
Por M. Molina Vargas *-.Rafaela
Una de las crisis más preocupantes de nuestros días es, sin duda, la crisis ecológica, parte de la crisis sistémica y vinculada a las desigualdades históricas. Sin embargo, con mucha frecuencia se aíslan los problemas ambientales de las profundas fracturas que los generan o perpetúan.
Fractura doble
“La fractura colonial separa los humanos y los espacios geográficos de la Tierra entre colonos europeos y colonizados no europeos, entre blancos y no-blancos, entre cristianos y no-cristianos, entre amos y esclavos, entre metrópolis y colonias, entre países del Norte y países del Sur”. Con estas palabras Malcom Ferdinand describe la fractura colonial, que es erróneamente disociada de la fractura ambiental/ecológica en el mundo [1].
Además de las divisiones entre gentes y espacios, la fractura ecológica puede ser entendida como una “ruptura metabólica” entre el ser humano y el resto de la naturaleza. Sin embargo, dicho universalismo del concepto de “ser humano” ha sido ocupado y construido sobre parámetros concretos asociados a los colonizadores del mundo [2], de ahí la importancia de comprender el sistema-mundo con esa doble e indisoluble fractura ecológica y colonial.
Esta fractura doble hizo posible la instauración del sistema capitalista, como un instrumento necesario para el despojo histórico y la reconfiguración del mundo. Este sistema no solo se basa en la búsqueda del máximo beneficio a costa de la explotación de países colonizados, de mujeres y de los ecosistemas, sino que defiende la idea de que debe existir la especialización de acuerdo al rol que nos asigna el mercado en su infinita sabiduría. Esto, en palabras de Eduardo Galeano, “consiste en que unos países se especializan en ganar y otros en perder” [3]. Décadas de propaganda han moldeado la manera en que nos vemos y cómo buscamos soluciones.
Pensar y habitar en clave colonial
Aún ahora se afirma, con espontaneidad y sin comprender la mentalidad colonial que carga detrás, que la especialización internacional de la producción es adecuada y conveniente. Así, varios creen que los países del Sur deberían seguir produciendo productos básicos a bajo precio, mientras Europa y el Norte deberían continuar desarrollando tecnología e industrializando y vendiendo los productos con mayor valor agregado. Por otro lado, esta especialización internacional del trabajo no considera el gran impacto ecológico que implica el transporte de alimentos y productos de una región del planeta a otra.
Esta visión que sostiene la explotación de los ecosistemas y recursos naturales del Sur Global para el máximo beneficio del Norte, mientras niega a la población colonizada, constituye una manera de subsistir en el mundo. Es lo que Ferdinand llama el “habitar colonial” [4]. Y este “habitar colonial” se originó sobre la masacre y exterminación de indígenas y negros, y se sostiene sobre su epistemicidio, que intentó borrar el legado y la construcción de nuestros pensamientos, cosmovisiones y horizontes propios.
Este fenómeno no solamente destruye, también crea nuevas categorías y actores que las defienden, reproduciendo las divisiones entre “buenos” y “malos” indígenas, basadas en la noción colonial del “buen salvaje ecológico” [5] y que se reproducen ahora para diferenciarlos, por ejemplo, en cuanto su rol en la construcción de los Estados y su relación con el sistema capitalista.
Instrumentalización del “buen indígena ecológico”
Lamentablemente estas lógicas de conservación, que mantienen la dominación de países desarrollados sobre los colonizados, y la que niega e invisibiliza las desigualdades sociales y los efectos del neoliberalismo, son reproducidas por numerosos ambientalismos en América Latina. Es así que el mayor problema y el mayor triunfo de la colonialidad es que no solo la reproduce el colonizador, sino que es fortalecida por el colonizado, quien lejos de cuestionarse la visión impuesta del mundo la reproduce y refuerza. Un excandidato a la presidencia de Ecuador es probablemente el ejemplo más ilustrativo de ello.
Carlos Ranulfo Pérez Guartambel se cambió de nombre a “Yaku”, o agua en quechua, en el marco de la campaña electoral de 2017 como parte de su “branding” como indígena, ecologista, feminista, animalista y defensor de agua. En dicha elección prefirió poner en el gobierno al neoliberal banquero Lasso antes que permitir que la línea política de Rafael Correa retornara.
Su comportamiento ha demostrado la superficialidad de sus posiciones y su predisposición a ser funcional al proceso reaccionario que vive su país. Él, como otros indígenas o “defensores” de indígenas, ataca fuertemente “el extractivismo” y el supuesto autoritarismo de los gobiernos progresistas, pero calla respecto a los gobiernos de derecha. Tampoco se pronunció sobre las masacres de Senkata y Sacaba en 2019, perpetradas durante el gobierno de facto de Jeanine Áñez, y de hecho apoyó el golpe de Estado en Bolivia, el intento de golpe en Nicaragua y a los movimientos antidemocráticos en Brasil, Venezuela y Argentina.
Su incoherencia no solamente es política. A pesar de que una de sus banderas centrales ha sido la defensa del agua, como parte de una campaña planetaria en defensa de la vida, afirma que “neoliberales, comunistas, socialistas”, todos van a tener que defender el agua y la diversidad. Con esta falsa equivalencia ideológica en una “diversidad de colores”, es evidente que Yaku quiere enterrar la ecología política. Su proyecto ignora o quiere ignorar lo ocurrido en la Guerra del Agua en Bolivia, cuando el neoliberalismo intentó privatizar hasta el agua de lluvia, explotarla para intereses de grandes empresas, y mercantilizarla inmisericordemente quitando derechos a los sectores más vulnerables y empobrecerlos.
Yaku se niega a reconocer lo que la historia de América Latina nos ha demostrado: que el neoliberalismo como manifestación del capitalismo es incompatible con la lucha por el agua, por la biodiversidad, por los sistemas ecológicos y por la Madre Tierra que nos incluye. Es así que su “ambientalismo” lo lleva a criticar al progresismo, pero a apoyarse y mantener relaciones cercanas con Estados Unidos.
En este sentido, como parte fundamental de la construcción de nuestro horizonte y de la descolonización, es necesario ser críticos ante la romantización e instrumentalización de la visión indígena sobre lo ambiental. Necesitamos construir ecologismos que dejen de ser una máscara de la injerencia internacional, de reproducir visiones coloniales, y que busquen la justicia ecológica que incluye fundamentalmente la justicia social.
Los ecologismos desde el Sur deben construirse necesariamente sobre la interpelación del actual sistema-mundo capitalista y de ese habitar colonial para que puedan ser desmontados.
- Bióloga, con una maestría en Ecología, Biodiversidad y Evolución por la Universidad La Sorbona, ecosocialista, feminista, miembro de la Brigada Madre Tierra.
1 Ferdinand, M. (2019). Une Écologie Décolonial; penser l’écologie depuis le monde carïbéen. Éditions du Seuil.
2 Ídem.
3 Galeano, E. (1985). Las Venas Abiertas de América Latina. México, Siglo XXI.
4 Ferdinand, M. (2019). Une Écologie Décolonial; penser l’écologie depuis le monde carïbéen. Éditions du Seuil.
5 Ver Rafaela M. Molina Vargas. “Pueblos indígenas y conservación en la ecología-mundo”. Edición impresa 931 de La Época, del domingo 3 al sábado 6 de octubre de 2021. https://www.la-epoca.com.bo/2021/10/08/pueblos-indigenas-y-conservacion-en-la-ecologia-mundo/.

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