diciembre 2, 2022

Memoria, Verdad y Justicia


Por Boris Ríos Brito * -.


Las dictaduras dejan heridas indelebles, no se trata de la “mano dura” para poner orden, o de la eliminación de la “amenaza comunista”, o del control geopolítico de una potencia o del imperialismo, sino del disciplinamiento social, es decir, de la violencia sistemática y planificada sobre la sociedad para que aprenda a sangre y fuego a obedecer, a temer, a saber que detrás de la desobediencia viene la muerte, la tortura, el vejamen.

Es atroz que los regímenes dictatoriales hayan aprendido y perfeccionado técnicas y métodos para degradar a un ser humano, para “quebrarlo”, y que hayan experimentado las variantes de estas acciones y sus efectos en los individuos, en grupos particulares y en toda la sociedad.

Por ello, las heridas no cierran fácilmente y es necesario que tanto quienes vivieron en su carne el horror de las dictaduras, como quienes sufrieron por un familiar, un compañero o un amigo, y quienes simplemente conocieron la crueldad de lo sucedido, sanen, superen, desborden el silencio cómplice, la culpa y/o finalmente el miedo.

Nada, o casi nada, estuvo suelto en lo que hicieron, y eso es muy duro de superar para una sociedad tan golpeada como la boliviana, hablar de la tortura que hizo “soltar” infidencias, de sentir miedo e indefensión frente a quienes tenían todo el poder y el sadismo para imponerlo a toda costa y a cualquier precio, así como hablar de la violencia sexual aplicada con deleite por esas bestias, no es fácil.

Memoria: recuperar la historia para entender el presente no es un acto de panfleto o de académicos, tampoco se trata de un recuento de los hechos o de cómo “realmente han sido”, sino –acudiendo a Walter Benjamin– de mostrar los hechos tal y como estos se les han presentado a los que luchan contra la opresión en ese momento de peligro. Así, la memoria se convierte en instrumento de liberación frente a la historia de los opresores y abre la posibilidad de un tiempo de emancipación en donde las generaciones presentes y futuras tengan claro de lo que se trata y tengan presente el sufrimiento y opresión que vivieron quienes los antecedieron.

Verdad: saber la verdad de los hechos requiere esfuerzos serios y pormenorizados, no en vano quienes en el continente y en el mundo han asumido esta tarea desde diferentes comisiones de la verdad, han desarrollado protocolos con metodologías específicas producto de una mirada multi e interdisciplinaria basada en la empatía con la víctimas. Cuán valiosos han sido los testimonios de mujeres y hombres que han sobrevivido a las dictaduras y han decidido contar su verdad. Es triste ver cómo es tan fácil devaluar o falsear la verdad a conveniencia y siempre bajo la mediocridad que no hace ni lo necesario ni lo urgente.

Justicia: la justicia no solo es un hecho legal o declarativo, sino la acción de redención de la sociedad, reconociendo que sobre sus pies subyacen los huesos y el dolor de quienes ya no tienen voz propia, quienes no volvieron y no pudieron ser velados ni despedidos por quienes los amaban. Esas son las raíces de la historia reciente y de la propia sociedad, una especie de espejo que solo puede ser visto para quienes se atrevan a desempolvarlo.

Así, en una Bolivia dolorida y sin encontrarse, existen heridas abiertas que aunque sangren son negadas. Por ello, también, un golpe de Estado en 2019 es tan presente, no son solo por nuestros muertos de las masacres de Huayllani y Senkata que claman por justicia, sino por el lamento de los caídos en las décadas del 70 y del 80, esa deuda mal pagada, inconclusa, a la que no se ha tenido respuestas claras y dignas, y que es necesario zanjarla porque no ha dejado que muchos sueños y esfuerzos crezcan y vuelvan a florecer. Saber quiénes eran los que cayeron, cuál fue su historia, cuál su verdad es tan importante como castigar a quienes mellaron la dignidad y la vida y causaron dolor y dolo, esos monstruos que viven y mueren en impunidad hiriendo otra vez a una herida abierta.


*                      Sociólogo.

 

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