octubre 24, 2020

Régimen en descomposición acelerada


Por Carlos Echazú Cortéz-.


El régimen golpista da signos inequívocos de encontrarse en un proceso de descomposición acelerada. Esto resulta evidente pese a que ha desarrollado un armazón de blindaje mediático que hace los esfuerzos posibles e inimaginables por encubrir esa descomposición, tanto así que el descrédito del régimen comienza a contagiar a los medios de comunicación del establishment sometidos a su tutela.

Los signos de la descomposición del régimen se develan incuestionablemente de dos maneras. Por un lado, los casos de corrupción saltan a la luz pública prácticamente todos los días y los intentos de los voceros del Gobierno por disimularlos, entre tartamudeos y cantinfleadas, no hacen si no visualizarlos más claramente. La corrupción va desde el nexo innegable con el narcotráfico, cuando un jet partió desde Guayaramerín cargado de droga, con toda la asistencia de los funcionarios del Aeropuerto, hasta el desfalco de empresas públicas como Yacimientos Petrolíferos Fiscales Bolivianos (YPFB) y la Empresa nacional de Telecomunicaciones (Entel), pasando por ventas de ítems en ministerios o negociados en concesiones mineras y de tierras.

Por otro lado, los cambios de autoridades del más alto nivel, desde ministros y viceministros hasta directores ejecutivos de empresas e instituciones públicas, como YPFB, Entel, el Fondo Indígena, para mencionar solo algunos, revelan la desesperación del gobierno de facto por reconducir la dirección de un vehículo que va irreparablemente al precipicio. En rigor, tantos cambios para un gobierno que tiene tan poco tiempo en gestión, implican necesariamente el reconocimiento de su parte, que todo va mal. No se trata de cambios irrelevantes, pues cambiar, por ejemplo, al Ministro de Salud en medio de la pandemia implica indiscutiblemente un quiebre en la política sanitaria, para decir lo menos.

Para el colmo del desastre, el Gobierno ha implementado una cuarentena tan drástica para enfrentar la pandemia del coronavirus que se mostró completamente insensible a los requerimientos de la población más vulnerable del país, que busca diariamente su sustento en las calles de nuestras ciudades. El resultado es una política hambreadora que amenaza con provocar desbordes sociales de protesta. Los justificativos para esa cuarentena, por parte del Gobierno, que hacen alusión a una mentada intensión de resguardar la salud de la población, contrastan drásticamente con la desatención que han mostrado ante los requerimientos de parte de hospitales de varias regiones del país para que se les dote de implementos de bioseguridad y equipos para las Unidades de Terapia Intensiva. A esta altura, está claro que su política para enfrentar la pandemia es un estruendoso fracaso, pues no hay equipamiento para los hospitales y tampoco test de detección del virus para aplicarlos masivamente a la población. Lo único que queda es la fuerza bruta para mantener a la gente en su casa ya solo con la intensión de prolongar este estado de cosas, a fin de evitar la convocatoria a elecciones y prorrogarse de forma indefinida en el poder.

De este modo, el régimen entra en un callejón sin salida. Su descomposición lo corroe tanto que sus medios de comunicación ya no encuentran la forma de seguir encubriendo el descalabro. Percibiendo este proceso, los demás frentes de la derecha comienzan a tomar distancia del régimen. Habían recriminado a la autoproclamada su candidatura, pero en un inicio apoyaban su «gestión de la crisis pandémica». Ahora, cuando es evidente su fracaso, se distancian cautelosamente para no ser arrastrados ellos también al abismo. Las clases empresariales ya no pueden seguir respaldando una política que agudizará con creces la crisis económica que todos la ven venir. La prolongación de la cuarentena, así tan drástica, salvo en el área metropolitana de Santa Cruz, cumple simplemente objetivos políticos. Eso está ya más claro que el agua.

Ahora bien, el hecho de que el régimen se encuentre en franca descomposición no significa necesariamente que este va a caerse espontáneamente. Los cambios frecuentes de autoridades han implicado un proceso de selección de tal modo que el sector duro y más irracional del régimen permanece en el control. En ese contexto, es muy probable que el régimen se endurezca aún más y opte por la intensificación de la represión. La expresión popular dice que «la bestia acorralada pelea hasta el final».


• Militante de la izquierda boliviana

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