septiembre 26, 2021

La sentencia de Kuntur Mallku para los antiguos Kallawaya, un cuento etnográfico

Por Sonia Victoria Avilés * -.


Esta crónica está inspirada en una recopilación de historia oral que realicé con el entonces bibliotecario del Museo Tiwanaku de La Paz, Félix Urquidi, quien siguió de cerca esta vivencia en su comunidad de origen cuando era tan solo un niño en los años 20 del pasado siglo. De tal suerte, este es un pequeño homenaje a quien me enseñó tanto sobre los Andes.

La historia inicia con el matrimonio de una joven y un aspirante a médico Kallawaya [1] en la localidad quechua de Curva [2]. La pareja hace un voto de fidelidad, cuya rotura se paga con la pena de muerte.

—ollo—

El estudiante parte hacia las altas montañas nevadas, para luego dirigirse a fértiles valles y finalmente adentrarse en la selva amazónica, en un viaje que durará siete años. Será un tiempo de aprendizaje, de encuentro con maestros y otros discípulos, de recolección de plantas, animales, minerales y sobre todo de saberes: supervivencia, hospitalidad, egoísmo, aceptación y rechazo, algunas de las tantas experiencias que acumulará hasta su retorno.

El joven lleva consigo una bolsa de colores tejida con lana de camélido, que en su interior contiene hojas de coca –al masticarlas obtendrá fortaleza–, harinas o pitos de variados cereales, panes de quinua, maíz y papas deshidratadas o ch’uño; pequeñas bolsitas de colores para recolectar muestras, un cuchillo esencial tallado en piedra fina para realizar infinidad de trabajos y en torno al cuello un amuleto que le recuerda a su esposa: la mitad femenina de un ser tallado en piedra –ella lleva la otra mitad masculina del mismo ser, por ahora incompleto–.

Durante los años de espera, la esposa realizará diversas tareas, entre ellas el estudio de variados productos medicinales, así como la agricultura de especies propias y de aquellas traídas de lejanos lugares, a las cuales se esmera en cuidar con especial tratamiento pues provienen de climas y ambientes distintos.

La mujer de nuestra historia es particularmente fuerte y sabia. No es el tipo de persona que cree en los grandilocuentes discursos, sino en los hechos. Su confianza en sí misma y en las leyes de la naturaleza es desconcertante. Ha conquistado a la gente con su vocación de médica durante años de constante práctica. Espera ansiosa a su esposo para contarle cuánto ha aprendido en esta etapa. Para ella los años parecen haberse detenido y el tiempo no pasa.

Una mañana muy temprano decidió visitar los baños termales de Charazani. Viajó a través de un maravilloso camino pavimentado con grandes piedras planas, que entre pastizales y terrazas de cultivo se extiende en las laderas de una accidentada topografía. Luego de varias horas de caminata pudo ver y sentir las corrientes de agua caliente y el vapor que humedece el aire. Corrió y sin pensarlo se adentró en las aguas tibias, se desnudó, lavó sus ropas y descansó. El lugar era prácticamente desconocido, tratándose de un segmento de flujo termal que desemboca en una gran gruta semisubterránea. Era el lugar íntimo de ella y su esposo, él se lo había enseñado cuando eran solo unos niños, desde entonces, siempre que su trabajo se lo permitía escapaba a esta gruta para inspirarse y recordar a su compañero.

Sin embargo, esta vez no estaba sola, alguien la observaba escondido al ingreso de la galería. Un viejo brujo, de quien se decía estaba dedicado a la magia negra, había pretendido casarse con la joven años atrás. Aunque nunca hubo pruebas concretas de sus prácticas malignas, los padres lo rechazaron, pues respetaban la voluntad de la hija ya prometida al joven aspirante a Kallawaya. El nigromante nunca olvidó este hecho y lo tomó como una ofensa. Retirado en las montañas como era su hábito, no supieron más de él. Después de tantos años, estaba allí, para cobrar su venganza.

Apenas notó que había alguien más, la joven salió rápidamente de las aguas y corrió a refugiarse en uno de los recovecos de la cueva. El hombre intentó atraparla y siendo muy accidentado el lugar, cayó en las aguas haciéndose un gran daño debido al impacto de su espalda en una de las rocas. Segura de que este lograría salir sin problemas, tomó sus vestidos y huyó.

Al llegar a su comunidad, encontró que la gente la rodeaba intimidante. En medio de miradas de desaprobación entró en casa. ¿Qué estaba sucediendo? El comportamiento del pueblo no era normal. ¿Tenía que ver con los hechos sucedidos en la gruta? ¿Estaba involucrado su antiguo pretendiente? Decidió esperar en completa calma. Mientras remendaba sus ropas, tocaron a la puerta. Los esperaba resuelta, ahora todas sus preguntas serían respondidas.

