septiembre 25, 2020

A quién debo temer más: ¿a mi marido o al coronavirus?


Por MARÍA BOLIVIA ROTHE * -.


Las mujeres están soportando varias cargas simultáneas en esta pandemia. Son la cara más desgarradora; basta mirar el video de una joven embarazada que suplica al Gobierno para que la deje llegar hasta su hogar en La Paz, en lugar de mantenerla en el insalubre e improvisado campamento de Pisiga.

Muchas están obligadas por la cuarentena a mantenerse en casa con su agresor, temiendo por su vida. Literalmente, duermen hoy junto a su peor enemigo.

Mundialmente, las mujeres siempre han soportado sobre sus espaldas el peso de todas las situaciones extremas. En tiempos de coronavirus, esto se complica mucho más. Bolivia tiene una población económicamente activa, de la cual, aproximadamente el 50% está incluida en el sector informal. Y esta informalidad pesa en gran medida sobre los hombros de las mujeres, que además son jefas de hogar.

El aislamiento social obligatorio, al restringir la circulación de las personas, impide a las mujeres movilizarse y ganar el pan cotidiano para ellas y para sus familias. Esto produce un círculo vicioso, porque si la mujer no trabaja, la familia no come. Mujeres solas con hijos que cuidar, trabajadoras informales y jefas de hogar que no pueden salir a la calle a trabajar: es esta la ecuación perfecta para reeditar la pobreza, en un país donde 14 años de Proceso de Cambio lograron revertirla. Sin duda alguna, llega esta pandemia en muy mal momento. Desgobierno e ilegitimidad, son los signos característicos.

Y en este contexto nada favorable, la Presidenta golpista y todo su gabinete, nunca imaginaron que iban a lidiar con este enemigo invisible y, claramente, no están preparados, porque llegaron al gobierno de manera fortuita, sin programar, sin bases, sin estructura. El Gobierno es, hoy en día, una mezcla de mal gusto de intereses que juegan todos para su propio proyecto, cada cual por su lado, con absoluta ausencia de visión de país a largo plazo.

La pandemia enfrenta a Áñez y a todo su gabinete con la urgencia de poner atención en uno de los eslabones más débiles de la cadena, como son las mujeres, porque así como se preparan planes de contención epidemiológica de la epidemia, un gobierno presidido por una mujer, ya debió haber implementado una política clara que apoye a las mujeres, víctimas cotidianas del abuso físico y psicológico.

Según el Registro de Feminicidios del Observatorio Nacional MuMaLa «Mujeres, Disidencias, Derechos” en Argentina, el 62% de los casos feminicidio de los últimos 10 años en ese país, fue cometido en la casa de las propias víctimas o en la que comparten con el agresor. El dato no es menor y la preocupación va en aumento frente a la realidad poco visibilizada de los sectores populares. En Bolivia, en lo que va del año, se han registrado ya 21 feminicidios, tres de los cuales ocurrieron durante la cuarentena.

Lo cierto es que para las mujeres bolivianas, la cuarentena es un peligro con varias aristas –que van más allá de la amenaza de contraer el Covid-19–, desde estar en cuarentena con un agresor, hasta perder el sustento económico por trabajar en la informalidad.

Definitivamente, las consecuencias de la pandemia se agolpan contra las mujeres, para las que el hogar no siempre es un lugar seguro y de descanso, sino a veces, desafortunadamente, el sitio más riesgoso para su vida y su salud.

En este contexto, las redes de contención emocional deben ir de la mano con las que contienen la pandemia. En un país donde la violencia contra las mujeres tiene muchas caras pero los mismos agresores, es clave reconocer nuestra precariedad actual a la hora de enfrentar estas situaciones, especialmente en estas circunstancias, cuando las mujeres están gobernadas por otra mujer, cuyo fundamentalismo religioso y político fomenta la imagen de la mujer abnegada, madre y esposa, en una clara emulación del ideal mariano de la teología judeocristiana, ignorando todas las demás familias e ideologías existentes y reforzando la violencia machista de la peor y más perversa manera.

Debemos quedarnos en casa, es la medida más eficiente para enfrentar al Covid-19. Pero teniendo a la mano alternativas que den respuesta a esta lacerante y cotidiana problemática, sin minimizarla. Mujeres que cuidan a mujeres, podría ser la idea. Entendiendo a Áñez como primera cuidadora-servidora pública.

En este contexto de tanto riesgo sanitario, pero también personal contra las mujeres, lo menos que podemos esperar es que el Gobierno se olvide del fundamentalismo religioso e incluya la perspectiva de género en los procesos de planificación y toma de decisiones durante la pandemia; deben estar preparados para prestar apoyo esencial a las supervivientes de la violencia basada en el género. Ellas no solo van a necesitar servicios de salud, sino acciones concretas que le demuestren que su vida es importante para el Estado.


* Médica salubrista

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