junio 20, 2021

¡Carlos, Carlos, cuánto te amo!

Por Paquita Armas Fonseca-.


“El 14 de marzo [1], a las tres menos cuarto de la tarde, dejó de pensar el más grande pensador viviente. Apenas le habíamos dejado solo dos minutos, cuando al volver le encontramos serenamente dormido en su sillón, pero para siempre” (…). La voz del General inundó, con su perfecto inglés, el cementerio londinense de Highgate.

Un grupo de amigos se daba cita alrededor de la modesta tumba: sesenta y cuatro años, diez meses, ocho días y trece horas antes de cerrar los ojos, el 5 de mayo de 1818, a las dos de la madrugada en Tréveris, desgarró el aire con el primer grito vital. Su madre, Enriqueta Pressburg, descansó de los fuertes dolores de parto que la torturaban desde unas cuantas horas atrás. Afuera, Hirschel se apretaba las manos y daba pasos agitados por el nerviosismo. Más que el alumbramiento, anhelaba conocer el sexo de su segundo vástago. Quería un varón, un varón abogado que heredara su cargo y posición.

Al día siguiente, madre y padre compartían el asombro por la abundante cabellera negra del recién nacido. Entonces ninguno de ellos podía sospechar que años después aquel bebé gritón devendría, a causa de su melena y barba negras, el Moro. Mucho menos podían suponer que sería el hombre más amado y odiado del planeta. Pero, en 1818 solo era el chiquilín predilecto de la casa. Al papá lo embobecía, y a la mamá le hacía recordar su holandés natal cuando de vez en vez armaba las perretas.

Mientras, el río Mosela lamía a Tréveris. Las suaves colinas que la rodeaban estaban sembradas de viñedos. Todavía conservaba –y conserva– algunos monumentos de la época del dominio romano: el anfiteatro, la basílica y los indispensables baños. Durante los años 260-399 en el área estuvo enclavada la residencia del emperador, y de su nombre, Augusta Treverorum, se derivó el de la ciudad.

En esa zona del Rin, en Alemania, al principio en Brückengasse 644, donde nació y vivió el primer año, después en Simeonsgasse 1070, pasó Carlos Marx su infancia y adolescencia. No fue un niño tranquilo; jugaba incansablemente con sus hermanas, hacía travesuras por las que el padre numerosas veces tenía que responder, estremecía las paredes con su risa estruendosa, caminaba por la ciudad hacia las colinas; disfrutaba andar, el único ejercicio sistemático que practicó. Su imaginación volaba y adormecía a sus hermanas con la invención de cuentos, algunas veces les metía miedo, otras les hacía reír.

Sus padres, ambos judíos, se convirtieron al cristianismo en 1824. Para Hirschel no existía otro camino que el de renunciar a su religión de origen para así ejercer como abogado y matricular a sus hijos en los diferentes niveles de enseñanza. Fue entonces que a los seis años Carlos escuchó el nuevo nombre del padre: Enrique.

El cambio de fe, por lo menos para el viejo, no resultó traumático porque en realidad era ateo. Precisamente a Enrique le debió Carlos su iniciación, desde muy joven, en la lectura de filósofos como Hegel y Kant.

Las andanzas del consentido, en oportunidades acompañado de su hermana Sofía, lo llevaban por la calle Simeonsgasse hasta una plazoleta, frente a la preparatoria. Allí convergían varias vías; en una de ellas, Neugasse, en el número 389, cerca de tres cuadras hacia arriba, vivía la familia Westfalia. Hasta esa casa a veces llegaban los dos hermanos. Sofía era amiga de Jenny, y Carlos de Edgar, su compañero de estudios. Viendo aquellos encuentros nadie osaría imaginar que, lentamente, se estaba incubando un amor que, pasado siglo y medio, aún despierta admiración.

Luis de Westfalia, el padre de Jenny, era hijo de Felipe de Westfalia –un notable guerrero, secretario particular del duque Fernando de Brunswick– que se destacó en la Guerra de los Siete Años en contra de Luis XV y por sus méritos llegó a convertirse en generalísimo del duque. Aceptó un título nobiliario para casarse con una dama escocesa, Jane Wishart, de rancio abolengo, emparentada con los nobles de Argyll y Campbell de Orhard, el primero decapitado por oponerse a Jacobo II, y el segundo, quemado en la hoguera por orden de Carlos I.

Carlos Enrique Marx, en sus tardes libres, sentado en un butacón, disfrutaba los recitales de Luis, capaz de decir de memoria, en griego o alemán, los cantos de Homero, de igual forma que en inglés o alemán declamaba la mayor parte de los dramas de Shakespeare.

Durante toda su vida Marx conservó un grato recuerdo de quien sería su suegro. A él dedicó su tesis doctoral. Todo sucedía como en los cuentos de hadas ya que los medios hermanos varones de Jenny, especialmente Fernando, no aceptaban de buena gana ni la nueva familia formada por Luis, ni la amistad con jóvenes que no tuvieran su mismo rango social. Mientras que en Edgar, Carlos encontró un auténtico hermano, quien incluso compartió sus ideas políticas antes de comenzar a recorrer el mundo.

En la escuela, donde cursaba el bachillerato, Carlos y Edgar se sentaban juntos. Adoraban a su profesor de alemán, Wittenbach, el exdirector del instituto que fue sustituido por formar un club jacobino en Tréveris. Con Wittenbach los alumnos podían conversar de cualquier tema, lo más divino, o lo más humano. Loers, el profesor de latín, delator de oficio, ocupaba el cargo de director. Los estudiantes lo odiaban. El mal maestro, ante la menor sospecha, depositaba en el altar del poder la denuncia vil contra un alumno o sus padres.

Un día del verano de 1835, la casa de Simeonsgasse 1070 amaneció agitada. La sirvienta corría de un lado a otro, Enriqueta preparaba diversos platos. Enrique se movía inquieto y Carlos, la causa del revuelo, tranquilamente desayunaba. Recogió los libros y marchó a la escuela. Cuando Loers entró todos los jóvenes estaban en sus asientos. Sin sus habituales sermones educativos escribió en la pizarra la temática del trabajo final: “Reflexiones de un joven sobre la elección de una carrera”.

Wittenbach sintió que sus viejos ojos se empañaban, leía el trabajo de uno de los más talentosos alumnos, el ya bachiller Carlos Marx. Al maestro le parecía verse reflejado en las líneas, y tal vez intuyó que aquel joven testarudo sería consecuente con lo que escribía:

“Si hemos elegido la profesión en la que mejor podemos servir a la humanidad, no nos podrán doblegar las cargas, ya que solo son sacrificios comunes; por tanto, no disfrutaremos de alegrías pobres, limitadas, egoístas, sino nuestra felicidad pertenecerá a millones, nuestras obras vivirán silenciosamente, pero para siempre, y nuestras cenizas serán bañadas con lágrimas ardientes de hombres íntegros.”


* Periodista y escritora.


1 Este texto es un extracto del primer capítulo del libro Moro: el gran aguafiestas (Intiedit, 2021).

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