La situación se tornaba muy difícil, no obstante, estaba preparada. En la plaza principal, ocupando el banquillo de los acusados, rodeada por los sabios de la comunidad y en juicio público, la joven escuchaba una grave denuncia en su contra. “Estás acusada de magia negra y adulterio. El viejo de las montañas declara que durante estos siete años has ido a verlo frecuentemente, llevándole bebidas y alimentos que él se ha negado a tomar y que finalmente lo has convencido gracias a tus pociones mágicas y alucinado te ha dado encuentro en la gruta para adulterar con él. Como prueba, nos ha convocado a revisar la cueva”. Manifestaba el Sabio Mayor del Consejo.

Una comisión inspeccionó la gruta y encontraron prendas pertenecientes a ambos, además de un testigo que había visto salir corriendo a la mujer y posteriormente al curandero.

Su única defensa fue el silencio.

– ¿No dices nada? Es peor si no te defiendes. Si no pruebas lo contrario serás condenada. Sabes que el castigo al adulterio es la pena de muerte. –La reflexionaba el Consejo.

– ¡Sí. Pena de muerte. Pena de muerte! ¡Es una arpía, me ha drogado y poseído carnalmente! ¡Pena de muerte! –Gritaba el viejo brujo.

–Si no alegas en tu defensa, tomaremos tu silencio por asentimiento a las acusaciones que te hace el sabio de las montañas y nos obligarás a dictar la pena máxima. –Ella continuaba en silencio.

– ¡Mujer habla, nos constriñes a condenarte! –La recapacitaban los sabios del Consejo, esta vez de manera enérgica.

Al improviso, el pedido de un desconocido se hizo escuchar en medio de la gente:

– ¡Pido la Justicia del Cóndor! –Clamaba una voz clara, matizada de armonía y pasión.

– ¿La Justicia del Cóndor? Nunca he visto practicarse en vida mía. Mi padre, otrora en este mundo me habló de ella. –Respondió el Sabio Mayor que presidía el juicio.

Otros miembros del Consejo agregaron:

–He oído de mis abuelos que la Justicia del Cóndor es la más eficaz.

– ¡Y yo! Cuentan que ni los eruditos son más sabios que el gran Kuntur Mallku [3].

El Consejo recorrió las comunidades de la región, recopilando episodios de su rica historia oral y entrevistando especialmente a los viejitos, para llevar a cabo de la forma más exacta posible la ancestral Justicia del Cóndor.

La acusada fue encerrada cuatro días y cuatro noches sin alimento. Despojada de todas sus ropas, fue llevada casi desfalleciente a la cúspide de la montaña mágica de Akamani. Allí la ataron arrodillada a un poste, era aún de madrugada, el sol no hacía su aparición, solo la luna reflejaba sus rayos sobre la pobre mujer, quien miraba al cielo suplicante en espera del Cóndor, mientras tiritaba de frío en aquella helada obscuridad.

Llegaron los primeros instantes de luz, el sol de los Andes derretía lentamente la fina escarcha que cubría sus cabellos y su pálida piel. Con los labios secos y azulados, parecía llamar al Cóndor para que la juzgase de una buena vez. Poco a poco el sol alcanzaría su plenitud hasta quemarla.

“¡No vendrá! ¡El Cóndor no vendrá! ¡Ella no lo merece, es culpable!” Vociferaba el viejo mago desde las faldas del nevado, donde todos esperaban el vuelo y el descenso de la sagrada ave.

La larga jornada llegaba a su fin, el sol se preparaba para marcharse y la luna para tomar su lugar. La comunidad estaba desilusionada, en el fondo confiaban en ella, había cumplido siete años de espera en completa armonía, dando más de cuanto sus votos exigían: dedicación extrema en la atención de los enfermos, estudio de la naturaleza y trabajo extenuante en el herbolario. No había renovado sus ropas desde la partida del esposo –como era la tradición– y, a pesar de ello, estaban limpias y, aunque desgastadas y remendadas, se veían tan dignas como quien las llevaba. Tampoco había cortado sus cabellos desde aquel día, obedeciendo otro de los dictámenes para las esposas de los aspirantes, así sus largos cabellos eran interminables, y ahora, en momentos de dura prueba, eran los únicos a cubrir su desnudez. Había soportado siete años de soledad con una sincera alegría que nunca se borraba de su rostro.

Siete años exactos desde la partida del esposo. No todos regresan. La mayoría de las veces no vuelven jamás y, en tal caso, la evidente viuda toma el lugar del Kallawaya en la comunidad, lo que significa que el mundo exterior ha sido más fuerte que el aspirante y lo ha absorbido o eliminado.

Transcurridas más de 24 horas de suplicio y tensa calma, todos se preparaban para retirarse insoportablemente cansados y la voz triunfante del viejo brujo se hacía más fuerte que nunca…: “¿Lo vieron? No ha venido, no se ha dignado a venir, señal de que es culpable, muerte a la bruja. ¡Muerte!”. Sentenciaba el hechicero victorioso.

De pronto, un profundo clamor… –siempre él, la misma voz del extraño que exigía la Justicia del Cóndor–, se hizo sentir brillante y jubiloso: “¡Allí está. El Cóndor está sobrevolando las montañas, es él!”.

