octubre 28, 2021

El sórdido mundo de las mujeres excluidas en la cultura patriarcal

Por Luis Oporto Ordóñez *-.


Los orígenes de la cultura patriarcal, causante de los grandes males de la sociedad actual, se pierden en la alta Edad Media española, cuyos usos y costumbres se expresan en las Siete Partidas del Rey Alfonso El Sabio, corpus jurídico de la primera época de la invasión, conquista y colonización de España en América. Las Siete Partidas fueron el núcleo del Derecho Común de Gentes, concebido sobre la base del Derecho Romano-Canónico.

Sin duda, es la más importante obra jurídica, pieza maestra del Derecho Castellano de la Edad Media, que se extendió desde Castilla a los confines del Imperio español e influyó en el Derecho Portugués (Brasil). Las Siete Partidas se constituyeron en la base legal para la formación de las juntas gubernativas en España durante el cautiverio del rey Fernando VII, tras la invasión francesa. Tuvo vigencia hasta la época de las codificaciones (1835), incluso así, los nuevos códigos civil, mercantil y criminal, de procederes, subsumieron el espíritu de las Siete Partidas.

Su denso corpus regula temas diversos como la vida en las villas, el establecimiento de bibliotecas (“Estaciones”) en las escuelas o el trabajo de los escribanos, quienes estaban a cargo de la correspondencia, la forma correcta de organizar los archivos y el incipiente servicio fedatario, castigando la negligencia, la falsedad ideológica y la revelación del secreto con la pena capital (“perder los cuerpos”).

Las Siete Partidas incluye los derechos y obligaciones de las mujeres, comprendidas en un abanico de amplio espectro: casadas, doncellas, viudas, adúlteras, barraganas, mancebas y alcahuetas o mujeres viles, universo poco visible en un mundo caracterizado por la cultura patriarcal y el imperio de la religión católica. En ese azaroso mundo femenino, resaltan las barraganas, “mujeres libres de toda servidumbre”, mujeres de mundo, amantes, esenciales en la rudimentaria vida de la ciudad medieval y colonial, que tuvo un inesperado resquicio legal para alcanzar la ciudadanía, o ejercer la profesión más antigua del mundo en un marco de legitimidad, desvincularse del matrimonio por razones de “incompatibilidad de caracteres” (mujeres estrechas de hombres superdotados), e incluso de no ser acosadas.

El fuero antiguo implantado a través de las Siete Partidas recoge los usos y costumbres antiguos de España, entre ellos los enlaces entre hombres y mujeres, distinguiendo tres tipos de unión: a) El matrimonio, con las bendiciones de la Iglesia y el reconocimiento formal del derecho civil; b) El matrimonio de “yuras” o juramentado, consumado en secreto y sin testigos; y c) La barraganía, unión de un hombre soltero con una mujer soltera, a través del amancebamiento. Las Siete Partidas consideran al matrimonio como “cosa espiritual”, lazo indisoluble, negando el divorcio entre el varón y la mujer.

El matrimonio tenía como causales de divorcio: la muerte, el embargo (incompatibilidad de caracteres) y el adulterio. El divorcio estaba considerado en las Siete Partidas como “departimiento” (separación entre el hombre y la mujer), por lo que era imprescindible que la separación sea “probado en juicio derechamente. La ley le confería al hombre el derecho de lavar su honor”, autorizando al marido o al padre a limpiar su honra, por lo que el adúltero podía ser muerto por el marido, “si se halla haciendo adulterio con su mujer”. Hubo casos en los que el marido no quiso acusar a su mujer adúltera, por lo que la ley facultaba a algún varón de la familia para matar al adúltero y a la adúltera.

La ley penalizaba al marido por adulterio cuando este “aconsejó y consintió que su mujer le hiciese”. La administración de justicia se parcializó de manera evidente con el hombre, que podía invocar a la Iglesia y a la autoridad civil, una argucia legal para posibilitar a la “mujer ser acusada de adulterio”. El adúltero no podía “casar con la mujer con quien cometió el adulterio, aunque después se muera el marido”. El hombre estaba facultado para acusar a la mujer de adulterio, pero estaba obligado a probarlo en el juicio. El hombre gozaba de atenuantes de la pena por adulterio. En los casos en que el marido matare sin razón y sin derecho a su mujer, solo tenía como pena que “no se podrá casar después”.

Un conglomerado de mujeres, calificadas como “vil” o “mala mujer”, carecía de derechos civiles y se cernía sobre ellas la infamia y la pena capital. Eran las siervas, las azorradas, las juglaresas, taberneras, regateras y alcahuetas, estigma que alcanzaba a sus hijas. La infamia fue tan extendida que “no podían ser mujeres ni barraganas”, sino tan solo objetos sexuales, mujeres solteras “con quien se sostiene una relación de pareja, incluyendo trato sexual, por fuera del matrimonio. Se decía a sí mismo que respetaba a su esposa, que carnalmente tan solo estimaba a su manceba, que nutría dos afectos diversos y compatibles”, era la amante, concubina o moza. Era mujer soltera, virgen, que generalmente era sirvienta en la casa de los señores. Tal situación pareciera ser desventajosa, pero en los hechos le reconocía a la mujer la capacidad de obrar jurídicamente.

Las viudas, en tanto, estaban en estado de indefensión, como víctimas propiciatorias de hombres sedientos de sexo que raptaban a las mujeres que quedaban solas y desamparadas. Pese a esa situación las viudas no se podían excusar a cumplir sus obligaciones, por lo que buscaban con afán unirse a un hombre soltero, tal así que la ley facultaba a la “viuda que viva honestamente, si se podría o no, en lo antiguo, recibir de barragana”.

Estas mujeres eran víctimas de acoso sistemático por parte de hombres poderosos, siendo las formas muy variadas y de diversa naturaleza, ya sea por métodos de presión o seducción. Las más vilipendiadas entre todas fueron las alcahuetas, a las que la ley excluía del todo y se pide para ellas la pena de muerte, equiparando en este a la pena de muerte para los hombres que “son alcahuetes de su propia mujer”.


  • Historiador y archivista.

     

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