diciembre 3, 2020

Los historiadores locales: Cronistas de la memoria de los pueblos


Por Luis Oporto Ordóñez *-.


Existen, en la vasta geografía nacional, personalidades encargadas —generalmente de motu proprio— de registrar los hechos más importantes de sus ciudades y regiones y biografías de sus personajes centrales. Son los historiadores locales, modernos cronistas que resguardan y difunden esa memoria colectiva.

El cronista oficial “narraba los hechos que consideraba dignos de recuerdo (de ‘pasar a la historia’), registrados de forma sistemática en el tiempo”. Según Enrique García “era el centro rector del saber oficial, era la piedra angular del edificio de la historia oficial”, pero era usual que cayeran en la parcialidad, “al ser el oficio politizado según los éxitos o los fracasos de los monarcas”.

El cronista apareció en el reinado de Juan II de Castilla (1426) y se extinguió con Felipe V (1738); cedió el puesto a los historiadores profesionales agrupados en torno a las academias, exponentes de la historia “erudita” en contraposición a la historia “polémica” de aquellos. Richard L. Kagan afirma, sin embargo, que “pocos historiadores, sean oficiales o no, escribían una historia libre de influencias ideológicas o pretensiones polémicas”.

En ciudades como Cochabamba y Sucre, los municipios han repuesto la función del Cronista de la Ciudad. Los historiadores locales desarrollan su labor, muchas veces incomprendida, en diversas ciudades de nuestro territorio, construyen con sus recopilaciones una verdad histórica, o la que más se aproxime a ella, son guardianes de la memoria de los pueblos y —sin proponérselo— son “auténticos eruditos y expertos que se encargan de recopilar datos, depurarlos y posteriormente realizar una narración de los mismos”, exactamente como lo hacían sus antecesores cronistas.

Uno de ellos es el René Quintana Romero, quien ha desplegado esfuerzos para documentar la historia de Colquechaca, la ciudad minera célebre por sus ricas venas de plata, a tal punto que se dice que el rosicler tenía tal pureza que salía de la veta directamente a la exportación. Colquechaca es heredera de la tradición minera prehispánica de Janconaza: “Hemos encontrando tres huayrachinas incas”, afirma; y de la impresionante ciudad colonial de piedra Aullagas, que “llegó a cobijar a unos 3.500 mineros”, afirma. Es autor de Aullagas, patrimonio tangible intangible (s.f.), Imágenes de Colquechaca (t. 1 y 2) y la revista Colquechaca Turística (2010), en la que narra y documenta la historia de las tres ciudades mineras.

A la par, recuperó antiguos mecheros a cebo (precursoras de la moderna lámpara eléctrica), primigenias máscaras de diablos e indumentaria con hebras de plata que usaban los mineros en la mina de San Miguel.
Colquechaca experimenta un auge boyante, que motiva a los mineros a horadar ancestrales socavones. En ocasión de la II Convención Internacional de Historiadores y Numismáticos (octubre, 2018), el historiador colquechaqueño Rodolfo Russo Porro impulsó la edición del Fotolibro Anconaza, Aullagas, Colquechaca, con 92 fotografías de su archivo fotográfico de más de 200 registros, y fotos antiguas de Bertha Valda, René Gutiérrez, José Romano y René Quintana. La edición de 32 ejemplares, impresa en tres formatos, fue encargada por el Gobierno Municipal de Colquechaca, como homenaje al 136 aniversario de creación del municipio, con prólogo del alcalde indígena Eduardo Pacheco Colque.

El Fotolibro refleja el esfuerzo de los habitantes de esta región minera, cuya cuota de sangre aportó al desarrollo del país, al haber generado durante su historia, divisas para el Tesoro General de la Nación.

