abril 23, 2021

Repensar una educación y una escuela para el siglo XXI

Por Rodolfo Burgos-.


En el contexto que nos encontramos actualmente, viéndonos enfrentados a una emergencia sanitaria mundial producto del Covid-19, constatamos que ha remecido de manera traumática los diversos aspectos de la vida social, tanto en lo humanitario, producto de sus muertes, como también por sus alcances, que van más allá de lo sanitario y desbordan esferas como la economía, la política y, por cierto, la educación.

Respecto al tema educativo, de manera repentina más de 170 países suspendieron sus clases en 2020 y mil 300 millones de estudiantes dejaron de asistir a la escuela, por miedo al contagio y sus consecuencias. Como esto se fue extendiendo en el tiempo y fue algo totalmente nuevo e inesperado, los diferentes equipos y comunidades educativas se tuvieron que adaptar a múltiples formas para entregar los aprendizajes a los estudiantes en los disímiles sectores del mundo y de nuestro continente.

En la medida que la pandemia cambiaba las conductas de las sociedades y las relaciones entre las personas, variaban igualmente las maneras de ver y entender la escuela y la educación propiamente tal.

Ya hace muchos años y décadas se venía escribiendo y hablando respecto a la crisis de la educación y de la escuela en el mundo, algunos planteaban que era de otra época, que fue útil en un tiempo pero con las niñas y niños de hoy no –decían otros–; los más radicales manifestaban el fin total de la escuela. Sin embargo, la escuela y educación son necesarias como espacios de socialización, de juego, de reencontrarse con el otro, y esto ha quedado de manifiesto en los meses de confinamiento ya que varios de los estudiantes “extrañan” la escuela, quizás no por sus lecciones ni guías –muchas veces aburridas–, sino más bien por los recreos, los amigos y la interacción.

Las comunidades educativas tuvieron que adaptarse de imprevisto e improvisar modos de enseñar los contenidos curriculares, en numerosas escuelas se intentó trasladar mediante plataformas tecnológicas las clases tradicionales de escuelas y liceos. Además, en un sinnúmero de lugares quedó patente la gran segmentación, segregación y desigualdad educacional, ya conocida en parte por estudios e informes internacionales.

Los equipos directivos se vieron inmovilizados en su capacidad creadora, ya que llevábamos varias décadas “cumpliendo” las directrices de manera dogmática a veces, tanto de los ministerios de Educación como de sus representantes. Instituciones que han demostrado la misma paralización de sus “expertos” (agencia de calidad, agencias técnicas) en tanto trazaron lineamientos y orientaciones que, conforme pasaban los meses, se iban modificando, generando niveles de estrés e incertidumbre en comunidades educativas.

Con todo, en periodos de crisis surgen propuestas, ideas prácticas, experiencias, grupos de docentes, con los cuales se va articulando el gérmen de poder repensar y discutir la necesidad de la escuela, la pertinencia de la educación así como está. Se multiplican en el continente americano los foros, las charlas, las conversaciones entre padres y docentes; entre la comunidad educativa se comienzan a crear nuevos vínculos fundamentales para el proceso educativo.

En efecto, la emergencia mundial ha permitido, en el aspecto educativo, iniciar el diálogo de cómo queremos la escuela y la educación del futuro. Cuál será el rol del docente, ¿será el de un “enseñador de contenidos” o el de un facilitador que desafié, problematice, oriente y desarrolle las mayores habilidades en los estudiantes? ¿Será el inicio de discutir la estandarización, la competencia, la descontextualización curricular que permite que los mismos de siempre logren “ser elegidos” para triunfar en estas sociedades competitivas?

La pandemia nos ha concedido el espacio para entender que la educación no es pasar unos currículos extensos y descontextualizados; o que se deban obligatoriamente dividir las asignaturas; ni que debe haber ocho horas de clases al día porque de no ser así las niñas y niños pierden y no serán “alguien” en la vida. La pandemia nos ha demostrado que se pueden nuclearizar, articular y reunir asignaturas; que la casa puede ser un laboratorio; que los padres, madres y apoderados pueden conocer e introducirse en el proceso educativo de su hija o hijo; que no es necesario el 100% de cobertura curricular; que no todo es importante y se puede flexibilizar el currículo.

Estamos recién comenzando, pero este camino ya se inició, conozco de muchos directivos y docentes que lo único que desean es que lleguen pronto las vacunas y que todo vuelva a la “normalidad”, sin embargo, están equivocados, ya nada será lo mismo, tanto en lo social como en lo educacional, y esperemos que lo que venga sea mejor.

Esta pandemia ha creado diversos e importantes desafíos en materia educativa: primero, la necesidad de mejoramiento en lo tecnológico, y no solo implementación, sino además alfabetización digital de todos los miembros de la comunidad educativa, pudiendo en el futuro próximo utilizar plataformas virtuales como Zoom, Clasroom, Meet, las redes sociales, app educativas, Kahoot, la gamificación, etcétera.

Como segundo desafío estará el cambio de paradigma educativo: ¿para qué enseño?; qué currículo es pertinente y si se contextualiza con mi territorio; ¿estaré desarrollando y potenciando las habilidades e intereses de todos los estudiantes? Para esto se necesitan equipos directivos que sean líderes creadores y articuladores de cambio, con liderazgos participativos y democráticos. Se precisarán docentes abandonando el dogma de pasar contenidos; creando contextos de aprendizajes; codocencia; utilización de metodologías activas (enseñanza basada en proyectos, desafíos, resolución de problemas, aprendizaje colaborativo, gamificación, entre otros).

Finalmente, repensar y reorientar el rol de las relaciones entre los actores de las comunidades educativas, en especial incorporando a padres, madres y apoderadas en el proceso educativo, sin miedo y con confianza, dándole asimismo a los estudiantes participación activa dentro de la escuela y en el proceso educativo. Además, será clave mejorar la relación con la ciudad, con sus autoridades e instituciones territoriales, que la escuela no esté cerrada al barrio, a las organizaciones, que no sea una burbuja, sino que sea el centro coordinador de cambio.

Si tomamos parte de estos elementos mencionados, la escuela y educación tradicional habrá quedado en el pasado y nacerá otra nueva para el siglo XXI, depende de todos nosotros y nosotras empujar para que esta se concrete más temprano que tarde.

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