mayo 16, 2022

El siglo de las crisis humanitarias

epaselect epa06588729 Yemeni children inspect the site of alleged Saudi-led airstrikes hit a building, killing at least nine people in Sana?a, Yemen, 08 March 2018. According to reports, the Saudi-led coalition?s warplanes allegedly pounded a neighborhood in Sana?a, killing at least nine people, including two women and four children, and wounded four others. EPA-EFE/YAHYA ARHAB

Por  José Galindo *-.


Los millones de desplazados y refugiados en el mundo que escapan de sus países de origen le deben su situación a un capitalismo del desastre que en lo que va de este siglo ha provocado más crisis humanitarias que el desarrollo de países pobres. El intervencionismo humanitario y las cruzadas por la democracia de Estados Unidos han hecho del Apocalipsis un hecho rutinario, en el que millones de personas pierden diariamente su mundo.

Con el vecindario latinoamericano atravesando un periodo de relativa estabilidad después de que 2021 viera una seguidilla de erupciones sociales, tal vez es necesario dirigir ahora nuestra atención hacia otras latitudes, a modo de respiro, aunque ello no implique la contemplación de mejores realidades que la nuestra. Debe llamarnos la atención que no es solo nuestro continente el que sufre migraciones masivas, situaciones que rayan en la guerra civil y crisis humanitarias. Desde Europa Oriental hasta África, pasando por Asia occidental e incluso en los propios Estados Unidos, sociedades enteras se enfrentan a los cada vez más caóticos designios del capitalismo global. Puede que sea exagerado, pero no estamos muy lejos de la verdad cuando sentimos de alguna forma que vivimos el siglo de las crisis humanitarias.

No solo son colombianos, venezolanos, hondureños y salvadoreños los que buscan escapar de sus países de origen empujados por situaciones extremas que constituyen una amenaza directa a sus vidas, sino también sirios, palestinos, congoleses, ucranianos, sudaneses, birmanos y muchos más. Según un dato del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur), para finales de 2020 la cantidad de refugiados y personas territorialmente desplazadas en el mundo alcanzó un máximo histórico de casi 80 millones de seres humanos, poco más del 1% del total de la humanidad.

Datos de esta última fuente señalan, por la cantidad de refugiados en el exterior, a los países de: Siria (6,6 millones); Turquía (3,6 millones); Venezuela (3,6 millones); Afganistán (2,7 millones); Sudán del Sur (2,2 millones); Colombia (1,8 millones); Pakistán (1,4 millones); Uganda (1,1 millones); Myanmar (1,1 millones), entre otros.

En todos estos casos se trata de países que han atravesado algún tipo de crisis social de proporciones épicas, lo que obligó a una gran parte de sus ciudadanos a huir irremediablemente. Aunque las causas varían de un caso a otro, destacan factores como inestabilidad política, crisis económica o rivalidades geopolíticas de otros Estados. Ni lo fortuito ni lo fatal explican la desventura de cada uno de los países señalados, sino factores eminentemente políticos. Los casos más próximos en Latinoamérica son la llamada “diáspora bolivariana” y los desplazados por la violencia en Colombia.

Las causas del desastre

Mentes ociosas se han dedicado desde inicios del siglo pasado a la reflexión e investigación acerca de las causas que conducen a civilizaciones enteras a desaparecer, en lo que algunos han llamado el campo de estudios de la colapsología o preocupación por la hecatombe societal. En la actualidad, desde la geografía, son famosos los trabajos de Jared Diamond acerca de porqué colapsan las sociedades. En su libro Colapso: Cómo las sociedades eligen fracasar o triunfar, el historiador y geógrafo advierte que, a lo largo de la historia, destacan cinco factores que explican la desaparición de una civilización:

  1. Impacto humano sobre el medio ambiente, tal como sucedió en la Isla de Pascua con el pueblo rapanui, cuya tala indiscriminada de árboles significó la condena inevitable de una sociedad para a cual no le era posible migrar hacia otros espacios;
  2. Cambios repentinos en el clima, como el que extinguió a varias tribus en Groenlandia durante de la Pequeña Era del Hielo, que bajó la temperatura mundial significativamente y que coincidió con el Medioevo;
  3. Desaparición repentina de lazos de dependencia con una sociedad benefactora, como pudo haberle sucedido a ciertos pueblos de Noruega que ya no pudieron comerciar con sociedades de las cuales dependían en su intercambio en la misma época que afectó a los pueblos de Groenlandia;
  4. Relación con sociedades hostiles, como fue el caso de los Imperios maya, azteca e inca, derrumbadas a manos de los españoles;
  5. Y factores políticos, económicos y sociales, como los que seguramente dictaron a la larga la decadencia y caída del Imperio romano.

