agosto 1, 2021

¿Qué dirá el Santo Padre?


Por Oscar Silva Flores * -.


Hace unos días, de manera por demás oficiosa, la jerarquía católica boliviana hizo público un documento con el cual pretende mostrar (demostrar nunca podrá) que en noviembre de 2019 en Bolivia no hubo un golpe de Estado. Este hecho no es algo aislado, sino que responde a una conducta recurrente de ciertos sectores de esa jerarquía, durante todo el gobierno de Evo Morales, pero también similar a la que asumieron sus equivalentes en otros países latinoamericanos durante los últimos cuatro lustros, cuando menos frente a gobiernos de mayor raigambre popular, como sucedió en su momento en Argentina, Brasil, Paraguay, Ecuador y, desde luego, Venezuela.

El informe de los sucesos de noviembre de 2019 no merece mayor comentario sobre su contenido, plagado de medias verdades y mentiras escandalosas, que muestran el verdadero rostro de esos sacerdotes serviles a la oligarquía boliviana, racista y discriminadora, que planeó, incitó y ejecutó el golpe en contra de Evo Morales. Seguramente estos curitas se confesarán entre ellos para que estos pecados sean perdonados. Pero ni el pueblo ni la historia les perdonarán, por muy sincero que fuese su arrepentimiento ni por muy pesada sea su penitencia.

Durante el siglo XX, para no ir demasiado lejos en el tiempo, la cúpula católica, totalmente en contra del mensaje cristiano y de su propia doctrina, se puso siempre a lado de los poderosos, junto al fascismo italiano, al nazismo hitleriano o al franquismo español, blanqueando con su presencia, ante su comunidad religiosa y ante el mundo, las atrocidades de estos regímenes. Siglos atrás hicieron lo mismo en las Cruzadas medievales, en la conquista y saqueo del continente americano o en la Santa Inquisición.

Es decir, es parte de su propia naturaleza, de su esencia y de su realidad histórica. Obviamente, como en todo, existieron curas que se jugaron por los pobres, por los humildes, aquellos que realmente creían en el mensaje de Cristo, que se fueron a vivir a los barrios más pobres, a las minas, a las villas miserias, en fin, allí donde no solo se necesitaba llevar la confesión o la comunión, sino un mensaje de liberación, de justicia, de igualdad y, llegado el caso, de lucha.

Al margen de lo señalado, en Bolivia hay particularidades que se deben tomar en cuenta. Desde mediados del siglo pasado hubo una fuerte penetración de sectas religiosas evangélicas, con mayor fuerza en las áreas rurales de la zona occidental del país. Esto fue determinando paulatinamente que el catolicismo dejara de ser cada vez más protagónico en estos sectores de la población, su feligresía fue reduciéndose de manera paulatina, alcanzado también este fenómeno a los círculos poblacionales más pobres de las ciudades. Con una feligresía cada vez menor, la curia buscó refugio en los sectores más conservadores, tradicionalmente católicos, a cuyo servicio puso la acción de la Iglesia como tal en temas de debate crucial como el control de la natalidad, el aborto, la libertad de opción de género y otros.

El avance de las sectas religiosas, especialmente en los sectores populares, fue parte de una estrategia del imperialismo, no solo en Bolivia, de su lucha contra el comunismo, particularmente en periodos en que por estas tierras surgían movimientos antiimperialistas. La Iglesia católica, desplazada de buena parte del territorio nacional, refugiada en los sectores más oligárquicos, aparece aliada de ese imperialismo que operó su desalojo de los sectores populares, potencialmente subversivos. Es decir, aliada a su propio verdugo.

No solo eso. Con la llegada al trono de San Pedro, en el Vaticano, de un cura argentino, se abría la esperanza de la venida de vientos de cambio en esta vieja Iglesia católica y romana. La ilusión se vio reforzada con la designación de un cardenal indígena en Bolivia, que en la misma línea del Proceso de Cambio que vivía el país permitía alentar la esperanza de un acercamiento de los curas al pueblo.

Pero, al parecer, a la jerarquía criolla poco le importan estas señales papales y prefieren mantener sus posiciones de privilegio dentro de los sectores más racistas y conservadores, pero de gran poder económico, que seguir a su máxima autoridad. El cardenal Toribio no existe en los hechos para la poderosa Conferencia Episcopal, organización plagada de curas españoles e italianos, y obsecuentes obispos nativos que con su amanerada europeizada forma de hablar creen que enterraron sus raíces americanas. Estos curitas ni siquiera se sonrojaron cuando el gobierno de facto hizo oídos sordos de un pedido de otorgar salvoconductos a un grupo de asilados políticos, desconociendo en los hechos la autoridad del Sumo Pontífice.

Esta historia no termina aquí, hay aún mucha tela para cortar. Solo me queda preguntar, seguramente como a muchos otros bolivianos y latinoamericanos, tarareando esa conocida canción de los chilenos de Quilapayún: “¿Qué dirá el Santo Padre, que vive en Roma?”


* Periodista y abogado.

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