un itinerario que se mantuvo en secreto, pues los “espías de Chile en La Paz informan que el ejército salía por Puno, pero se llevaron un chasco, al tratar de cortar el paso”. El ejército cubrió un sorprendente itinerario: La Paz, Pilastra de El Alto, Viacha, Cantuyo, San Andrés de Machaca, Santiago de Machaca, Chuluncayani, Uchusuma, Tacora, Tarapalca, Pachía y Tacna. En plena marcha, se fueron sumando nuevas fuerzas. El 18 se les plegó en Cantuyo el Batallón Independencia de 500 plazas y el 24, en Uchusuma el Escuadrón Rifleros, de Oruro.
Entre el 2 de mayo y el 30 de junio, continuaron llegando contingentes de todos los rincones de Bolivia: “el Escuadrón Rifleros, Vanguardia de Cochabamba, de 160 a 200 plazas”, y “un nuevo cuerpo de rifleros voluntarios francotiradores dirigidos por el señor Zegada”, “el Batallón Olañeta 2° de Cazadores de Chuquisaca y el Escuadrón Rifleros del Luribay”. El “Regimiento Libres del Sud 3° de la Legión Boliviana, de 300 plazas y compuesto de los tres Escuadrones de Sucre, Potosí y Camargo”, “la 4ª División de Cochabamba que se hallaba entre Pachía y Pocollay, con 1.600 hombres: Batallón Aroma 1°, 2°, Batallón Viedma 3°, Batallón Padilla 4° de Cochabamba, bajo el comando del Gral. Luciano Alcoreza”. Santa Cruz y Beni estaban exentos de acudir al llamado de la patria por ser estas dos regiones las más alejadas de la costa. Aun así, no dudaron para organizar su fuerza y asistir al llamado de la Patria. “Honor a los cruceños!” dice con justa razón el cronista, en su Diario.
El Diario fue escrito en condiciones álgidas, “a vuelapluma, muchas veces sobre el lomo de bestia ó en medio del vivac de la campaña y quizá tras del fragor del combate”. El desafío que enfrentó el joven cronista fue grande y extremadamente delicado. Debía llevar el Diario de Campaña “con fidelidad estricta y a medida que se producían los acontecimientos”, responsabilidad complicada y compleja pues los requisitos eran la de mantener criterio independiente y procurar la revelación exacta de hechos y —lo que es más difícil de lograr— tratar de capturar “los caracteres de los diversos actores sociales”, siendo sometido a reserva de tal manera que ni el propio presidente de la República podía informarse de su contenido, previsión hecha para evitar cualquier forma de influencia sobre el Cronista. El Diario, pensado de esa manera, debía ser “un retrato de la situación moral y material del Ejército de Bolivia, durante la Guerra del Pacífico”.
Su autor, combatiente singular en el insano conflicto usaba la pluma más no el fusil o la bayoneta. Siguió al Capitán General y al Ejército que se desplegó de La Paz a Tacna; hizo viajes intermitentes con la Legión Boliviana, que acompañó al presidente Hilarión Daza en sus frecuentes visitas a Arica, y luego enrumbó a Camarones, de cuya inexplicable retirada fue testigo. Su visión se extendió al Ejército del Perú y a la sociedad de Tacna y Arica. Revela las claves de esa campaña, desarrollada en medio de la miseria humana escondida detrás de los uniformes militares de gala de los Directores Supremos de la Guerra, los presidentes del Perú Mariano Prado y Bolivia Hilarión Daza. Felizmente para la historia y el honor de Bolivia, rescata el desempeño de jefes militares pundonoroso, a la par de aquellos jóvenes ilustrados de la élite de La Paz, Oruro, Potosí, Sucre, Cochabamba y Santa Cruz de la Sierra, que conformaron la Legión Boliviana y de la noble tropa de artesanos que formaba el grueso del Ejército Nacional, que enfrentaron su destino con genuino heroísmo, honra, valentía y temeridad.
Su crónica adolece de un gran vacío, pues en ella no figuran los soldados indígenas ni las valerosas rabonas, combatientes extraoficiales de la guerra del Pacífico. No es de extrañar pues esa era la condición de casta de aquellos ejércitos novecentistas, reflejo de la cultura señorial, patriarcal, racista y elitista.
Nombrar a José Vicente Ochoa como cronista oficial de guerra, es un notable mérito del Gral. Hilarión Daza. Por su importancia, el Diario fue inscrito en la Memoria del Mundo de la UNESCO-MOWLAC, en Mar del Plata, Argentina, el 2016.
* Magister Scientiarum en Historias Andinas y Amazónicas. Presidente del Comité Regional de América Latina y el Caribe del Programa Memoria del Mundo de la Unesco. Docente titular de Maestría de Gestión Documental y Organización de Archivos Históricos en la carrera de Historia de la UMSA.
1. Moisés Alcázar: Hombres célebres de Bolivia. La Paz, González y Medina Editores, 1920.
2. Ibíd., p. 417.
3. Ibíd., p. 418.
4. Sucre, Tipografía y Librería Económica, 1899.

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