mayo 16, 2022

Dos discursos en el Día de la Madre Tierra


Por  Carla Espósito Guevara * -.


El 22 de abril cada año se celebra el Día Internacional de la Madre Tierra, declarado en la Asamblea General de Naciones Unidas a iniciativa de Bolivia. Este año, como parte de esa conmemoración, tanto el presidente Luis Arce, como el vicepresidente David Choquehuanca, plantearon sus lecturas sobre la crisis ambiental a través de dos discursos. Mi objetivo es analizar ambos discursos, porque creo que expresan posiciones políticas distintas respecto al tema ambiental que merecen algunas líneas.

El presidente Arce parte por reconocer una múltiple crisis ambiental. Plantea que su origen radica en la reproducción ilimitada del capital que genera desigualdades y precipita rupturas en la capacidad reproductora de la Tierra. Asimismo, toma distancia de la propuesta inicial de Bolivia en la ONU sobre la Madre Tierra, planteada el año 2009, que proponía una mirada sobre la naturaleza y sus derechos sin consideraciones explícitas a los problemas sociales y económicos. A diferencia de aquella, Arce traza ahora un enfoque complementario de derechos económicos y ecológicos. Pone en lugar central el tema de las desigualdades, la necesidad de redistribución de la riqueza y de justicia social y económica, así como la importancia de crecer distribuyendo. Dice, además, que la defensa de la Madre Tierra no es abstracta, sino resultado de las luchas. Esto acerca su discurso a las propuestas clásicas del G77 y a las teorías cepalinas del desarrollo. Planteamientos enmarcados dentro de la modernidad latinoamericana.

El discurso del vicepresidente Choquehuanca es pleno de metáforas que personifican y dan atributos humanos a la naturaleza, como “el llanto de los árboles” o las “lluvias atormentadas”. Metáforas propias de civilizaciones donde la unidad humanos-naturaleza no se ha roto. De donde proviene el concepto de Madre Tierra, que expresa una relación distinta naturaleza-seres humanos a la del mundo occidental.

Él no parte de una crítica al capitalismo, sino de la modernidad. Habla de una crisis civilizacional, pero su crítica es cultural. No hace mención alguna a las dinámicas del capital y, en su lugar, habla de “fuerzas destructoras”, de “fuerzas tiránicas de la humanidad y de la Madre Tierra”, de “emociones destructivas y dolorosas”. Planteadas así las cosas, podría colegirse que la crisis ambiental sería el resultado del movimiento abstracto de esas fuerzas y no de la dinámica económica del capital.

El segundo mandatario plantea también que “la sabiduría heredada de los ancestros señala que, a partir de los 90, el décimo Pachacuti estará al mando del proceso de liberación de la Madre Tierra”, lo que parece indicar que este no es producto de las luchas sociales concretas de los pueblos originarios, sino de una profecía que lleva a un despertar político y de la conciencia de los pueblos producido por la “energía del sol”. La comprensión del momento de revelarse proviene “de fuerzas invisibles del cosmos” y la rebelión debe disolver las leyes que comunican las fuerzas tiránicas y destructivas para regresar a “las leyes de la naturaleza”.

Tenemos acá dos visiones y dos posturas políticas sobre la crisis ambiental. La de Arce fija una crítica del capitalismo, técnica y política, que abreva del cepalismo y se enmarca dentro el gran paraguas de propuestas modernas. La de Choquehuanca, que propone una lectura antimoderna, aunque no necesariamente anticapitalista, y acerca a la vertiente multiculturalista.

Mi crítica honesta es que veo en este último un discurso esotérico que disuelve las causas de la crisis ambiental en fuerzas ocultas, así como las luchas sociales en profecías guiadas por energías naturales y cósmicas abstractas, que corre el riesgo de despolitizar el problema al no existir actores ni fuerzas materiales concretas que lo producen.


*       Socióloga y antropóloga.

 

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