septiembre 16, 2021

La base social opositora y su práctica gansteril

Por  José Galindo *-.


Es muy difícil para la oposición política al Movimiento Al Socialismo (MAS), y sus principales líderes, admitir que la supuesta “revolución pitita” se apoyó más en fracciones sociales “lumpenizadas” que en “gente decente” de las clases medias. La base social de las élites económicas y políticas del país, dado su inclinación a métodos no democráticos, está más cerca del mundo del hampa que del mundo de la democracia, como dejan patente varios de sus activistas como Yassir Molina y Mario Bascopé. Y así, resulta despreciable que hayan sido justamente este tipo de personas los que señalaron con el dedo a indígenas y campesinos, para llamarlos “vándalos”.

Hace unos días fue aprehendido nuevamente Bascopé, miembro del grupo paramilitar Resistencia Juvenil Cochala (RJC) y sospechoso de haber perpetrado destrozos contra la Fiscalía General del Estado el año pasado. Los medios de comunicación “tradicionales”, es decir, los medios de las élites políticas y económicas del país, mostraron su arresto como otro de los supuestos excesos cometidos por el Gobierno en contra de los principales cabecillas del golpe de Estado de 2019, y omiten incomprensiblemente un hecho: el paramilitar, reconocido por su comportamiento gansteril frente a las cámaras, fue puesto tras rejas no como imputado por daño a los bienes del Estado, mucho menos como preso político, sino como sospechoso de tráfico de sustancias controladas. No se menciona este incómodo dato porque solo añade mayor evidencia sobre un patrón vergonzante para la oposición: los paramilitares de la RJC, así como los miembros de la Unión Juvenil Cruceñista (UJC), es decir, la base social de la oposición política efectiva al Proceso de Cambio, está conformada casi enteramente por miembros provenientes del mundo del hampa, cuya participación en la política siempre es antecedida por el cobro de una suma de dinero. ¿Sería demasiado llamarlos una oposición mafiosa?

Alguna vez Hannah Arendt señaló que no debía confundirse a pueblo con populacho: el primero aspira a representar sus intereses frente al resto de la sociedad como clase, proponiendo con ello un proyecto de vida en común, sea cual sea; el segundo, es el residuo de todas las clases, el desecho de los Estados-nación, y no aspira a construir sociedad, pues fue excluido de ella desde el inicio. Hablamos acá del paria extremo, el hombre (o mujer) sin patria, que a veces puede acompañar a las clases oprimidas en el camino de su liberación, pero que generalmente es enrolado como músculo o carne de carroña por las clases dominantes. Vive en los márgenes de la civilización y habitualmente se posiciona contra ella. El simpatizante promedio de Donald Trump en Estados Unidos, o de Bolsonaro en Brasil. La hez de toda sociedad, desde proxenetas a narcotraficantes, asaltantes de barrio o matones de bar. Esa es la base social que empujó la locomotora golpista de 2019, a la que luego se unieron militares, policías y clases medias reaccionarias. Obviamente los que conducen a esas masas atrasadas políticamente son élites dominantes que, por lo general, se mojan muy pocas veces los pies y las manos.

Descomposición democrática opositora

Los carteles de narcotraficantes, proxenetas y contrabandistas, junto con las pandillas y maras que pululan en todo el continente, arrastran consigo a ingentes masas de individuos fascinados con su efectividad y éxito en los negocios, mientras dejan de lado toda posibilidad de construcción de órdenes sociales asentados sobre principios e ideas. No es sorprendente, entonces, que nuevos movimientos no democráticos se sirvan de este agregado social para imponer gobiernos promotores de racismo y misoginia. Cobra mucho sentido ver al “Macho” Camacho acompañado por estas verdaderas turbas de antisociales tomando las calles de La Paz, a las cuales pertenecían Bascopé y Molina, quien de hecho estuvo preso por intento de homicidio, tal como admite en varios videos que pueden encontrarse en las redes. En 2019 por fin encontraron a su caudillo.

Pero, volviendo a Arendt: “El populacho es principalmente un grupo en el que se hallan representados los residuos de todas las clases. Esta característica torna fácil la confusión del populacho con el pueblo, que también comprende a todos los estratos de la sociedad. Mientras el pueblo en todas las grandes revoluciones lucha por la verdadera representación, el populacho siempre gritará en favor del «hombre fuerte», del «gran líder». Porque el populacho odia a la sociedad de la que está excluido tanto como al Parlamento en el que no está representado”.

