septiembre 28, 2021

Los alimentos y la Madre Tierra en nuestro cotidiano

Por Georgina M. Catacora-Vargas -.


La interpretación sobre la “Madre Tierra” ha transitado de considerarse una deidad a su actual descripción como marco conceptual y sujeto de jurisprudencia (como ejemplo están las normativas de Bolivia, Ecuador y Nueva Zelanda). La visión occidental la ha denominado “naturaleza”, que etimológicamente refiere al origen espontáneo, sin intervención humana. Si bien este término está ampliamente posicionado, su uso es objeto de crecientes críticas por ser ambiguo e involucrar la separación del entorno ecológico de las dinámicas sociales.

La palabra “naturaleza” no existe en las lenguas nativas, que hacen referencia a la “Madre Tierra”, la cual expone atributos consistentes con su denominación y corroborados por la ciencia y el estado actual de nuestro planeta. Como toda madre, es gestora de vida; pero esto no sucede de forma espontánea o “natural”, sino que es el resultado de una serie de interacciones entre sus componentes, incluyendo las sociedades humanas. Si estas interacciones son irrespetuosas de sus tiempos y capacidades, la reproducción de la vida expresa alteraciones o, incluso, cesa.

En su rol de madre es generosamente proveedora, pero tiene límites. Por eso requiere que se respeten sus derechos al descanso, a cuidarse a sí misma y que se la cuide para mantener sus ciclos en equilibrio. Si rebasa sus límites de manera recurrente, entonces enferma y presenta síntomas con efectos amplios e intensos, cuya sanación implica largos períodos, tanto que algunos síntomas pueden ser irreversibles. Las pandemias y los efectos del cambio climático son ejemplos contundentes de esos límites sobrepasados y del desequilibrio en la salud de la Madre Tierra.

¿Qué tiene que ver esto con nuestro día a día? Sin exclusión alguna de origen, condición social, género u otro, comienza con el aire que respiramos, el agua que bebemos y los alimentos que consumimos. Ellos son los más fundamentales y laboriosos cuidados que nos proporciona la Madre Tierra; y al mismo tiempo, son los más vulnerados por la forma en la que, como humanidad, nos relacionamos con el único hogar planetario que tenemos.

Todos los componentes de la Madre Tierra están interrelacionados. Por ello el aire, el agua y los alimentos para que sean saludables –es decir, sean generadores de salud– dependen de bosques, humedales, pasturas y páramos sin deterioro. Requieren de montañas y colinas protegidas con vegetación, especialmente nativa. Necesitan de cuerpos y causes de agua sin contaminación química ni biológica. Esto no implica aspirar a espacios prístinos sin intervención humana, sino a manejarlos con respeto y cuidado.

En la región latinoamericana, especialmente del sur, agosto es el mes dedicado a la Madre Tierra porque inicia la preparación para la siembra y, con ello, la temporada agrícola ¡Qué momento tan importante para cualquier grupo humano! No solo para las comunidades indígenas y campesinas, sino también para quienes nos alimentamos gracias a su trabajo. Los alimentos que consumimos tienen, de manera más directa que indirecta, su origen en los componentes y procesos de la Madre Tierra. Por ello, tiene sentido dedicar un momento del calendario a honrar los saberes y los misterios de la germinación de la semilla y de la transformación del suelo en una diversidad de cosechas agrícolas; también para celebrar a los conocimientos y las manos de mujeres y hombres que hacen que esto sea posible.

La agricultura es una de las actividades con mayor impacto en el entorno, y no todas las formas de agricultura son respetuosas con la Madre Tierra. Este es el caso de la agricultura industrial que, al basarse en monocultivos y aplicación abundante de agroquímicos (como fertilizantes sintéticos y plaguicidas), es una de las principales causas de la contaminación del aire, aguas, suelos, vida silvestre, animales domésticos y comunidades humanas. También es responsable de casi la mitad de la deforestación; utiliza dos tercios del agua dulce disponible para la agricultura; considerando su ciclo y diferentes emisiones, crea casi un cuarto de los gases de efecto invernadero y está relacionada con varias enfermedades crónicas no transmisibles, entre otros efectos. A pesar de los abundantes recursos que utiliza –incluyendo el 80% de las tierras agrícolas– solo produce un cuarto de los alimentos, cuyo cultivo y consumo se relacionan con los efectos adversos ya mencionados.

Una de las formas concretas de cuidado de la Madre Tierra a partir de la producción de alimentos es la agricultura y ganadería biodiversa, es decir, con asociación de distintas especies y variedades en el mismo espacio y tiempo, con árboles dentro y alrededor de los predios, y sin químicos sintéticos ni modificaciones genéticas artificiales. La agroecología es un ejemplo de esta agricultura biodiversa y regeneradora de la vida por su capacidad de alimentar de manera saludable a las poblaciones crecientes, restaurar los ecosistemas, prevenir pandemias y enfriar al planeta, aspectos sobre los cuales las evidencias –científicas y de experiencias productivas– son cada vez más abundantes. Gracias a sus características, la agroecología se adapta a diferentes contextos ecológicos y sociales, creando oportunidades productivas y organizativas para quienes tienen poca tierra y capacidad de inversión, por lo que igual contribuye al bienestar social en su sentido amplio.

Entonces, la Madre Tierra es nuestro cotidiano. Los alimentos que consumimos son una de sus formas de materialización y la conexión diaria que establecemos con los suelos, las aguas, los bosques… con los procesos y las personas que los producen. Por ello, los alimentos son testimonio de lo que a nivel individual y colectivo queremos ser, del presente y futuro que ayudamos a construir, y de nuestra relación con la madre mayor. Al optar por alimentos provenientes de sistemas biodiversos, apoyamos y ejercitamos el respeto de los derechos de la Madre Tierra, especialmente a la vida y salud.


  • Ingeniera Agrónoma con Doctorado en Agroecología, presidenta de la Sociedad Científica Latinoamericana de Agroecología (Socla).

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