octubre 20, 2021

Epifanía del reencuentro

Por Homero Carvalho Oliva-.


¿Quién es?

No es nadie, solo soy yo.

Durante los meses de encierro obligatorio o de “aislamiento social preventivo y obligatorio”, como eufemísticamente lo han llamado algunos organismos internacionales, recordé a mi maestro Homero, el griego, quien abrió la puerta de la literatura cuando dijo algo así como que “los dioses traman desgracias para que los hombres tengan algo que contar”, y los escritores que trabajamos en soledad tuvimos mucho que contar durante la cuarentena, aunque algunos también se bloquearon por la angustia.

Voy a cumplir 64 años y, cuando se viralizó la pandemia, el tema de los riesgos por la edad me golpeó con fuerza porque estoy en la franja de mayor riesgo para el contagio, con mayor razón si tomamos en cuenta que hace un año un infarto agudo al miocardio hizo que me den un pase a la sala de preembarque, en la que me quedé esperando un vuelo con rumbo desconocido que, por suerte para mí, se canceló; sin embargo, sé que el vuelo está pendiente.
El Libro del camino

En la década de los 80 leí el Tao Te Ching, libro escrito por el filósofo chino Lao Tse, hace como 2,500 años; no le presté atención porque estaba sumergido en el mundo de las apariencias y me sentía vacío. En esa época, reconozco que lo digo con cierta nostalgia, bajo el influjo de una delirante bohemia, erré por la noche pensando que podía salir indemne de ella. Nadie sale ileso de la oscuridad y mi alma lleva las cicatrices de esas pesadumbres. Fue entonces que volví al Tao buscando encontrarme y comprendí que no hay camino más largo y difícil que hacia uno mismo; porque no hay cartografía que te guíe, la poesía se convirtió en mi brújula. En las páginas del Tao descubrí infinita sabiduría que me inspiró a escribir Diario de los caminos, un intento de hallarme en las palabras, en los poemas, en cuyas páginas señalo que toda partida nace del silencio.

En el pasado, el vacío se había apoderado de mi interior. El vacío que yo sentía estaba ensombrecido con el hedonismo, por eso busqué el silencio, el mayor de los vacíos, para definir el contenido que habría de llenarlo. Lo fui preñando con mi familia, la literatura y la sociedad. Para armonizar mi espíritu me alejé de los supuestos amigos y de las cosas inútiles. Tao, también puede traducirse como la “Conciencia primordial o el Creador”. Uno de los poemas dice: “Quien conoce a los hombres es inteligente. / Quien se conoce a sí mismo es iluminado. / Quien vence a los otros posee fuerza. / Quien se vence a sí mismo es aún más fuerte”.

La epifanía

Un día desperté de madrugada, creo que era la hora del conticinio, esa hora en la que todo está en silencio y hasta los perros de la cuadra dormían; salí de mi dormitorio y recorrí la casa como si fuera la primera vez que lo hacía, fui hasta al patio y la miré desde allí, era pequeña y acogedora; luego fui a la puerta y acaricié la madera, ingresé a mi hogar y rocé los muebles con mis manos desnudas, suavemente; exploré los cuartos como si fuera una visita, fui descubriendo los portarretratos y álbumes con las fotografías de la familia y los amigos, todos estaban radiantes de vida en las imágenes; recordé las historias de cada uno de los adornos de la Amada; hice un inventario de quienes nos obsequiaron las pinturas que visten las paredes de colores, paisajes y rostros; pasé mis dedos por los lomos de los libros y abrí algunos de ellos, me sorprendí leyendo las hermosas dedicatorias que los amigos escritores habían estampado en sus páginas, algunos de esos libros ni siquiera recordaba tenerlos; entre los altos anaqueles de mi biblioteca vi que se dibujaban senderos en los que yo, ávido lector, busqué los caminos del Quijote y los mares de Odiseo, de pronto un poemario abrió sus hojas y voló alrededor mío, más allá las enciclopedias pasaron en tropel estremeciendo la sala y los diccionarios, vistosos como papagayos, repetían nombres y definiciones; los caminos, como los libros, deben ser encontrados primero para luego dejar que ellos nos encuentren a nosotros y ser andados sin prisa, hoja por hoja, paso a paso, descifrando y poseyendo cada palabra sin apurar el final; en cada uno de los objetos fui redescubriendo mi hogar, mis recuerdos estaban en cada rincón, en cada mueble estaba mi vida, la mía y la de mi familia, incluidos nuestros perros y gatos. Vi mi hogar desde mi interior y se me reveló que los recuerdos que se transmutan en lugares y cosas tienen un valor que no se mide por lo que contienen, sino por lo que significan.

