agosto 3, 2020

Esther: la extrema vulnerabilidad

Por Emma Lazcano-.


El coronavirus que causa la enfermedad del Covid-19 ha devenido, para la especie humana, en un estrago sufrido en carne propia. Es la omnipotencia de la naturaleza que se revela frente a nuestros cuerpos finitos, cuya fragilidad aumenta conforme al impacto de las desigualdades, exclusiones e injusticias reinantes en el mundo social. Por tanto, es un sinsentido decir que dicho coronavirus acomete por igual a todos, ricos o pobres, pues si bien ha irrumpido desbordado todo cálculo de los entendidos, no ha encontrado a los seres humanos desnudos, sino arropados con lo que poseen.

No hay duda que, hasta el momento, el “quédate en casa” es la mejor medida de bioseguridad para reducir el riesgo de contagio; sin embargo, hay quienes no tienen ni un retazo de techo propio y seguro, tampoco recursos para provisionarse con una canasta alimentaria básica durante una cuarentena, sea esta rígida o flexible. Ciertamente, son los avatares del fenómeno de la pobreza que en Bolivia sigue siendo una realidad indiscutible, aunque en los últimos años hubo una reducción de la misma. Según los datos del Instituto Nacional de Estadística (INE), entre el 2015 al 2018, la pobreza extrema disminuyó un 23% y la pobreza moderada un 26%, habiendo una incidencia de pobreza nacional del 37% en 2018, a diferencia del 48% en 2011.

Estos datos ayudan a entender la encrucijada en la que muchas familias se han visto en el contexto de la pandemia, respecto a morir de hambre quedándose en casa o arriesgar y salir a ganarse el sustento diario; no se trata de una metáfora lastimera o un exabrupto “sedicioso”, sino una cruda realidad para ellas. Un ejemplo es el desenlace de la vida de Esther, niña de nueve años de edad, que fue asfixiada por su vecino, Zenón Manzaneda de 42 años, el domingo 5 de junio en la ciudad de El Alto, al parecer luego de ser ultrajada sexualmente por el asesino confeso y posibles cómplices.

Esther vivía con su madre y sus dos hermanos menores en una habitación de alquiler –en una casa en la que también Manzaneda era inquilino–. Su padre es una figura ausente, de él no se supo nada a través de los medios, no se lo vio en el velorio ni el entierro de su pequeña hija. Ante estas circunstancias, la madre es la única que ha asumido la responsabilidad del hogar en medio de sus carencias, dedicándose a la venta ambulante de futas para ganarse “el pan del día”, literalmente. De este modo es que la pandemia golpeó severamente en su sobrevivencia cotidiana, con las restricciones impuestas por la cuarentena y su impacto en la economía popular por “cuenta propia”.

Con del dolor de perder a su hija, esta joven mujer habló de su situación que se hizo más crítica en estos días del coronavirus: “He caminado de alquiler en alquiler, tal vez por ese motivo le ha pasado a mi hija eso. Yo soy mamá sola para llevar a mis hijas a vender, tampoco puedo por la pandemia, ¿entonces qué tengo que hacer?”. Así, ella es madre y padre para sus hijos, como se dice comúnmente; similar a tantas otras situadas en ese 34% de familias bolivianas, aproximadamente, que tienen como “jefa del hogar” a una mujer; porcentaje que según el INE se incrementa cada año, a la par del aumento de las familias monoparentales y de la pérdida de centralidad de la familia nuclear, con un varón como “jefe de hogar”.

La limitada política de bonos aplicado por el Estado central, durante la primera etapa de cuarentena, seguramente ayudó a la familia de la pequeña Esther a sobrellevar la situación al inicio; pero el escenario es otro a tres y cuatro meses de restricciones y sin ninguna otra medida seria, responsable y empática que ayude a aliviar la penuria de los hogares más pobres, sumado a la negligencia y rapiña en la gestión de la crisis sanitaria por parte del gobierno de facto, el cual ha optado por invocar la lógica del sálvese quien pueda.

En este contexto, aquel día fatídico, Esther se quedó en la habitación de alquiler al cuidado de su hermano de tres años, mientras su madre salió a vender con su bebé a cuestas. El asesino aprovechó su extrema vulnerabilidad para consumar su delito y abandonar su cuerpo sobre una acera, en pleno sol. Como normalmente no sucede de forma tan diligente, pronto el hombre fue capturado y condenado a 30 años de prisión sin derecho a indulto. La presidenta de facto, responsable de una masacre en la misma urbe que Esther habitó, no perdió la oportunidad para montar una escena de justiciera en torno al caso, comunicando burocráticamente: “No vamos permitir ningún tipo de violencia”.

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