Identifica los minerales de esta región en el “Plano de minas” (de Federico Alfeldh), en vistas panorámicas de Anconaza, Aullagas y Colquehcaca; a los presidentes Narciso Campero (promulgó la ley de creación de la capital de la provincia Chayanta el 30 de octubre de 1882) e Ismael Montes (promulgó la ley que declara ciudad a la villa de Colquechaca el 5 de diciembre de 1906). Fotos de principios del siglo XIX, 1875 y 1920, muestran su desarrollo urbano, con su serpenteante avenida y viviendas con techos de paja; una vista panorámica con la iglesia (1906), la fuente de agua en Tumpi, la cancha de tenis (“posiblemente, la más alta del mundo”, según un periódico de EE.UU.) y la moderna calle Bolívar (1960); el mercado municipal La Cancha, la casa de Abastos y la Intendencia municipal; el Mausoleo y nichos del cementerio de Colquechaca (1850).

La labor industrial se refleja en los socavones de Mina Begoña, Manjón, San Miguel, Porvenir, Amigos, Guadalupe, Etiengh, San Bartolomé y Gallofa con su frontis de roca (1912); los Ingenios Graciela, Esperanza, La Aliada, La Palca Rosario con sus impresionantes hornos de fundición (1890), el horno de fundición de Churekala y su ingenio de rescate de lamas; la laguna artificial de Pisculco, la planta hidroeléctrica de Chaicuriri, las gigantescas usinas de Angostura, el compresor de Mina Colquechaca y, la turbina de Surucachi; las Cancha Minas Gallofa, Begoña, Manjón, Chiki cancha, y Maritate Cancha, Molino y Lavadero de mina Gallofa, Herrería Begoña, Herrería Mina Amigos, Chancadora Mina Porvenir, Jaula Pozo Mina San Antonio, Deslavadero, Maestranza y Celda para tratar plata en Ingenio Graciela.

Documenta la labor de obreros escogiendo mineral en Mina Porvenir, muestreros de Colquechaca, mineros en Toro Cucho, sacando la broza de Mina Guadalupe, hornero en Castillahuma, forjadores de tubos en Surucachi; la “mita”, breve descanso de obreros y mayordomos; el sacrificado trabajo de las mujeres palliris procesando mineral en Cancha Mina Begoña, escogiendo la preparación de plata, o cargando a carretilla en el Ingenio Graciela.

Diversos oficios como el mayordomo que anuncia la hora usando una campana en Mina San Miguel, el Pasador de tiempo (control de personal) y un Secretario (archivista) en interior Mina Amigos, el obrero deslamando en Chiki Cancha de Mina Frike, selección de mineral en Cancha Mina Etiengh, trabajo con maritate a cargo de palliris y obreros en Cancha Mina Fricke.
Personajes de la época, como Gregorio Valdez contador administrador de Mina San Bartolomé (1880), Jacobo Ayllón, presidente de la Compañía Colquechaca-Aullagas (1883), el ingeniero alemán Hans Block (presidente municipal en 1902), su mayordomo Matías Arteche, visita técnica del ing. Roberto Teere a Colquechaca, Simón I. Patiño “inversor y propietario”, su cuerpo técnico posando con su personal en el Ingenio Gtraciela (1913) y en Mina Gallofa (23 de mayo de 1921), ingresa a caballo a la Usina de Angostura con su secretario Dr. Loayza; la Oficina Contable de la Peruvian Bolivian Company Colquechaca, la tienda de abarrotes Díaz e hijos, los días de pago en la rivera Colón, un día en la Pulpería, vendedoras indígenas en la rivera del camino La Abra y la calle comercial San Miguel.

El divertimento fue notable en la mina, como se observa en un grupo de comparsa en el carnaval. Existen fotos del Gral. Alfredo Ovando Candia y del Gral. Rogelio Miranda, en su visita para la inauguración del moderno Ingenio Graciela.


* Magister Scietiarum en Historias Andinas y Amazónicas, docente titular de la Carrera de Historia de la UMSA.

1 comentario en Los historiadores locales: Cronistas de la memoria de los pueblos

  1. Hay una parte en este texto que habla sobre » el mayordomo Matías Arteche», en el año 1902. Este es un tremendo error. Matías Arteche murió antes de 1900, y no fue un mayordomo; fue el empresario minero más importante de Colquechaca y en su momento el hombre más rico e influyente de Bolivia, no por nada le llamaban » El Señor de Aullagas».

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