noviembre 27, 2020

Latinoamérica, integración y división internacional del trabajo


Por Carlos Ernesto Moldiz Castillo *-.


Este corto ensayo sostiene tres tesis: La división internacional del trabajo es una realidad objetiva modificable; Los países latinoamericanos pueden tienen mayores posibilidades de cambiar su lugar en ésta división internacional del trabajo si es que trabajan a través de bloques regionales de integración; Su nuevo lugar en la división internacional del trabajo no sería ni como productores de materias primas pero tampoco como centros industriales sino como productores de conocimiento. Ninguna de estas tesis es fundamentada a partir de datos empíricos, son sólo teóricas.

La división internacional del trabajo puede transformarse

Uno de los aportes más importantes del pensamiento político latinoamericano es la Teoría de la Dependencia. Y lo es porque permitió desmentir las teorías lineales del desarrollo que no permitían apreciar el problema central del desarrollo: la división internacional del trabajo, donde Latinoamérica y casi todo el Tercer Mundo eran relegados a la simple tarea de producir materias primas para que el Primero, en ese entonces EE.UU. y una parte de Europa, produzca manufacturas.

Pero las observaciones de ésta teoría eran observaciones de su tiempo. La realidad fue modificándose, y el surgimiento de Japón como parte del mundo industrializado y luego la emergencia de los Tigres Asiáticos durante la última década del siglo XX complejizaron el entendimiento de la Teoría de la Dependencia. El despegue estelar de China, y luego los BRICS, demuestran que todo en el mundo cambia. La Teoría de la Dependencia logró hacer visible una realidad objetiva, es decir, independiente de la voluntad de los sujetos, que no era otra que las relaciones de producción que se establecieron entre los Estados de éste planeta.

Pero esas relaciones cambiaron. Es decir, resultó no ser una realidad inalterable. Se comenzó a comprender que los Estados pueden adelantar estrategias para modificar su lugar en ésta dinámica sin necesidad de dar al traste con todo el modo de producción capitalista como un todo, a pesar de que esta afirmación disguste un poco a la izquierda radical. Los BRICS son un ejemplo, Japón lo fue en su tiempo, y Corea del Sur es otro no menos esperanzador para Latinoamérica. Demuestran que las cosas pueden cambiar, pero que dicho cambio requiere de grandes esfuerzos, ingentes recursos, y la capacidad de un Estado o varios para establecerse estratégicamente en el mercado.

China, con su apertura comercial a principios de éste siglo logró crecer más que cualquier otra economía en el mundo y en un lapso record. Los países de Europa lograron levantarse de las ruinas de la Segunda Guerra Mundial no sólo gracias al Plan Marshall, sino también a la construcción de Estados de Bienestar que aunque cada vez más disminuidos, no dejan de ser un paradigma que todos quieren alcanzar. La división internacional del trabajo es, entonces, una realidad modificable.

Los Estados latinoamericanos pueden modificar su posición si lo hacen en bloque

El único ejemplo de integración económica exitoso de nuestra historia contemporánea fue hasta hace poco la Unión Europea, una construcción que llevó décadas de esfuerzo pero que logró vencer cada una de las etapas de la integración económica hasta el punto de construir un orden supra estatal que le permitió negociar con el resto del mundo en mejores condiciones que si sus miembros los hubieran hecho individualmente. La UE demuestra que los espacios multilaterales son la mejor forma de impulsar economías en el mundo globalizado.

Latinoamérica, por otra parte, nunca pudo establecer procesos de integración de forma coherente y constante en el tiempo. El levantamiento de barreras arancelarias para determinados productos y el establecimiento de acuerdos de libre mercado se lograron esporádicamente y mercados comunes sólo fueron alcanzados con el Mercado Común del Sur (MERCOSUR) y la Comunidad Andina de Naciones (CAN). Para Bolivia, ambos proyectos significaron cosas muy diferentes, sin embargo. Mientras la CAN fue un mercado pequeño en términos de volumen comercial, se trata de un espacio de venta de manufacturas que de alguna manera ayudaban a nuestro país a ir más allá de la venta de materias primas. MERCOSUR, por otro lado, era un mercado más grande en términos de ventas, pero sólo a partir de materias primas (el gas, fundamentalmente), y sólo con dos países, Brasil y Argentina.

Pero éstos mercados comunes no lograron integrar realmente a los países Latinoamericanos, cuyas miradas siempre estuvieron dirigidas al intercambio comercial con otros continentes. Otros procesos de integración política y económica como la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR), la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) y acuerdos como el ALBA-TCP, se han mostrado más endebles de lo que se suponía como lo demuestra la salida de Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Paraguay y Perú el año pasado.

La inestabilidad política en Latinoamérica juega un rol crucial en todo esto. Los países europeos definieron regímenes políticos y sistemas de partidos estables en el tiempo. Formas de gobernarse como sociedades eficientes y constantes, que sufrieron transformaciones, pero que lo hicieron de forma pausada, armónica y sin momentos de quiebre tan dramáticos como los que experimentan nuestros países cada 15 o 20 años. Los países de nuestra región, en cambio, tienen momentos fundacionales muy a menudo, y eso es un problema cuando se quiere establecer estrategias de desarrollo a mediano plazo solamente. Nótese que digo mediano y no largo plazo. No hablo de objetivos con caminos de medio siglo, sino de proyectos que deberían mantenerse estables por lo menos dos décadas. Mediano plazo, nada más.