Todos elevaron la vista al cielo hacia la cordillera, eran las ocho de la mañana de un soleado nuevo día, majestuoso entre los colores del firmamento dominados por un azul nítido, acompañado por el sol resplandeciente, un enorme Cóndor mágico con las alas abiertas, casi inmóvil e imponente en el aire hacía su aparición. En un instante ya planeaba circundante a la mujer, cual agresor desafiante en pos de su presa. El pánico invadió a la comunidad, el Cóndor se precipitaba contra la acusada. Solo un hombre entre el público, aquel extraño forastero, confiaba.

La gigantesca ave aterrizó justo frente a su “víctima”. Arrodillada la prisionera y el ave de pie alcanzaban la misma estatura. Los ojos de la mujer clavados en los ojos del Cóndor y viceversa. El ave fijaba agudamente a la joven, cerraba las grandes alas y avanzaba lentamente hasta avecinarse a ella a pocos centímetros de distancia.

El Sabio Mayor del Consejo temió más que nunca un atroz desenlace: que el enorme pico del Cóndor destrozase el rostro de la mujer hallándola culpable.

No obstante la proximidad del Cóndor, ella nunca agachó la cabeza, nunca tembló, nunca parpadeó, nunca vaciló, lo miraba y le hablaba con los ojos: “¡Haz tu justicia! –parecía decirle– Demuestra mi inocencia…”. Imploraba con la mirada y con la voz del corazón.

El Cóndor después de instantes dramáticos de un vis a vis interminable, inició un ceremonial rodeo, paso a paso y lentamente circundó a la mujer, como si bailara con ella, y finalmente se preparó con una veloz carrera por la ladera principal de la montaña para extender luego sus enormes alas y ante el petrificado público emprendió un magnifico vuelo.

– ¡Ha hecho justicia! –Aclamaba toda la comunidad.

– ¡Es inocente, la Kallawaya es inocente! –Voceaban y aplaudían.

– ¡Kuntur Mallku la ha redimido! –Manifestaban otros con lágrimas en los ojos.

Estas eran solo algunas de las frases que lanzaba la gente emocionada. El Consejo de Sabios, seguido por la multitud conmovida, subía a la montaña sacra para liberar a la absuelta mujer. Apenas la rodearon, el Consejo asignó al Sabio Mayor la tarea de desligarla; cuando este se disponía a acercarse a ella, alguien se abrió paso entre la aglomeración y detuvo al anciano suavemente con una mano en el hombro, se acercó a la inocente y le dijo con aquella afable voz familiar: “Ambos hemos cumplido nuestras pruebas”. Entretanto, procedía a desatarla.

Entre las voces más cercanas a la pareja, se oía decir: “¡Es él. Ha vuelto, ha vuelto!”, “¡Es su esposo, ha regresado!”. Gran celebración para Curva, había ganado dos Kallawaya después de siete años de estudios en la universidad de la vida y un difícil examen.

En la intimidad de su casa podían unir sus amuletos nuevamente. ¡El ser del amor por ahora estaba completo!

¿Qué pasó con el viejo mago negro? Su última calumnia confirmaba las sospechas de sus prácticas viles. Por la brutal difamación contra la joven fue sometido a la justicia comunitaria: el exilio definitivo de la región Kallawaya.


1       Los Kallawaya representan una antigua cultura médica tradicional. Viven en las poblaciones de Curva, Chajaya, Khanlaya, Huata Huata, Inka, Chari y alrededores de Charazani, Provincia Bautista Saavedra de La Paz, Bolivia. Su nombre en lengua aymara significa “país de los médicos”, en quechua “llevar plantas en la espalda”, refiere asimismo a la planta medicinal polipodiácea kalawala (Polypodium pycnocarpum). Su medicina itinerante consiste básicamente en el estudio y búsqueda de plantas medicinales, en una amplia franja de pisos ecológicos de entre 250 a 5.000 m.s.n.m., incluye animales, productos humanos, minerales, amuletos, terapias y rituales. Los conocimientos son transmitidos de padres a hijos. Comparten una cosmología que une salud, naturaleza, espiritualidad, sociedad y persona. Conservan una detallada clasificación secular de plantas y animales terapéuticos. Estos médicos viajeros son también agricultores. Entre sus trajes tradicionales destacan los ponchos rojos con listas de colores. Hablan quechua, aymara, español y una lengua propia usada en rituales y prácticas médicas: el kalliawayai, que expresa “iniciado en el saber”, de base léxica principalmente puquina, gramática y morfología quechua. Conforman un patrimonio intangible reconocido por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) en 2003.

2       Si bien la historia está ambientada en Curva, capital de los médicos itinerantes, famosa por la alta especialización de la medicina tradicional Kallawaya, estos eventos se dieron realmente en una comunidad mucho más cercana la plaza principal, cuyo nombre se ha perdido con el tiempo.

3       Kuntur Mallku, vocablos aymaras que evocan al gran espíritu del dios de los cielos, encarnado en el cóndor, uno de los animales sagrados de la cosmovisión andina, como lo son también el puma, la llama blanca y las serpientes de gran tamaño, entre otros.

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