De pronto tuve una revelación, la poesía seduce a los fantasmas de las palabras y los revela en una indiscreta epifanía, la poesía resucita cuando te alejas de la realidad/real/cotidiana y dejas que surja en ti el tiempo mítico con el que naciste, y el sueño de la siesta de esa tarde se hizo evidente y la voz de la chamana movima, que me hizo nacer de nuevo en el vientre de un animal, se escuchó nítida en mi piel, que es lo profundo del cuerpo, la frontera con el alma, me dijo: “tienes que ir completando tu viaje despojándote de todos los reconocimientos, premios y distinciones que has recibido en tu vida, eso es una carga muy pesada para tu viaje cósmico”, y así lo hice, busqué un cajón, el más grande, y fui metiendo en su interior, estatuillas, trofeos, pergaminos, diplomas y premios; los había de todos los tamaños y formas, en diversos materiales, ya sean plásticos, madera, bronce, mármol y vidrio; mientras lo hacía hice un repaso de mis actividades culturales y de la bondad de la gente e instituciones que me los otorgaron: pese al tiempo y la distancia les agradecí nuevamente a cada uno de ellos porque, en su momento, significaron mucho para mí, levantaron mi autoestima; luego les expliqué en voz alta, como si estuviera hablando solo, como un loco frente a sí mismo, que había llegado la hora de guardarlos y de olvidarse de ellos, que ya habían cumplido su misión conmigo y que mi espíritu necesitaba liberarse de esa carga que encadenaba mi ego con la vanidad. Reconocí que era un paso más en mi lucha por liberarme de las ataduras de la egolatría, lucha que me ha hecho abandonar muchas actividades de la farándula cultural y literaria para tener más tiempo para mí mismo y para los seres que amo y me aman, como los que están leyendo en estas circunstancias tan especiales que, pese a la distancia que debemos guardar por el riesgo del contagio, nunca habíamos estado tan cerca de nuestra humanidad, de nuestro espíritu solidario. Los humanos somos seres contradictorios, el virus nos alejó, nos hizo tomar distancia de los cuerpos, de la calle, del trabajo, de los espacios públicos para mostrarnos tal cual somos; a veces, necesitamos tomar distancia para vernos de cuerpo entero; esa distancia paradójicamente nos hizo sentir que solamente unidos podremos sobrevivir como especie. Tomar distancia para unirnos de nuevo. Tal vez sea un mensaje de la Madre Tierra y de la Divinidad.

El reencuentro

La soledad me hizo pensar en mí mismo, tanto como uno como el otro; sé que después de la pandemia el mundo no será el mismo, de nosotros depende el rumbo que tome: la indiferencia o la solidaridad, el autoritarismo o la libertar. En mi caso, puedo decir que no me sentaré en la puerta de mi casa a ver pasar el cadáver de mi vecino, ni siquiera el de mi enemigo; puedo asegurarles que seguiré el ejemplo de mi Tíamadre Hermancia, hermana de mi abuelo Leónidas, y como ella me sentaré en una mecedora de mimbre a saludar a los vecinos y a esperar que pase algún viajero para que me cuente cómo es su gente, cómo son sus montañas y ríos, y verlo sonreír cuando le pregunte por la mujer o el hombre que ama.


* Escritor y poeta, Premio Nacional de Novela.

1 comentario en Epifanía del reencuentro

  1. Honestidad hecha poesía. Amigo, eres grande al desnudar tu alma. Sobrevivirás por la autenticidad del dolor convertido en lágrima de ángel caído y redimido por sí mismo. Un abrazo conmovido

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