No es casualidad que los países que están dejando UNASUR sean países con gobiernos de orientación ideológica muy diferentes a la de los principales impulsores de éste organismo, y que dos de ellos hayan sufrido un giro en su orientación política tan radical que equivalen a momentos de quiebre en sus respectivas historias políticas: hablamos de Brasil y Argentina, obviamente.

Pero los países de Latinoamérica, cada uno, contiene recursos naturales vitales para el funcionamiento del mercado internacional: materias primas como el litio, donde Chile, Bolivia y Argentina son las principales reservas. Gas y Petróleo, con las reservas más grandes en Venezuela, Bolivia y con otras muy prometedoras en Brasil, Ecuador y Argentina. Otros minerales necesarios para la industria moderna como el cobre, el hierro, y demás, en Chile y Perú. Y todo esto sin contar con posiblemente el mayor tesoro Latinoamericano: la Amazonía. El bioma más grande del planeta. La reserva de agua dulce más grande del planeta. Y el río más largo del planeta. Con la biodiversidad más grande del planeta. En fin, un espacio tan especial que podría encerrar el secreto para un despegue continental.
Pero dicho despegue es imposible, o mucho más difícil, si los Estados de la región no logran proponerse proyectos serios de integración económica. Y eso tampoco es posible si no se estabilizan políticamente.

Hipótesis sobre el nuevo lugar de Latinoamérica

Entonces, decimos que la división internacional del trabajo es algo que puede modificarse: no es necesario esperar una revolución mundial, por muy deseable que sea. Y que modificar aquello implica estrategias por parte de sus Estados que serían más eficientes si se adelantan en bloque. Los procesos de integración económica son fundamentales para ello, y el fortalecimiento del multilateralismo es también esencial. Es por ello que la desintegración de UNASUR debe provocar decepción no sólo para los simpatizantes de gobiernos de izquierda, sino para todo aquel que piense en los países de éste continente como Estados con un destino común.

También apuntamos a que Latinoamérica concentra grandes riquezas, que hasta ahora sólo han sido explotadas como materias primas para el mercado internacional. La negociación del precio de estas materias primas sería mucho más ventajosa si se la hiciera en bloques. Chile, Argentina y Bolivia imponiendo los precios del litio en el mundo, impulsando su industrialización mediante contratos justos con empresas de ultramar, esto puede sonar como una visión demasiado optimista del futuro, pero podría pasar. Lo mismo en cuanto a la producción de gas y petróleo, aunque con menor capacidad de negociación ante el mundo puesto que Rusia, Arabia Saudita e incluso los propios EE.UU. hoy en día son grandes productores.

Pero la ventaja comparativa más importante en éste continente es la Amazonía. Y no por los recursos naturales como gas, petróleo o minerales que se encuentran en su interior. Ni siquiera por el agua que contiene en sus muchos ríos. Sino por la biodiversidad que encierra, biodiversidad que significa una amplia posibilidad de negocios propios del siglo XXI. Producción de medicamentos, impulso al desarrollo de una industria de la genética, una nueva etapa de la ciencia médica construida no sobre las espaldas de la población latinoamericana como productora de manufacturas baratas sino a partir del conocimiento de sus pueblos indígenas y su potenciamiento a través de la ciencia moderna.

Los recursos naturales de nuestro contienen dejan de ser entonces una maldición siempre acompañada por la enfermedad holandesa, sino riquezas dispuestas por la naturaleza y la coincidencia más cercanas a la buena suerte, bien aprovechadas como ventajas comparativas frente al mundo. Bolivia y Latinoamérica en su conjunto, pero Bolivia como país de contactos y por ello mismo a la vanguardia de estas aspiraciones, podrían incorporarse al mercado mundial y a la división internacional del trabajo más allá de la producción de materias primas, sin por ello ir por las mismas industrias por las que pasó el primer mundo, como la industria pesada. La globalización y el internet inauguraron algo que muchos llaman la era del conocimiento, y también lo que otros aspiran como economía del conocimiento. La genética bien podría ser una industria propia del siglo XXI. Y la Amazonía el mejor de todos los laboratorios.

Conclusión

Más que ensayo, éste trabajo es una especulación. Se basa en observaciones generales que llevan a conclusiones muy nebulosas, partiendo no de datos empíricos sino de teorías explicadas de forma incompleta. Es decir, no es muy serio. Pero es concreto en sus tres tesis: Primero, el mundo cambia, siempre lo hace y siempre lo hará. La división internacional del trabajo no puede escapar a ésta ley universal; Segundo, Latinoamérica puede cambiar su lugar en ésta división internacional del trabajo a partir de la integración económica y la diplomacia multilateral; Y tercero, el nuevo lugar al que se aspira en las relaciones objetivas que determinan la división internacional del trabajo estará determinado por otra realidad también objetiva y hasta palpable: los recursos naturales como plataforma de despegue hacia un nuevo lugar en la economía del conocimiento.

Por el momento, todos estamos enfrascados en diferentes tipos de guerra: hay una batalla electoral ya en desarrollo en Bolivia; otra geopolítica que hoy en día toca las puertas de Latinoamérica a través de Venezuela; y la batalla personal de todos los habitantes de nuestro continente para poder sobrevivir un día más en un mundo lleno de incertidumbres. Pero como todo, esto también cambiará. Llegará el momento, no está lejos, en el que dejaremos de machucarnos con palos y piedras y pensemos, juntos, hacia dónde vamos.


* Es politólogo.

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