Por Yanela Echazú Torres * -.
Lo que sucedió el miércoles 22 de abril tiene que indignarnos y tiene que dolernos en lo más hondo de nuestra humanidad. Se suicidó una niña de 12 años. Se suicidó por desesperación, porque su familia no tenía qué comer, porque le dolía la panza de tanta hambre. ¿Imaginamos lo que es eso? ¿Recuerdan cuando tenían 12 años?
Cuando yo tenía 12 años, mi mayor preocupación era quitarle el control remoto a mi hermano, para escoger que programa en la televisión. No todos tienen el privilegio de no tener que preocuparse por nada. Tengo la suerte de decir que de niña jamás me he preocupado por la comida en casa, siempre aparecía mágicamente en la mesa y hasta me daba el lujo de despreciar lo que no me gustaba. Pero esta no es la realidad de todos los niños, muchos tienen que trabajar para comer, otros comen lo poco que sus papás consiguieron; nada se desperdicia, porque al día siguiente puede faltar. Hay cientos de niños que buscan de la basura alguna sobra que niños privilegiados, como yo, pudieron tirar. Hay niños que duermen con hambre y otros que mueren de hambre.
Y pienso: ¿Qué me diferencia a mí de esos otros niños? A esa edad no tenía ningún mérito, ni nada que me hiciera especial o digna de tener lo que a tantos otros les faltaba. Y es que la sociedad es injusta, y la meritocracia no existe, porque no es verdad que todos tengan las mismas posibilidades. El futuro de un niño mal alimentado, que tiene que trabajar o mendigar, de ninguna manera se asemeja al de otro que tiene todas las comodidades en casa. Y esa gigante desigualdad no se subsana en la adultez, porque quienes tuvieron mayores condiciones son en su mayoría adultos profesionales, con mejores trabajos y posibilidades. El 99% de los niños que nacen pobres, se mueren pobres, por más esfuerzo que hagan (Joseph Stiglitz, 2018).
La pandemia que atravesamos está exacerbando esta situación de desigualdad. Mientras para algunos de nosotros la cuarentena es una vacación y nuestra principal inquietud es qué peli veremos mañana, para otros (muchos otros) su principal desvelo es apaciguar los gritos de hambre de sus wawas. No podemos ser indiferentes ante esta situación y mi intención no es instar a la caridad, sino a que pensemos y repensemos la sociedad en que vivimos. Para que construyamos una sociedad más justa, para que el pensar en los demás no sea nuestra acción buena de la semana, sino nuestro principio de vida. Me horroriza pensar qué clase de sociedad es esta, que ve con despectiva indiferencia el suicidio de una niña.
No pretendo desmerecer la situación, ni la gravedad del Covid-19, pero no podemos olvidarnos que el hambre también mata. El día de hoy, a la fecha, en el mundo murieron de hambre más de 28 mil 500 personas y va en aumento (Worldometer 23/4/2020); el 75% de los muertos son niños. Cada 10 segundos muere un infante por falta de alimento (The world counts), esto sin mencionar las muertes ocasionadas por enfermedades que atacan con más fuerza a los niños malnutridos, como son las infecciones intestinales y respiratorias, la malaria y el sarampión (FAO, 2002).
Si las cifras son tan alarmantes, ¿por qué el mundo no se escandaliza? ¿Por qué que no vemos a los gobernantes del mundo afanados buscando la cura? Siendo que para la cura no se necesita hacer ningún descubrimiento científico que justifique la demora. La cura es la redistribución justa de las riquezas del mundo, la distribución justa de comida para todos. Un tercio de toda la comida que se produce termina en la basura. Con todo este alimento desperdiciado se podría suplir las necesidades de las 820 millones de personas que sufren de hambre (FAO, 2019). Pero no, no tiene caso buscar soluciones, porque las personas que mueren no interesan a quienes toman decisiones.
¿Y el resto de nosotros? ¿Por qué las muertes causadas por la miseria y el hambre no nos preocupan? Porque las hemos normalizado, nos hemos acostumbrado a que mueran miles de personas por hora. ¿Es acaso que las ignoramos porque los noticieros no se encargan de recordarnos las cifras cada día o, tal vez, porque los privilegios en los que nos sentamos nos aseguran que la enfermedad del hambre no vendrá por uno de nuestros seres queridos?
Sea cual sea la razón, tenemos que repensarnos como sociedad y hacer todos los esfuerzos no solo para salir de esta crisis sanitaria, sino también de la crisis humanitaria que representan las millones de muertes a causa de la desigualdad y el hambre.
- Militante del Movimiento Insurgente
Bibliografía
– The world counts: consultado el 23 de abril del 2020, en el portal: https://www.theworldcounts.com/challenges/people-and-poverty/hunger-and-obesity/how-many-people-die-from-hunger-each-year
– FAO 2002 http://www.fao.org/3/y7352s/y7352s00.htm#TopOfPage
– FAO 2019 https://news.un.org/es/story/2018/10/1443382
– Joseph Stiglitz, 2018 Premio nobel de economía
– Worldometers: Consultado el 23 de abril del 2020 en el portal: https://www.worldometers.info/es/

Leave a Reply