marzo 7, 2021

Conciliar no es erradicar


Por América Maceda y Maya Verazaín -.


La sociedad nos ha enseñado a “no meter la cuchara en los problemas de pareja”, a escuchar a alguna hermana reproducir el discurso de: “me pega porque me quiere”, o algún familiar repetir: “tu marido es, tienes que aguantar”, sin contar las innumerables veces que hemos oído: “si te ha pegado, algo has tenido que hacer”. Y así, hemos vivido siglos sufriendo violencia, con miedo a que nos maten o, igual de grave, siendo testigos mudos de la violencia ejercida contra otras mujeres.

Durante la historia, las leyes creadas por el sistema han protegido a los hombres, sus privilegios y espacios de poder. No es por nada que la violencia hacia las mujeres ha sido tratada como una cuestión “privada” y desde esa privacidad se ha naturalizado, legitimado y reforzado con el objetivo de perpetuar la subordinación de las mujeres.

El pensamiento machista ha dividido el mundo privado familiar, la vida doméstica y el cuidado, del mundo público del mercado; lo privado fue designado a las mujeres y el mundo público a los hombres, por eso existió siempre una mayor participación del hombre en espacios de poder y liderazgo, limitando la participación de las mujeres y convirtiendo esos espacios públicos en el “lugar del hombre”.

Durante siglos las leyes han hecho eco de esa división e invisibilización, declarándose ausente en el espacio privado y rehusándose a intervenir en él. Por el contrario, el sistema utiliza un arma infalible para librar al hombre de sus responsabilidades y reafirmar la relación de poder que este tiene sobre la mujer. Cuando una mujer es violentada, luego de haber consumido bebidas alcohólicas, para la sociedad ella “debió cuidarse”, sin embargo, cuando un hombre violenta a una mujer bajo los efectos del alcohol, la sociedad lo toma como una disculpa: “estaba borracho, no sabía lo que hacía”.

La cupabilidad de la mujer es reforzada por los discursos que defiende el feminismo light neoliberal, con campañas que, desde su enfoque, naturalizan la opresión hacia las mujeres. Las campañas oenegeras que nos dicen que “somos nuestro primer amor”, y que si una mujer “tiene alta autoestima” y se “quiere lo suficiente” no vivirá ninguna situación de violencia, son cómplices de mantener las estructuras de opresión y violencia. Esos feminismos ignoran las relaciones de poder que se viven en nuestras sociedades producto del sistema patriarcal, refuerzan que la mujer es la culpable por tener una relación amorosa con un violento, o que una mujer víctima de feminicidio se buscó que la asesinaran por estar borracha, o que ante la Policía una situación de acoso sexual o violación nos cuestionen “qué ropa llevábamos puesta” y que debemos ser “señoritas y hacernos respetar desde el amor propio”. ¡Como si nos dejáramos pegar porque no nos queremos!

Mirar al patriarcado, ignorando las estructuras sociales de poder y dominación, nos lleva a repetir discursos vacíos, que no cuestionan las dinámicas sociales ni estructurales, y en nada ayuda a combatir la violencia contra las mujeres. Por además sabemos que la principal razón de los obstáculos en la lucha por la despatriarcalización, proviene de la lógica neoliberal que se apropia de nuestras luchas y las despolitiza, para beneficiarse a sí misma. Lo vimos con el movimiento feminista occidental y la despolitización del discurso desde el “autoestima” para luchar contra la violencia, hasta la apropiación del mercado mundial de las luchas por la defensa de nuestra Pachamama, con el capitalismo verde.

La Ley 348 para Garantizar a las Mujeres una Vida Libre de Violencia, es un logro de la lucha de las mujeres del pueblo, de nuestras abuelas, hermanas, compañeras y todas las mujeres bolivianas. Marcó la diferencia del Proceso de Cambio con las leyes neoliberales, rompió con la idea de que la violencia contra las mujeres es un hecho privado, y la definió como lo que es, un delito público, mostrando que “lo público” y “lo privado” no se encuentran fuera del alcance del Estado, y que, al contrario, significan la continuación de la vida de mujeres y hombres como un todo interdependiente.

Nos costó años de lucha y de construcción entender que el Estado debe combatir la violencia hacia las mujeres. Convertir la violencia antes conocida como “crímenes pasionales” en un delito de orden público, muestra que nos concierne a todas y todos erradicarla. Es impensable aceptar que se vuelva a legislar el país con el retroceso a la lógica neoliberal individualista, cuando lo que buscamos construir, el Vivir Bien, se logra en comunidad.

En los últimos días, se generó una gran reacción y polémica por las desacertadas declaraciones del Ministro de Justicia respecto a la posibilidad de que las mujeres víctimas puedan conciliar con sus agresores e ir por la vía familiar o la vía penal. Y, con toda razón, mujeres de toda Bolivia se pronunciaron al respecto, preocupadas por semejantes propuestas. Creemos que una autoridad de gobierno, en su calidad de servidor público, debe abstenerse de verter criterios personales que van en contra y en desmedro de los grandes avances y logros que hemos hecho como país.

Efectivamente, el Estado no debería ser tutor o dueño de la vida, soberanía y la decisión de las mujeres, en eso coincidimos con el señor Lima, esa es una lucha en la que nosotras no vamos a claudicar y que nos lleva a debatir sobre la autonomía de nuestros cuerpos, el derecho a decidir y la despenalización de nuestras decisiones. Pero, cabe a todas y todos entender que existe una diferencia entre ser “tutor” y ser “garante”, y el Estado tiene la obligación de garantizar nuestros derechos.

Estamos en un momento en que la Ley 348 debe tener algunos ajustes, modificaciones que deben ser debatidas con la sociedad. Hoy en día el sistema judicial es lento, caro, poco efectivo y obliga a las mujeres a pasar un peregrinaje abusivo en busca de justicia, por tanto se deben proponer reformas al sistema judicial, sí, pero de ninguna manera se debe retornar a la “vía familiar”.

En un sistema de opresiones patriarcales, donde nuestras decisiones no son aisladas del entorno social y siempre son sometidas a todo tipo de presiones, a riesgo de vida y bajo amenazas, que nos den la “opción de conciliar” es más parecido a una sentencia de muerte que a un real acceso a la justicia en sí. Es volver a la época neoliberal, donde las mujeres en situación de violencia se veían obligadas a “solucionar” sus problemas en el ámbito privado con su agresor, quedando expuestas a ser violentadas e incluso asesinadas por sus parejas.

La violencia hacia las mujeres es estructural al sistema patriarcal, es un problema social que nos afecta a todas y todos como sociedad, por tanto es un mal que debemos erradicar y no negociar ni conciliar.


* Feministas Comunitarias

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