octubre 24, 2020

Covid-19, sociedad de riesgo y estado de excepción


Por Carla Espósito Guevara-.


En 1986 Ulrich Beck concluye el libro denominado La sociedad del riesgo, calificado en su momento como apocalíptico, pero hoy en día, en vista de la realidad que el mundo enfrenta, afectada por riesgos como el cambio climático o pandemias globales como el coronavirus, puede considerárselo como premonitorio en la medida en que pudo prever los derroteros por los que la exacerbación de la modernidad nos conduciría.

El libro de Beck es un esfuerzo por comprender los contenidos del desarrollo histórico de la modernidad. Una de sus tesis es que la modernización disuelve los contornos de la sociedad industrial y de ahí surge otra figura social: la sociedad del riesgo, que califica como una fractura dentro de la modernidad. Una civilización que se pone en peligro a sí misma. Un salto hacia la irracionalidad que emerge como consecuencia de la propia racionalidad científica y técnica.

Beck ve que en la modernidad avanzada el crecimiento exponencial de las fuerzas productivas libera riesgos y potenciales de autoamenazas en una medida desconocida hasta el momento. Los riesgos climáticos, ecológicos, biológicos se democratizan en el mal sentido, es decir, no respetan fronteras nacionales y contienen una tendencia a la globalización, con lo cual surgen amenazas planetarias supranacionales que poseen una dinámica política nueva.
Para el autor, el proyecto de la sociedad del riesgo es la seguridad. La utopía de la seguridad crece con los riesgos, pero es negativa y defensiva. La frase que representa la sociedad del riesgo es: ¡Tengo miedo! y una sociedad del miedo no es una sociedad revolucionaria, sino más bien una sociedad defensiva.

Bajo las presiones del miedo, el estado de excepción amenaza con convertirse en el estado normal, en tanto se dibuja también un panorama de autoritarismo científico-burocrático y yo agregaría militarista, que tiende a minar el sistema político democrático apuntando a una tendencia autoritaria propia de un Estado del orden. De hecho ya no resulta raro hoy en día ver que los organismos internacionales, frente a los nuevos peligros desatados, legitimen un lenguaje en el que abundan expresiones como “control”, “seguridad mundial”, “supervisión global” y exijan cada vez más derechos de intervención en los Estados nacionales bajo las excusas de protección.

Lo propio está ocurriendo con la crisis sanitaria al interior de los Estados nacionales. El lenguaje marcial, de la vigilancia y los discursos sobre la seguridad están tendiendo a normalizarse a tal punto que no pocos sectores sociales legitiman intervenciones militares en áreas impensables un año atrás. Bolivia es un ejemplo de cómo se ha militarizado la salud pública a través de un estado de excepción de facto, que viene acompañado de desfiles militares, sirenas, bandas y tanques de guerra y suspensión de derechos.

Según el índice de riesgo de retroceso democrático, elaborado por el V-Democracy, que da seguimiento a las medidas aprobadas en el marco de la Covid-19, en el caso latinoamericano, sus primeros resultados señalan un alto riesgo de erosión de la democracia liberal en seis países: Bolivia, Brasil, El Salvador, Paraguay, Perú y Venezuela (Lührmann et al., 2020). Entre los aspectos que se analizan con este índice figuran las restricciones a la libertad de expresión; la ampliación del poder ejecutivo sin supervisión; la derogación de derechos ciudadanos; la adaptación de medidas discriminatorias hacia ciertos grupos; la arbitrariedad o los abusos de poder.

La crisis sanitaria mundial nos ha puesto de cara a una situación de riesgo que ya no pertenece a la ciencia ficción, sino al aquí y ahora, los desafíos son muchos, pero considero que uno de los más importantes consiste en luchar por evitar que la nueva situación de riesgo lleve al deterioro democrático, a la naturalización del autoritarismo, el abuso de poder y a la aceptación pasiva de los estados de excepción.


* Socióloga

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