septiembre 19, 2021

La colonialidad de la ruptura humano-naturaleza


Por Rafaela M. Molina Vargas-.


La sobreexplotación de recursos naturales, la deforestación, la degradación de los ecosistemas y la biodiversidad son algunas de las amenazas que enfrenta la naturaleza, dirían muchos. Sin embargo, parte fundamental del problema surge de las distintas visiones de nuestro lugar en el del mundo que se pueden asumir.

De hecho, a partir de la Revolución Industrial el mismo humo que producían las industrias se relacionaba al progreso, la contaminación no era un problema. “Solo con la aceptación social del concepto ‘problemas ecológicos’ la contaminación pudo ser vista como una consecuencia no deseada de la industrialización y el hacer moderno”. [1] Es decir, incluso desde su concepción, los problemas ecológicos se consideraban obstáculos para la industrialización. Esta visión, base del capitalismo y aún vigente, no solo demuestra una clara separación entre nuestra especie y el resto de la naturaleza, asumiéndola como explotadora, sino que también considera las consecuencias de esta explotación como un límite y perjuicio para el progreso.

Este desacoplamiento humano/naturaleza, o más bien la separación de lo humano y “no humano”, es parte de la concepción colonial del mundo, como lo planteaba Frantz Fanon, [2] el gran referente postcolonial. Justamente la visión occidental y colonizadora de un ser humano (tácitamente hombre y blanco) en control de todo lo no humano es lo que ha permitido la explotación desmedida e ilimitada de los ecosistemas y, además, de grupos humanos vulnerables.

Aquí es pertinente recordar que cuando la colonización llegó a nuestra América, el saqueo de los recursos naturales estuvo acoplado y sustentado en la explotación, masacre y, en muchos casos, exterminio de pueblos indígenas y esclavos traídos de otros continentes. Todo ello basado asimismo en la idea de que los indígenas y negros no podían ser considerados “humanos”, no poseían alma, por tanto podían ser explotados y asesinados. Los colonizadores, como únicos acreedores de “humanidad”, eran quienes tenían el derecho y poder sobre las vidas de los colonizados tanto como sobre los ecosistemas y recursos. Así, para nosotras/os, los habitantes de América Latina y del sur global, la visión que divide lo humano y lo no humano tiene connotaciones profundamente coloniales.

Esta arbitraria y marcada división del humano en control y dominio absoluto de lo no humano refleja aún la estructura colonialista del mundo impuesta a nuestros pueblos y culturas. Además, esta división es la base fundamental del sistema-mundo capitalista que se nutrió y consolidó a costa de las colonias y que continúa explotando ecosistemas, excolonias, indígenas, negros y mujeres, para obtener el máximo beneficio. Incluso cuando esta explotación es revestida de verde para convencer a los incautos de su evolución hacía una visión “amigable con el medio ambiente”, es solo una estrategia discursiva y mediática para pretender que se atiente la problemática, pero sin atacar las causas estructurales de la degradación ambiental.

Lamentablemente, una mayoría de las ONG, colectivos ambientalistas y funcionarios públicos en los diferentes niveles de gobierno, continúan reproduciendo estas lógicas que, junto con cargar visiones coloniales y capitalistas, son contraproducentes a la conservación de los ecosistemas y la biodiversidad, y a la justicia social.

Por todo lo mencionado, es fundamental empezar a conceptualizar desde la investigación al ser humano y los grupos sociales que forma, como parte integral e interdependiente de los sistemas naturales. Algunos autores han empezado a abordar esta integralidad como sistemas socio-ecológicos. [3] En el contexto boliviano, la mayor parte de las culturas andinas y amazónicas conciben a la naturaleza tanto como una entidad sagrada de diferentes formas y con distintos nombres, pero casi siempre asumiendo su vida en medio de dicha naturaleza, en lo productivo, en lo ritual y hasta en lo político. En estos sistemas socio-ecológicos o sistemas de vida complejos de los que somos parte, no hay esa separación forzada y jerárquica de lo humano y lo no humano. Es decir, nuestro bienestar colectivo no se contrapone a la conservación, la justicia social es parte inseparable de la justicia ecológica, porque nosotras/os también somos parte de la Madre Tierra.

El valorar y reasignar a estas visiones un espacio en el debate, en la investigación, e incorporarlas en el marco legal y en las políticas públicas no solo constituye un paso importante en el proceso de descolonización, sino que representa la posibilidad de plantear al mundo un nuevo horizonte contrapuesto al capitalista, que permita construir el camino hacia la sustentabilidad y la justicia ecológica.


1       Mendoza Prado, M. (1996). “Apuntes sobre la reflexividad en el movimiento ecologista”. Política y Sociedad, 23, 153-172.

2       Fanon, F. (2002). Les Damnés de la terre (1961). Paris: La Découverte.

3       Ostrom, E. (2009). “A general framework for analyzing sustainability of social-ecological systems”. Science, 325(5939), 419-422.

         Rivera-Ferre, M. G., Ortega-Cerdà, M., & Baumgärtner, J. (2013). “Rethinking study and management of agricultural systems for policy design”. Sustainability, 5(9), 3858-3875.

 

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