noviembre 29, 2021

Jerarquía católica: Racismo y discriminación


Por Óscar Silva Flores * -.


Cuando el sacerdote Toribio Ticona Porco fue nombrado en 2018, por el Papa Francisco, como el tercer cardenal en Bolivia, el segundo nacido en este país y el primero de origen indígena, la opinión nacional e internacional consideró que parecía que la Iglesia quería darle un nuevo rostro al catolicismo boliviano, marcado desde siempre por rasgos europeos en los rostros, en los nombres y en el lenguaje. La decisión del Sumo Pontífice fue vista con buenos ojos, más fuera que al interior del clero, porque se consideró un avance histórico para la ya anacrónica estructura clerical.

Desde su llegada a la silla de San Pedro, el párroco villero intentó mostrar que su papado podría marcar un antes y un después en la Iglesia católica, no precisamente en la que viene desde la antigua Roma, sino en aquella nacida con el Concilio Vaticano Segundo que, cuando menos, en las formas trató de mostrar un acercamiento con los pueblos, con la gente, al celebrar la misa en otros idiomas distintos al vetusto latín, en hacer que el cura celebrara la eucaristía mirando a su feligresía y ya no dándole la espalda y en pretender insertar a sus ministros en la cotidianidad de la gente, en las barriadas, en las minas y en el campo, dando lugar al nacimiento de esa importante corriente del catolicismo tercermundista.

Para Bolivia, el nombramiento del cardenal Ticona parecía una señal muy fuerte de los vientos de cambio en la jerarquía eclesiástica criolla. Además, podía considerarse como una voluntad de integración y reconocimiento al proceso de transformación histórica que vivía el país desde 2006, donde la presencia de los indígenas y los sectores populares había alcanzado un papel preponderante.

La participación de la Iglesia católica en la política no tiene nada de nuevo. Desde la Antigüedad la relación entre Iglesia y Estado, Iglesia y gobernantes, Iglesia y nobleza, ha sido una constante; en un determinado período ha sido la cabeza política y administrativa de algunos Estados, pero habitualmente ha estado siempre junto al poder político, muy cerca, sin importar el origen de dicho poder. De ahí que su vinculación con el nazismo, con el franquismo y con las dictaduras latinoamericanas de la segunda mitad del pasado siglo no sorprende a nadie, como también está demostrada su participación en la desestabilización del régimen soviético y sus aliados de Europa oriental a partir del papado de Karol Wojtila, Juan Pablo II.

En Bolivia, en general la jerarquía clerical ha estado del otro lado del pueblo, aunque hay que destacar que hubo sacerdotes identificados con los sectores más humildes y desprotegidos de la sociedad, fieles a su prédica cristiana, pero fueron pocos, aunque no por eso menos importantes, entre los que sin duda destacaron curas como Luis Espinal o Mauricio Lefevre, junto a decenas, seguramente, de otros que hicieron de su vida un verdadero apostolado en las minas, en los barrios populares y en el campo. Estos curitas “revolucionarios” o “tercermundistas” fueron abandonados a su suerte, echados de sus comunidades en algunos casos, solo por ir en contracorriente de su jerarquía.

Lo mismo está sucediendo con el cardenal indígena. El clero lo ha invisibilizado, lo ha aislado, no lo toma en cuenta ni en sus oraciones, como sí hacía con sus antecesores. Obviamente, ellos no fueron indios. Al parecer un príncipe de la Iglesia católica que lleve un rostro y un nombre indígena es una afrenta para los curas europeos y para los bolivianos que quieren parecer europeos en su forma de hablar y de pensar, esos que celebran misas y hablan a nombre de Dios y de Cristo. Pero no solo de ellos, sino también de esa su feligresía civilizada, occidentalizada, eurocentrista, fiel creyente, que los arropa constantemente y que eleva oraciones en coro por los pobres y los humildes, pidiendo que estos en la otra vida tengan todo lo que en esta vida no pueden tener.

Es pues una jerarquía clerical racista, clasista y discriminadora, no solo con el pueblo, sino con sus propios ministros que no retumben las características étnicas que suponen tener, así los discriminados hubiesen sido consagrados como príncipe de su propia iglesia. Sus intereses políticos, económicos y sociales son más fuertes que su prédica, más que los principios de su iglesia, más que la voluntad de su jefe máximo.


*       Periodista y abogado.

 

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