Ahora bien, aunque ciertamente muchas crisis humanitarias tienen su origen en desastres naturales como los acontecidos en Honduras a finales de los años 90, o incluso el correlato catastrófico del huracán Katrina en Nueva Orleans, los primeros casos a los que se refiere Acnur son indudablemente de orden sociopolítico. Si a los 80 millones de refugiados que hay en todo el mundo a causa de guerras, conflictos internos, crisis económicas y demás, se añaden los millones y millones de personas que cruzan fronteras en busca de una vida mejor en el mundo desarrollado, la suma se triplica.

La tendencia es sostenida, tal como lo afirma el Migration Data Portal, de la Organización Internacional para las Migraciones: “Según las estimaciones de las Naciones Unidas, el número de migrantes internacionales a nivel mundial aumentó durante los últimos 20 años (entre 2000 y 2020), llegando a 281 millones en 2020. Esta cifra mantuvo la tendencia ascendente marcada por los 248 millones de 2015, los 220 millones de 2010, los 191 millones de 2005 y los 173 millones de 2000. En las últimas dos décadas, la población de migrantes internacionales aumentó, en promedio, un 2,4% anual”.

La globalización del colapso

Rosa Luxemburgo sostuvo en su famoso ensayo ¿Qué es la economía? que las crisis económicas a partir del advenimiento del capitalismo ya no podían ser consideradas como fatalidades independientes a la voluntad de los hombres, sino como la consecuencia, aunque involuntaria, de la acción humana en sociedad. Pues a diferencia de lo que sucedía con el productor campesino en el feudalismo, que debía mantenerse atento a que su cosecha no se viera afectada por una sequía o una inundación, ambos factores independientes de la sociedad, a partir de la revolución industrial, una crisis económica o una situación de escasez, serían más bien el resultado de lo que en esos tiempos ya se identificó como crisis de sobreproducción, en las que el exceso de productos fabricados bajo las leyes del capitalismo no encontraban demanda en el mercado, provocando, irónicamente, subconsumo y por lo tanto desempleo y pobreza, con todo lo que ello implica.

Pero el capitalismo tuvo consecuencias más amplias todavía. En El Manifiesto Comunista Marx y Engels advierten que el capitalismo da nacimiento a un mundo por primera vez global, donde la burguesía, conducida por su hambre de ganancias, subsume al resto del mundo bajo la lógica del capital, derribando muros y sociedades a su paso, para convertir a todos en productores y consumidores. Esta globalización que varios liberales de mercado creyeron haber descubierto recién a finales del siglo pasado, conectó a todo el planeta estableciendo, entre otras cosas, la división internacional del trabajo, y con ello las bases de la desigualdad universal. Pues hasta principios del siglo XX las diferencias en el ingreso per cápita entre un ciudadano argentino, por ejemplo, no eran muy lejanas a las de un estadounidense y británico, mientras que después de la Segunda Guerra Mundial las disparidades entre el mundo desarrollado y subdesarrollado se hicieron evidentes.

¿Qué tiene que ver todo esto con el advenimiento de la era de las crisis humanitarias que al parecer presenciamos?

Pues que los efectos del capitalismo son ahora tan globales que la concentración de la riqueza ya no se da solamente al interior de los países, sino entre países, haciendo de los ricos más ricos que nunca y a los pobres sideralmente más pobres en relación a aquellos. Al mismo tiempo, la creciente competitividad de un mundo donde nada está establecido de una vez y para siempre, ni siquiera el poderío económico, hace que el desarrollo entre Estados sea más una competencia que un camino compartido, poniendo la conquista de mercados y fuentes de recursos naturales a la orden del día.

Humanitarismo destructivo

Así llegamos al mundo actual, en el que la pobreza atraviesa a ciertos pueblos de tal manera que la cohesión social hace casi imposible la construcción de Estados modernos, cuya dependencia antagónica con los países desarrollados, hasta convertirse en casi semicolonias, añade una dimensión a todo el análisis de las crisis humanitarias: la geopolítica, que es en esencia la disputa por el control del territorio en términos políticos, militares, culturales y económicos. El choque de intereses entre potencias provoca guerras internacionales, y en ausencia de estas, debido a un orden mundial sostenido por las Naciones Unidas cada vez más frágil, guerras civiles.

Siria es el mejor ejemplo de ello. Como país estratégico para el control del comercio del petróleo en el Medio Oriente se convirtió en una prioridad para el gobierno de Estados Unidos, que asistió logísticamente a fuerzas armadas irregulares que ahora actúan como el Estado Islámico o ISIS, en busca del derrocamiento de su actual presidente Bashar Al Assad, bajo el siempre blandido justificativo de la defensa de los Derechos Humanos. El resultado de la desestabilización de este país ha provocado una de las peores crisis de refugiados de la historia reciente, con millones de personas tratando de llegar a territorio turco, y luego europeo, para escapar de las masacres en su país, innegablemente perpetradas por el gobierno de Assad, valga aclarar.

