mayo 18, 2022

Una nueva biblioteca para Potosí

Por  Luis Oporto Ordóñez * -.


La afición por la lectura genera un resultado esperado: formar una colección que con el tiempo se convierte en una biblioteca. Durante la existencia del dueño, la colección crece de manera notable para solaz de su propietario que usa las obras para su deleite y para documentar sus propias investigaciones.

Las dramáticas historias de las bibliotecas particulares ilustran esa obsesión de coleccionar libros, pues cuando fallecen los propietarios el destino de las colecciones que formaron con tanto cariño, y a tan grande costo, desaparecen con mucha frecuencia.

Antonio Paredes Candia relata las vicisitudes de las bibliotecas al desaparecer sus propietarios: “La hermosa biblioteca de Agustín Aspiazu fue usada por su viuda como combustible para la preparación de api, en la antigua calle Lanza”, provocada por el escondido resentimiento que cobijó la dama, al ver que el ilustre sabio amaba más a sus libros que a ella y por esa pasión descuidó el hogar. Cuando falleció aquel, su esposa ordenó a su lacayo ensacar los miles de ejemplares en sacos cosidos. Luego de las exequias, la joven ayudante de la viuda le reclamó que no había comprado combustible para encender el fogón. La dama, con su mirada en el horizonte y una mueca de placer le respondió: “desde hoy vas a usar esos sacos para encender el fogón”. La niña descosió el primer cotencio y sacó las hojas de los libros y los fue extinguiendo por fuego, cada día.

Desgraciada suerte corrió la Biblioteca de Hernán Paredes Candia, rematada de cinco en cinco, de 10 en 10, por un martillero ignorante. La Biblioteca de Don Antonio Gonzáles Bravo, reunida pacientemente, muchas veces privándose de lo indispensable, [fue] vendida casi al peso para deshacerse de cosas inútiles que llenaban la casa, de aquella mala gente que la heredó. Muy parecido fue el destino de la Biblioteca de Don Modesto Omiste, que la vendieron a peso, ni más ni menos como si fueran papas o cebollas. La historia más lacerante es la de la Biblioteca de Ismael Sotomayor y Mogrovejo, que su mismo propietario se encargó de pignorar, quien ya dominado por el alcohol, sacaba un volumen de su magnífica biblioteca e iba a ofrecerlo a alguien que le arrojaba unos pesos por el libro, destruyendo así poco a poco su obra.

Es ya costumbre generalizada que a la muerte de sus propietarios las bibliotecas que formaron son distribuidas entre los deudos, quienes se llevan preciados recuerdos, generalmente las obras más vistosas, con encuadernaciones primorosas y las más extensas en volumen. Otros tasan el valor de la colección y se esfuerzan en venderla a alguna institución de ciencia y cultura, muchas veces sin éxito, por lo que el destino de esas colecciones es el de los negocios de compra venta, donde se entregan los ejemplares a precios irrisorios.

Pocos, pero felizmente los hay, deciden buscar una institución cultural para ofrecerlas en calidad de donación, con pequeñas exigencias, como que se identifique con propiedad el nombre del propietario y se haga un homenaje a su existencia o trayectoria. Es el caso notable y loable de la Biblioteca de Wilson Mendieta Pacheco, “el más ilustre potosino nacido en Tarija”, como suelen decir en la Villa Imperial, conformada por cuatro mil 200 ejemplares, donada a la Fundación Cultural del Banco Central de Bolivia por sus hijos Pablo y Patricia Mendieta Ossio, en acto realizado en la Casa Nacional de Moneda el 1 de abril de 2022.

Wilson Mendieta Pacheco

Nació el 1 de abril de 1831, en Padcaya, Tarija, donde estudió la primaria. A los 15 años ingresó a la Escuela Normal Juan Misael Saracho de Tarija y durante 10 años desempeñó funciones de profesor en una escuela de YPFB en Bermejo, donde fundó El Petrolero, impreso en Salta, Argentina. Allí encontró su verdadera vocación: el periodismo. Estudió periodismo en la Escuela Latinoamericana de Buenos Aires (1956); fue becario de los Cursos Internacionales de Verano de Periodismo y Literatura de la Universidad de Chile; participó en el XIII Curso de periodismo y Documentación Española, en la Escuela Oficial de Periodismo y en el Seminario de Economía para Periodistas en Palma de Mallorca.

Abrazó con pasión irrefrenable la noble profesión del periodismo, terciando entre la radio y la prensa. En aquella ciudad fronteriza crea la Radio Bermejo con Nelson Aguirre Vaca. Su labor periodística rinde frutos pues es designado corresponsal del Guadalquivir, publicado en la capital, Tarija, y de El Intransigente de Salta. En 1966 funda su propio periódico: El Bermejo.

En su faceta sindical es elegido Secretario de Prensa y Propaganda de la Federación Sindical de Trabajadores Petroleros de Bolivia, trasladándose a La Paz en 1958, descollando en intensa labor en Radio Illimani, y vuelve a imprimir El Petrolero, con YPFB, esta vez con circulación nacional. En esa época tiene intensa actividad política integrando el grupo Espartaco, la Asociación de Periodistas de la Paz y la Federación de Locutores de Bolivia. Allí descubre su otra vocación y la cultivará con éxito durante su trayectoria: la de escritor. Sus primeras obras impresas las dedica a la narrativa: Murmullos del Guadalquivir; ensayo: Folklore tarijeño; y cuentos infantiles: Gotas de petróleo. Con el tiempo sumará numerosos títulos a su producción intelectual versada en narrativa y memoria histórica patrimonial.

En 1966 radica en Potosí, donde funda Radio Kollasuyo con un grupo de colegas y amigos y da un salto cualitativo al fundar el periódico El Siglo. Es nombrado corresponsal de Presencia y Hoy, prestigios periódicos de La Paz. Afirma que “El Siglo devolvió a Potosí después de 40 años, el sitial que en otros tiempos tenía en el periodismo nacional”, medio de comunicación de masas con el que incursiona en el periodismo cultural y auspicia la edición de estudios literarios, históricos y periodísticos. En sus reflexiones señala que “el ejercicio del periodismo durante más de 40 años ha servido para inclinarse hacia la memoria histórica”, especialmente luego de su incorporación a la Casa Nacional de Moneda como director titular, en 1989, cargo en el que permaneció por 14 años.

Ingresa a la Universidad Tomás Frías como Jefe de Relaciones, Director de Cultura y Director de Extensión Cultural, Presidente de la Unión de Escritores y Artistas de Potosí y miembro de la Sociedad de Geografía e Historia Potosí, cenáculo de la historiografía en la Villa Imperial; de la Academia Bolivia de la Historia, la Sociedad Geográfica e Histórica de Tarija, es socio del Consejo Internacional de Museos. Fue Vicecónsul honorario de España en Potosí en dos gestiones y cónsul de Bolivia en Salta. Su obra como periodista y hombre de cultura fue reconocida a nivel nacional e internacional, con premios nacionales e internacionales.


  • Magister Scientiarum en Historias Andinas y Amazónicas y docente titular de la carrera de Historia de la UMSA.

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