diciembre 4, 2021

La marcha silenciosa de los indígenas en Bolivia

Por Jasivia Gonzales-.


Llegó el día en que el alcalde del pueblo finalmente fue un indígena, un joven que se formó desde sus bases, tuvo suerte porque en su generación al menos los hombres ya aprendían a leer y a escribir, fue técnico de su comunidad en el proyecto de la ONG, luego fue presidente de ella y, finalmente, alcalde del municipio. Un municipio indígena con aymaras, quechuas, lecos y mestizos, con diversidad de actividades económicas, entre la agricultura, minería, aprovechamiento forestal y comercio, donde desde hace poco los indígenas participan también de las actividades mineras y donde todos se articulan en más de una actividad económica.

El joven alcalde al fin podría dar alcantarillado a la parte de su pueblo que ya había sido alcanzada por la mancha urbana, convirtiéndose en una sola ciudad. Estas casas aún no gozaban de los servicios básicos porque en las anteriores gestiones municipales, a la solicitud de este servicio por parte de los indígenas, el municipio les respondía: “Ustedes son indígenas y por usos y costumbres deben recoger el agua del río”. Pero hubo el día en que finalmente todos tuvieron alcantarillado, energía eléctrica y al parecer todos empezábamos a ser iguales ante la ley.

Así, en un diálogo con las comunidades de la Tierra Comunitaria de Origen (TCO) Leco Larecaja, sobre la tres dimensiones de la pobreza: material, social y espiritual (Artículo 18 [¹] Ley 300, 2012). Entendimos que la pobreza material o estructural hace referencia a la falta de servicios y de oportunidades de desarrollo personal, es el índice más fácil de usar porque se puede cuantificar en términos convencionales, además de ser la más empleada en los cálculos y proyecciones de desarrollo humano en sus diferentes escalas. A pesar de que los mismos organismos internacionales de cooperación para el desarrollo admiten que para entender la pobreza es necesario analizarla en un enfoque mutidimensional [²].

Sin embargo, para las comunidades indígenas Leco Larecaja, la pobreza social se entiende como el resultado del individualismo, la falta de participación, la no asistencia a la convocatoria de reunión donde se discuten los problemas de la comunidad, no asumir los compromisos colectivos, sociales y territoriales, incumplir las normas acordadas. Pero también se manifiesta cuando las personas olvidan sus orígenes, historia y herencia de la historia oral, generándose en ellas un gran vacío que lleva al miedo, el cual se expresa en varias formas de odio y descontento sin propuesta. De este modo, el ser humano se aísla en pensamiento y acción, lo que le lleva a una desesperanza, pérdida de fe, falta de alegría, entonces se habla de la pobreza espiritual (diálogo con comunidades de la TCO Leco Larecaja, Guanay, 2015).

El hermano indígena que ya tantos años había sido técnico de los proyectos de la ONG “en pro de los pueblos indígenas”, indica que pese a su experiencia sabe que la agencia implementadora no lo contrataría para coordinador, puesto que la convocatoria va dirigida solo a personas con títulos académicos como única evidencia de su know-how. A él solo le toca salir en la foto y poner su nombre en la lista de beneficiarios de los libros coloridos donde se muestran los estudios de caso e informes que exhiben el éxito de los proyectos de desarrollo para los indígenas. Este hermano indígena sabe que para cambiar esta clásica estructura de los “proyectos de desarrollo” debe trabajar mucho, así que fue minero, agricultor, comerciante, artesano, guía de campo y dirigente para conseguir que su hija sea ingeniera. Ahora ella forma parte del equipo de profesionales del proyecto de desarrollo.

Es evidente que las conquistas sociales y políticas de los pueblos indígenas se dejaron ver a partir de 1990 con la Primera Gran Marcha por el Territorio y la Dignidad, donde se logra el reconocimiento formal de varios territorios indígenas y anexa a la agenda nacional la planificación territorial indígena; la Segunda Marcha Indígena (1996) obtiene modificaciones en la Ley INRA para el reconocimiento de los TCOs; la Tercera Marcha Indígena (2000) es para la Tierra, Territorio y Recursos Naturales, y exige promover normas para reducir la pobreza y mejorar la productividad de estos sectores e  incorporar a los pueblos indígenas a la vida económica, social y jurídica del país, respetando su identidad y valores culturales; la Cuarta Marcha Indígena (2002) es para el agua, donde se unen indígenas del Oriente, Chaco, Amazonía y Altiplano, y se conquistó incluir en la agenda política la Asamblea Constituyente; la Quinta Marcha Indígena (2006) incorpora nuevos criterios a la Ley INRA para la evaluación de la Función Económica Social (FES) y hace que el derecho propietario y las tierras expropiadas o revertidas se distribuyan de manera gratuita a comunidades indígenas y campesinas [³]. Esa la marcha visible.

Pero hay otra marcha. En este activo proceso de construcción de nuestro Estado Plurinacional los indígenas de aquella Bolivia que los libros de historia la describen como el territorio usurpado no han dejado de marchar, hay una marcha silenciosa que está conquistando el espacio público y político, donde estamos reescribiendo la historia de la Bolivia soberana y pluricultural.


* Bióloga con doctorado en Ciencias Naturales, mención Botánica, Zoología y Geografía.


1 Ley 300, 2012. Capítulo IV Alcances de los objetivos del Vivir Bien a través del desarrollo integral, Artículo 18 (orientar la inversión y distribución de la riqueza del Estado con justicia social).    

2 Scoones, I. 2017. Capítulo 2: “Medios de vida, pobreza y Bienestar en Medios de Vida Sostenibles y Desarrollo Rural”. Serie: Cambios Agrarios y estudios del Campesinado, 4. Fundación Tierra, La Paz.

3 Clavijo Santander, D. 2011. “Un Recorrido por la Historia de las Marchas Indígenas”. http://www.revistasbolivianas.org.bo/pdf/eds/n1/n1a05.pdf.

 

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