agosto 11, 2022

De la casa de los condes a la casa de las artes

Por Daniela Ángela Leytón Michovich *-.


Plaza Daza (1986) relata la ostentosa vida de los Condes Yañez de Montenegro, una familia adinerada que tenía residencia en la localidad de Oploca. Se narran parajes de ensueño, fuentes rodeadas de jardines, una iglesia parcialmente construida (1885) portadora de cuadros empotrados y un singular campanario con siete campanas todavía más antiguas.

Plaza Daza afirma que esta casona está llena de mitos e historias, es otra de las propiedades de los Condes, la Casa Eguía-Yañe, ubicada entre las calles Chorolque y Avaroa, en Tupiza. Durante la Colonia esta edificación pasó de ser el Corregimiento de los Chichas, Sala de Audiencias del Pueblo y Banca de Rescates (1650-1700). En la República fue el Edificio de la Municipalidad de Tupiza, consulado de la República Argentina (1859) y finalmente la Escuela de Bellas Artes “Alfredo Domínguez”.

Se trata de una edificación descrita por Plaza Daza como “colonial renacentista; de balcones y molduras sencillas, siendo sus columnas en la parte interna capiteles corintios, arcos de medio punto, cielo raso en bóvedas, paredes de características muy robustas […] materiales combinados entre locales y extranjeros, locales con cañahuecas, techos y paredes de barro, empapelados y decoración de interiores de influencia extranjera”.

La Casa Eguía-Yañez fue declarada como Patrimonio Histórico Cultural el 6 de septiembre de 1984. El autor no menciona más que las primeras descendencias de los Condes, por lo que la edificación pareciera no haber tenido dueño ni herederos hasta el momento de su expropiación, para destinarlo a la Escuela de Bellas Artes, que recibió apoyo de las organizaciones vivas como la Acción Chicheña, la Escuela “Gran Mariscal de Ayacucho”, el Colegio “Tupiza”, el Sindicato Ferroviario de Tupiza, la Central Obrera Regional del Sud y el Comité Cívico de los Chichas.

La ocupación de esta infraestructura en los tempranos años 80 se retrata en la memoria de los actores locales como revolucionaria, imprimiendo así un fuerte valor simbólico a la toma de la casa: “Hacemos conocer a este centro nuestro máximo apoyo a la resolución tomada en forma valiente y consecuente con los postulados de una Revolución Cultural” (Central Obrera Regional del Sud), como constata Plaza Daza.

“Recuerdo las noches de la expropiación, nos organizamos para dormir en el edificio por temor a que nos desalojaran, esto fue por un periodo de dos semanas. Lindas fueron nuestras reuniones alrededor de una fogata, siempre atentos y seguros de nuestros propósitos; allí esperábamos la aprobación del Senado Nacional, que finalmente llegó. De esa manera construimos el arte y la cultura de nuestro pueblo”, relató el alumno Anival Velásquez.

Las políticas culturales como un campo de lucha y la gestión cultural como una deuda pendiente

La fundación de la Escuela de Bellas Artes “Alfredo Domínguez” sucede el 15 de abril de 1983 mediante Resolución Ministerial Nro. 24 con fecha 4 de abril de 1983. Esta escuela muestra en sus dos primeros años de vida un importante ímpetu organizativo de los docentes y el alumnado que decanta en una serie de actividades organizadas con la finalidad de promocionar el arte en la localidad.

El proceso de toma del edificio permite comprender en primera instancia el potencial simbólico resignificado por más de una vez, de tal forma que se crea sobre una misma construcción física la sedimentación progresiva abigarrada de múltiples memorias donde la política cultural evidencia ser un campo de lucha por los significados.

Este suceso se adelanta a uno de los hitos claves para la región latinoamericana en la década del 90, como fue la crítica a un modelo de pensamiento que planteaba culturas homogéneas, que finalmente recaería en la concepción de la posibilidad de Estados plurinacionales. La diversidad daría lugar a reflexiones pertinentes a los derechos culturales y la importancia de la consideración de una política cultural en términos equitativos y en relación a políticas económicas-educativas, como afirma Juan Luis Mejía.

Así, es el espacio cultural donde se movilizan las identidades que serán un punto clave para comprender una comunidad política que se ve reforzada por una ola de replanteamientos en torno a lo cultural, en que lo indígena y lo popular no solamente se logra comprender en términos de pasado sino en términos de proyecto, como propone Manuel Antonio Carretón.

En la actualidad la gestión cultural es una deuda pendiente que requiere de un proceso de planificación en diálogo con la población, pasos que dispositivos como el control social plantean de forma intuitiva, como un potencial aporte a un modelo de gestión cultural híbrido de los bienes patrimoniales. Al respecto, las recientes intervenciones en la infraestructura de la Casa de Bellas Artes lograron la convocatoria de los pobladores tupiceños, quienes se constituyeron como control social. De esta forma, el 6 de mayo de 2022 se estableció un diálogo en el que participaron la Asamblea Departamental de Potosí, el Concejo Municipal de Tupiza, técnicos de la Alcaldía de Tupiza, la Gobernación de Potosí, el Comité Cívico de Tupiza, el Colegio de Arquitectos de Tupiza y representantes de la sociedad civil. La demanda fue que la empresa constructora encargada de la restauración del edificio se comprometa a llevar a cabo un trabajo que conserve este bien patrimonial.

Finalmente, siguiendo a Queirol, es trascendental dar el salto que lleve a la comprensión de un “patrimonio integral, en la medida en que lo cultural y lo natural son inseparables”. Al respecto considero que cada intervención y re-invención del espacio marcan un potencial aporte vivo, dinámico, permanente, por lo que se necesita una experticia sensible capaz de identificar mecanismos claves, muchos de ellos ya insertos en la práctica de la movilidad social, que hagan a la observancia del proceso y a su vez a la protección del bien histórico cultural con horizonte de proyecto.


  • Casa Eguía-Yañez

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