Su protagonismo político no puede señalar otra cosa que no sea descomposición democrática. Perú tuvo que esperar poco más de un mes para ver posesionado a su Presidente legítimo a pesar del descontento de las élites, que se muestran cada vez menos dispuestas a seguir las reglas del juego democrático y recurren cada vez que pueden al lumpen e incluso al crimen organizado, agregado social que, al mismo tiempo, desprecia profundamente toda noción de vida políticamente organizada. No creen en la civilización. Aunque se los podía ver protestando contra Evo Morales en supuesta defensa de la democracia, luego se los veía rogando en la puerta de los cuarteles por una intervención militar.

El éxito a cualquier costo es la medida de sus aspiraciones, para lo cual hasta las formas más rudimentarias de acumulación originaria del capital son aceptables. Por ello, apenas tomaron el poder, no dudaron en seguir su naturaleza, más cercana a la de un mafioso gánster que de un barbudo revolucionario, y así procedieron a literalmente asaltar el Estado, como pudo evidenciarse en los numerosos casos de corrupción que se dieron en tiempo récord durante el gobierno de Áñez. En aquellos días era común ver a Molina y Bascopé liderados por otro personaje cuyas tendencias cleptómanas se revelarían desde Estados Unidos, Arturo Murillo. Sí, ellos fueron los héroes del movimiento pitita.

Sin la más mínima ética. Ningún contrato social cuenta hoy con su consentimiento, dado que viven en los hechos como si siguieran en guerra civil. Como diría nuestra filósofa alemana: “No es nada nueva la atracción que para la mentalidad del populacho supone el mal y el delito. Ha sido siempre cierto que el populacho acogerá satisfecho los «hechos de violencia con la siguiente observación admirativa: serán malos, pero son muy hábiles»”.

La narco-cultura, la búsqueda de identidad en asociaciones delictivas, y el desprecio por toda forma de convivencia social guiada por instituciones formales son muy comunes hoy en día en masas conscientes de su irrelevancia social y su inexistencia política, en el sentido de no poseer representatividad alguna. Son conscientes de ello, aunque tal vez sería más correcto afirmar que lo perciben, puesto que no poseen conciencia de clase alguna y a veces están tan alienados que asumen un discurso que no es propio sino de las élites que de hecho los desprecian, por lo que no es sorprendente encontrar a uno de sus integrantes arengando consignas racistas y discriminadoras desde alguna de las muchas villas miseria que abundan en nuestros países. No hay comprensión posible de su situación, lo que las hace vulnerables a ser cooptadas por cualquier propuesta que refleje un poco de su odio por el mundo.

Una cultura del odio en ascenso

Bolivia fue el escenario de un golpe de Estado en noviembre de 2019. El primer acto del gobierno autoproclamado que emergió del golpe fue la promulgación de un decreto supremo que eximía de toda responsabilidad legal a las Fuerzas Armadas en su misión de preservar el orden, lo que prácticamente legalizó una serie de asesinatos extrajudiciales de campesinos, indígenas y simpatizantes del gobierno depuesto y pronto dos masacres en las localidades de Senkata y Sacaba. El segundo acto de las bases que apoyaron este golpe de Estado fue, muy elocuentemente, la quema de la bandera wiphala, símbolo de los pueblos indígenas del país; el año anterior había visto similares manifestaciones de racismo, sexismo y violencia en otras partes de América Latina: Michelle Franco, una diputada y activista feminista brasilera, fue asesinada en plena vía pública, mientras en Colombia se rechazaba un pacto por la paz con el apoyo del expresidente Álvaro Uribe, acusado de financiar actividades paramilitares que acabaron con la vida de cientos de activistas y líderes sindicales en ese país. El clima de odio e intolerancia también se sentía en otras partes del mundo, como Estados Unidos y Gran Bretaña, donde el racismo y la xenofobia emergían con toda la fuerza del cinismo. Detrás, una amorfa masa de insatisfechos y desafectos con la democracia y la política convencional echaba porras. En todos estos episodios de odio era evidente la participación de miembros del lumpen social, del crimen organizado y otros sectores provenientes de todas las clases, pero pertenecientes a ninguna sociedad, como apunta Hannah Arendt: “El odio, que no escaseaba, ciertamente, en el mundo de la preguerra, comenzó a desempeñar un papel decisivo en todos los asuntos, de forma tal que la escena política en los años engañosamente tranquilos de la década de los 20 asumió la atmósfera sórdida y fantástica de una querella familiar de Strindberg. Nada ilustra mejor tal vez esta desintegración de la vida política como este odio vago y penetrante hacia todos y hacia todo, sin un foco para su apasionada atención y nadie a quien responsabilizar de la situación: ni al Gobierno, ni a la burguesía, ni a una potencia exterior”.