Pero Siria no es un caso excepcional. Lo fue de forma igual de dramática en su momento Irak, así como Afganistán. Con olas de refugiados provocadas por las intervenciones humanitarias del Imperio a principios de este siglo. Los millones de palestinos asesinados desde hace medio siglo, a los que se suman millones de refugiados, son ahora el resultado de la imposición de un gendarme local que le sirve como base de operaciones para el control de dicha región: el Estado de Israel, preso de un fanatismo sionista que legitima la diaria masacre de mujeres y niños en la Franja de Gaza.

Venezuela y Colombia, los dos países más afectados por la intervención de Estados Unidos, son también un testimonio de las buenas intenciones de la Doctrina Monroe y la convicción de los estadounidenses de su Destino Manifiesto. Venezuela, que hoy es víctima de un asedio económico y constantes tentativas de desestabilización política, tiene una diáspora migratoria que abarca todo el continente, y cuya situación en gran medida se explica por las incontables sanciones financieras y comerciales impuestas por Washington, hasta llegar a promover un embargo de medicamentos en plena pandemia del coronavirus. Y Colombia, cuyo régimen opresivo y dictatorial impuesto por las oligarquías terratenientes y del narcotráfico, es el segundo país de origen con la mayor cantidad de refugiados en el continente, debido a la constante matanza de líderes sociales y sindicales que hasta hoy ha cobrado la vida de más de 24 mil muertos en los últimos 60 años. Colombia es el Israel de Latinoamérica, solo que en un nivel más acotado que el barbarismo sionista, pues es la puerta de entrada al continente, de indudable importancia geopolítica.

Capitalismo del desastre

De la misma forma que la guerra es hoy un componente estructural de la economía estadounidense, a través del Complejo Industrial Militar, igual lo es el negocio de la reconstrucción y la ayuda humanitaria. De hecho, destrucción y reconstrucción son actualmente dos industrias tan valiosas como el petróleo por la cantidad de ingresos que generan. Por otro lado, situaciones de crisis extrema, reales o percibidas, constituyen un momento perfecto para hacer de lo que antes era políticamente imposible algo políticamente inevitable, parasafreando a la célebre investigadora Naomi Klein.

En La Doctrina del Shock: el ascenso del capitalismo del desastre Klein documenta cómo situaciones de crisis económica, política, social, climática o ecológica permiten a organizaciones como el Banco Mundial (BM) o el Fondo Monetario Internacional (FMI) intervenir en países de un modo que no hubiera sido posible cuando se encontraban gozando de estabilidad, como sucedió en la dictadura de Pinochet en Chile o en Honduras después de que el huracán Mitch golpeara sus costas en 1998, situación que fue aprovechada por ambos organismos, bajo el impulso de Estados Unidos, para imponer una agenda de privatizaciones que dejaron sin hogar ni trabajo a las víctimas del desastre natural, favoreciendo a empresas hoteleras y de ocio que buscaban controlar esas costas antes pobladas.

La reconstrucción de países golpeados por calamidades parecidas o por el intervencionismo humanitario de Estados Unidos es un negocio que movía, en el momento en que se escribió esta obra, y solo en el caso de Irak tras la invasión, 10 billones de dólares, llegando a impulsar la creación de la Oficina para la Coordinación de la Reconstrucción y la Estabilización, dirigida en 2004 por Carlos Pascual, exembajador de Estados Unidos en Ucrania. Lo lógica era intervenir países, destruirlos y luego reconstruirlos como un negocio. De acuerdo al artículo “El ascenso del capitalismo del desastre”, escrito por Klein para The Nation en 2005:

“En estrecha cooperación con el Conejo Nacional de Inteligencia, la oficina de Pascual mantiene en una ‘lista de vigilancia’ a países de alto riesgo y organiza equipos de respuesta rápida listos para acoplarse a la planificación pre bélica para ‘movilizar y desplegar rápidamente’ después de que un conflicto haya acabado. Los equipos están hechos de compañías privadas, organizaciones no gubernamentales y miembros de Think Tanks que, dijo Pascual a una audiencia en el Centro para Estudios Estratégicos e Internacionales en octubre (de 2004), tendría contratos para reconstruir países que todavía no habían sido rotos”.

Este siglo de crisis humanitarias es, sin duda, promovido por un capitalismo del desastre que nos conduce a una era de colapso civilizatorio.


  • Cientista político.

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