octubre 18, 2021

Madre Tierra y alimento: que no se nos olvide la agrobiodiversidad

Por Carlos Vacaflores-.


Tal vez ahora la papa runa, o las tantas otras variedades que redescubrimos en las ciudades, regresaron al anonimato, pero luego de un notable, aunque breve, momento de 2020, cuando la pandemia se encargó de recordarnos tantas cosas que las dábamos por apagadas, como que la genérica “papa” había sido en realidad “muchas papas”, y así como las papas todas las verduras y frutas que usamos en nuestro diario comer.

Y es que la pandemia trajo consigo no solo estadísticas de letalidad del Covid-19, sino también la capacidad de mostrarnos la forma en que enfrentamos las crisis y, más interesante aún, el modo en que realmente funcionamos como sociedad y como estatalidad. La crueldad mostrada por autoridades públicas para imaginar medidas extremas de coerción social, en aras de contener la expansión del virus, contrastan con el surgimiento y articulación social para tejer solidaridades y tejidos comunitarios, especialmente en el campo del abastecimiento alimentario.

La cuarentena aplicada por las autoridades en todo nivel, por vez primera en la historia reciente del país y quien sabe del mundo, pudo interrumpir por un breve instante el flujo de personas y productos en la escala global, regional e incluso local, lo que se pudo sentir con particular sensibilidad en el sistema de abastecimiento alimentario.

De repente, y sin mediar ni media advertencia previa, nos encontramos ante un enorme problema de acceso a los alimentos, por numerosas razones y de varias maneras, el caso es que de pronto las familias nos topamos ante una inédita situación de extrema dificultad para lograr abastecernos de los insumos alimentarios, y allí nos confrontamos con la necesidad imperiosa de redescubrir formas de acceso alimentario que aparentemente habían sido desplazadas y superadas por otras “modernas” de acceso y abastecimiento alimentario.

Así, con la urgencia de la situación, redescubrimos formas de abastecimiento alimentario basadas en la cercanía geográfica y la solidaridad económica, que habían estado invisibilizadas y fragmentadas en nuestra cotidiana modernidad, y cuya rearticulación fue crucial para garantizar, en última instancia, la sobrevivencia de las familias ante la indolente cuarentena.

Casi simultáneamente, y de forma totalmente fluida, las familias empezaron a redescubrir el conocimiento alimentario de los abuelos, cuya principal característica era el exquisito manejo de la diversidad de productos alimentarios que nos brindan nuestros sistemas productivos locales, y ahí comenzamos, ahora sí, a descubrir que ese conocimiento aún había estado entre nosotros, aunque fragmentado y en franco proceso de perderse, no solo en las familias urbanas –pero principalmente en estas– ya que es en las ciudades donde el avance de una cultura alimentaria “moderna” ha causado mayores desastres.

La pandemia tuvo la “virtud” de obligarnos a pensar en serio sobre las condiciones de nuestra salud en general, ya que el virus se ensaña con personas afectadas con las famosas “enfermedades de base” que, averiguadas las cosas, resulta que no son más que los desórdenes en nuestro metabolismo biológico y emocional, causados fundamentalmente por el sistema agroalimentario y estilo de vida modernos, así que la gente empezó a hurgar entre los recuerdos y viejas cocineras sobre cómo cocinar saludablemente, a averiguar las propiedades nutricionales de los productos frescos que empezaron a estar disponibles a todo el pueblo, a discutir sobre lo que comíamos y lo que deberíamos comer, a diferenciar entre variedades del mismo producto, sobre sus usos gastronómicos específicos, sobre su origen bioclimático, sobre la geografía de espacio alimentario de nuestra ciudad, de nuestra localidad, en fin, un redescubrimiento de la propia memoria alimentaria.

Allí es cuando esta senda de redescubrimientos nos llevó a visitar lugares periféricos de las visiones modernas del desarrollo y se pudo revalorizar la crucial importancia de la diversidad agrícola como un fundamento civilizatorio, sin la cual no sería posible el establecimiento y desarrollo de los grupos humanos en la heterogénea diversidad ecológica y ambiental del planeta, y más aún, que la diversidad agrícola es mucho más que solo una colección de especies, razas y variedades de plantas y animales manejadas en los sistemas productivos, sino que esta diversidad agrícola, que se puede denominar agrobiodiversidad, incluye todo el complejo de conocimientos, prácticas, estructuras, objetos, creencias, entre otros, que hacen posible que esa diversidad haya sido, primero, construida por los grupos humanos en todo el orbe y, segundo, que sea posible mantenerla y ampliarla para pasar a las futuras generaciones.

Durante esas semanas de enorme creatividad social para reconstituir los circuitos cortos de abastecimiento alimentario y las redes de solidaridad comunitaria, también pudimos percatarnos con perplejidad que la política pública y las acciones del llamado “desarrollo” no necesariamente apuntan a promover el bienestar de la población de un país, un departamento o un municipio, ya que toda esta agrobiodiversidad que nos salvó la vida no fue objeto de apoyo de la política pública moderna, al contrario, su sobrevivencia hasta nuestros días se debe a esfuerzos de la población prácticamente al margen de la política pública, salvo anecdóticas excepciones.

Ahora, tras un periodo de adaptación al nuevo virus, la sociedad busca formas de restablecimiento de una normalidad perdida hace un año atrás, y entre la infinidad de cosas que se buscan reencausar está la restauración del sistema agroalimentario en los términos en que había sido configurado previo a la pandemia, es decir, la reposición de una falsa sensación de seguridad alimentaria bajo los parámetros de un sistema agroalimentario divorciado de los procesos ecológicos, huérfano de una Madre Tierra. Sin duda la crisis alimentaria y de salud nos evidencia que un desafío ineludible de este tiempo es la restitución de un sistema agroalimentario en los marcos de una relación respetuosa con la Madre Tierra, y para eso el Estado debe profundizar su compromiso ético y político para con su propio territorio y con su población.


  • Miembro del Grupo de Trabajo de Estudios Críticos del Desarrollo de Clacso.

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