Arendt identifica como causas subyacentes de los regímenes totalitarios a los siguientes elementos: primero, el racismo antisemita que contingentemente se venía desarrollando por lo menos un siglo antes de que el nacionalsocialismo alemán lo convirtiera en uno de sus mitos fundadores; segundo, el derrumbe de un precario orden mundial sustentado sobre también decadentes Estados-nación impulsado por el surgimiento del fenómeno imperialista; y tercero, la fuerza de un movimiento totalitario que actualizaba los impulsos antiliberales de la masa, el populacho y las élites. Cada uno de estos elementos se reproduce sobre nuevas condiciones en la actualidad latinoamericana e incluso mundial.

El racismo es todo menos contingente en nuestras tierras, puesto que sus raíces son tan estructurales que preceden a la existencia de los Estados de la Región: en países como Bolivia, Ecuador, Perú, Paraguay, Colombia, México y Venezuela, el pasado colonial de sus sociedades ha dejado traumas colectivos que se expresan en el rechazo, la subvaloración o el abierto desprecio por lo no blanco. De hecho, incipientes procesos de revalorización cultural suelen desencadenar reacciones como la quema de la bandera wiphala en 2019. Asustan, y al hacerlos, también provocan odio. Como una historia que se repite en forma de comedia, durante los días previos al golpe de Estado en Bolivia, un joven saludaba “a lo Hitler” ante las cámaras. Días después, una muchedumbre clasemediera aplaudía las masacres de indígenas y campesinos en las periferias de las ciudades de La Paz y Cochabamba. Si no proponen una “solución final” a sus problemas, es porque la masa indígena y campesina supera por mucho a la población autoidentificada como “blanca”.

Mientras tanto, el orden mundial inaugurado después de la Segunda Guerra Mundial, bajo la impronta de la Declaración Universal de los Derechos Humanos y el multilateralismo se derrumba junto con una aún más agresiva descomposición del Estado-nación a nivel mundial, asediado hoy por multinacionales y el crimen organizado que le han quitado el monopolio sobre el ejercicio de la violencia. Aún peor que antes, millones de apátridas cruzan fronteras en busca de Estados menos disfuncionales que el suyo, mientras los Derechos Humanos se hacen cada vez más superfluos. Rusia y China disputan espacios de hegemonía a los Estados Unidos, con rivalidad indisimulada. ¿Se puede hablar todavía de un orden mundial?

Y finalmente, las sobras de todas las clases se han multiplicado tanto que se puede hablar de naciones enteras conformadas por el populacho, que están en la periferia de la periferia del orden internacional. La división internacional del trabajo ha creado no solo hombres y capital superfluo, sino además naciones y Estados superfluos. Se mueven en una economía global ilícita, en los intersticios que ha permitido ocupar el neoliberalismo de las grandes corporaciones y multinacionales, bajo sus propias normas y reglas. Sus desacuerdos en sus negocios no pueden recurrir a tribunales oficiales, dado que son empresas ilegales, así que se resuelven mediante el ejercicio de la violencia, para lo cual algunos carteles cuentan incluso con armamento y personal militar… privado. Estas masas gigantescas de desocupados, marginados y descontentos no participan de la vida política de sus Estados, y muchos viven como si no habitaran en uno, sin representación alguna. Son el caldo de cultivo perfecto para discursos de odio que líderes como Bolsonaro, Trump y otros iliberales de la actualidad utilizan para lanzarse a la conquista del poder. Solo votan, como mucho, y luego se dedican exclusivamente a sobrevivir, sin formar parte de ningún tejido social que pueda considerarse político en el sentido cívico del término, como apunta Arendt: “La verdad es que las masas surgieron de los fragmentos de una sociedad muy atomizada cuya estructura competitiva y cuya concomitante soledad solo habían sido refrenadas por la pertenencia a una clase. La característica principal del hombre-masa no es la brutalidad y el atraso, sino su aislamiento y su falta de relaciones sociales normales”.

El ingreso a la política por parte de estas masas descontentas y resentidas, el músculo de RJC y UJC, amenaza con corroer las bases democráticas de nuestra sociedad, al no contar con ideología alguna, más que un resentimiento instintivo por todo lo que pueda percibirse como popular. Al no contar con la suficiente fortaleza social o lucidez política, las élites económicas y políticas de Bolivia recurrirán de forma cada vez más frecuente a este tipo de personas, que hacen de todo proyecto político un asalto, como demuestra la gestión del gobierno de Áñez, apoyada justamente en ellos.


  • Cientista político.

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