septiembre 20, 2021

No son psicópatas, son producto del patriarcado


Por Maya Verazain y América Maceda-.


La figura del feminicidio, como tipo penal, es reconocida en la Ley 348, como “la acción de extrema violencia que viola el derecho fundamental a la vida y causa la muerte de la mujer por el hecho de serlo”. Es decir, que nos matan por ser mujeres. Según datos oficiales, se han contado 32 feminicidios en lo que va del año.

La violencia hacia las mujeres es estructural al sistema patriarcal, se da en todos los ámbitos de la vida, y el feminicidio es la forma más extrema de opresión hacia las mujeres. Tiene como herramientas el machismo, las relaciones de propiedad privada y de poder que se ejercen sobre nuestros cuerpos.

Los feminicidios, la violencia, la opresión, los casos de violencia intrafamiliar y en las relaciones de pareja, no son casos aislados, no estamos hablando de la típica explicación psicológica sobre psicópatas, ya que estas lecturas de las situaciones de violencia y opresión terminan muchas veces cayendo en dos errores: primero, la culpabilización de la víctima; y segundo, la invisibilización de que la violencia y opresión hacia las mujeres es resultado de los efectos del sistema patriarcal, que además se reproduce por medio de la comunicación, la educación, las prácticas sociales y la naturalización de las violencia.

Muchas veces, cuando una mujer se anima a denunciar la violencia que ha sufrido se encuentra con un policía o funcionario público de los Servicios Legales Integrales Municipales que le pregunta: “¿Qué habrás hecho tú para que tu pareja te pegue?”, “¿estabas borracha cuando tuviste relaciones con él?”. Nos invaden los sentimientos de impotencia al tratar de justificar que no importa cómo estábamos vestidas o cuánto habíamos tomado, pues, en una situación así, ningún hombre tiene derecho sobre nuestros cuerpos; pero igual se justifica el accionar del hombre, culpabilizando a la mujer.

El mismo papel cumplen los medios de comunicación. Generalmente y apelando al morbo de su audiencia cuentan que “el hombre, había encontrado a su mujer con otro, inmediatamente lo consumió la ira y apuñaló 100 veces”. Si tomamos por ejemplo el último caso de feminicidio, muy mediatizado, podemos encontrar claramente estos elementos. Marcelino Martinez apuñaló a su expareja Wilma, lo hizo a plena luz del día, en un espacio público y bastante transitado, como lo es un supermercado. Las redes sociales y los medios de comunicación se plagaron de una fotografía del feminicida con la polera ensangrentada y con un derrame en el ojo izquierdo, una imagen hollywoodense de algún personaje extraído de una película de terror, donde el psicópata persigue a toda su familia con un hacha por la casa ya sea poseído por “el Diablo” o simplemente porque “perdió la cabeza”. Una imagen terrorífica de un hombre violento que, según el nivel de morbo y encubrimiento casi imperceptible del machismo de algunos medios de comunicación, contaban que no había superado la ruptura, y hasta que Wilma ya estaba con otro. ¡Cómo si no tuviéramos derecho a decir que No o rehacer nuestras vidas!

Es contraproducente pensar que son “locos” o “psicópatas”, estos hechos de feminicidio, estos delitos públicos, son producto del sistema patriarcal, es la forma en cómo el sistema, a través de sus cómplices e incluso sus operadores, adiestra y escarmienta a las mujeres. Es el producto de la concreción de las relaciones de dominio, control y opresión sobre la vida misma de las mujeres, hasta el extremo de llegar a matarlas por el solo hecho de ser mujer.

No importa cuál sea la historia, siempre nos ven como las “locas” que no supieron “identificar” a un psicópata o, por el contrario, que el hombre era tan bueno con las otras personas que sería incapaz de hacer algo malo, y es donde entran en cuestión esos perfiles, porque para muchas y muchos es difícil creer que su hermano, amigo, familiar, es un violador, un feminicida o un violento. Porque entramos en la dicotomía y juego del sistema, donde el hombre tiene que ser ese personaje psicópata, que se le nota hasta en los ojos, como para “identificarlo”; nadie ve, por ejemplo, a su hijo reflejado en la foto de Marcelino.

Sin embargo, acabó con la vida de su expareja, puso a la sociedad a juzgar si la víctima “se lo merecía o no”. Por eso, es importante identificar que el patriarcado es el culpable de la opresión, la violencia y de su más extrema expresión, el feminicidio. No es que todos los hombres están locos, tampoco son psicópatas, no están poseídos ni perdieron la cabeza. El problema es que el sistema durante la historia les enseñó que son dueños de nosotras, de nuestros cuerpos y nuestras decisiones. Les enseñó que mientras más culpabilizan a las mujeres y más las menosprecian, serán más absueltos por sus acciones.

Existe una sensación un poco generalizada de que estamos en peligro constante, ya ni podemos ir al ginecólogo sin correr algún riesgo de ser ultrajadas. Lo peor de todo es que, con el paso del tiempo y la visibilización y denuncia de las mujeres, la violencia hacia nosotras y la saña de los feminicidios aumenta, ya no nos matan con una acuchillada, nos apuñalan cientos de veces, nos mutilan, nos calcinan y hasta nos violan muertas. El problema es que el sistema ya no soporta ver que no callamos y mucho menos que le digamos que No; al patriarcado le desespera saber que ya no tiene el control sobre nosotras y sobre nuestros cuerpos.

A todo esto, nos preguntamos: ¿Dónde estaba la Policía? ¿Dónde está el Estado? La respuesta es simple, los administradores de Justicia, policías y jueces, son parte de esa sociedad patriarcal, nacieron y crecieron en esta sociedad machista y, por ende, reproducen las opresiones. ¿De qué sirve que tengamos una Ley 348 si después de una denuncia por violencia debemos seguir viviendo con nuestro agresor o, posterior a una sentencia judicial de 30 años, le dan a un feminicida detención domiciliaria?

La despatriarcalización del Estado y la sociedad es el único camino para romper con la impunidad y, sobre todo, para acabar con las causas que llevan a los hombres a matarnos. También pensar en la sociedad con nuestra utopía de comunidad y cuidar a nuestras hermanas, cuidarnos entre nosotras, organizarnos en los barrios para protegernos, para denunciar y acompañarnos. El Estado nos puede dar leyes pero si no despatriarcalizamos la sociedad no sirve de nada, pues los administradores de justicia seguirán culpándonos y la sociedad juzgándonos por la violencia estructural que el mismo sistema ejerce sobre nuestros cuerpos y posteriormente sobre el resto de la sociedad.


  • Feministas Comunitarias del Abya Yala.

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