mayo 31, 2020

Transgénicos: un puñal a nuestra economía


Por Verónica Navia Tejada-.


“…Producto de la orientación ideológica de varias autoridades…, prohíben el uso de transgénicos en Bolivia…”, escribía Oscar Ortíz (El Deber, 16 de febrero de 2011), el mismo que ahora ejerce el cargo de ministro de Desarrollo Productivo y Economía Plural y que estrenó su participación en el gabinete de ministros presentando y haciendo aprobar el Decreto Supremo N° 4232.

El debate sobre la importación y uso de transgénicos en Bolivia fue bastante fuerte en las sesiones de la Asamblea Constituyente, que contó con la participación de representantes de la mayoría de los sectores organizados del país; los agropecuarios del Oriente también estaban presentes. No es extraño entonces que ahora, luego de arrebatar el gobierno a Evo Morales a través de la fuerza, se apruebe el decreto que pone en peligro lo avanzado en la materia.
Pero ¿a qué se refería Ortíz con eso de orientación ideológica? En este caso específico asumiremos que se refiere a cómo entendemos que debería administrar el gobierno la gestión en materia productiva, que garantice la seguridad alimentaria para la población.

Lo primero que debemos saber es que nuestro modelo económico social comunitario y productivo, establecido en la CPE, está orientado a mejorar la calidad de vida del pueblo; tiene cuatro formas de organización económica: comunitaria, estatal, privada y social cooperativa. Bajo este modelo, el gobierno de Evo Morales se mantuvo firme a la presión de los empresarios privados de la agroindustria cruceña que fueron constantes y punzantes, pero se abrió una pequeña posibilidad, sin afectar la seguridad alimentaria, para producción transgénica de soja, con el único fin de aportar a la producción de biodiésel como alternativa al uso subvencionado de la gasolina y diésel.

Medianos y pequeños productores, así como representantes de las pequeñas unidades productivas comunitarias, aceptaron la medida con la idea de que el nuevo combustible ayudaría a bajar los costos de producción. Hasta ahí, la “posición ideológica” del Gobierno era mantener la equidad entre las cuatro formas de organización económica, es más, la producción de una ayudaría a mejorar la producción de las otras.

Después del golpe de Estado asestado en noviembre pasado, vuelven las “posiciones ideológicas” neoliberales a tomar las riendas de la economía en el país. Resulta que el decreto supremo aprobado a minutos de que Ortíz sea posesionado como nuevo ministro, introduce, entre las semillas transgénicas a ser importadas, las de trigo, maíz y algodón.

¿Qué tienen que ver el trigo, el maíz y el algodón en la producción de biodiésel? Absolutamente nada, más bien afecta lo que tanto se cuidó: “la seguridad alimentaria, con soberanía”. Eso no impidió que empresarios cruceños salieran aplaudiendo la medida. Claro, tienen un decreto de liberalización de exportaciones, los focos de incendio sin control de este año que les dieron más tierras cultivables y ahora este decreto; obviamente que saldrían aplaudiendo.

Quienes perdemos con todo esto, somos todas y todos los bolivianos que no nos dedicamos a la agroindustria a gran escala. Los medianos y pequeños productores que no alcanzarían a conseguir competir, porque los costos para adquirir las semillas son altos, ya que los producen otras empresas privadas transnacionales. Pierden las pequeñas unidades económicas comunitarias, porque al dedicarse a la producción orgánica ancestral, los costos en el mercado no podrían competir con los transgénicos; y perdemos nosotras y nosotros los consumidores, en tiempos de coronavirus, en los que tenemos que elevar defensas y cambiar hábitos de alimentación. Vamos a tener que conformarnos con consumir pan de harina de trigo, que tendrá el sello “Hecho el Bolivia” y al lado otro sello que dirá “producto elaborado con semilla transgénica importada”.

Si los empresarios aplauden, es señal de que retrocedemos…


• Socióloga

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