agosto 16, 2026

El alma guevarista de América Latina

Por José Galindo *-.


Más allá de los deseos y las buenas o malas intenciones, lo cierto es que, a pesar de haber muerto hace más de medio siglo, algunas ideas defendidas por el Che todavía resultan pertinentes para América Latina, hoy asediada nuevamente por el imperialismo estadounidense. Tales circunstancias no hacen más que revigorizar la rebeldía de una Región que en los últimos 23 años no ha hecho otra cosa que evocar la memoria del mítico guerrillero.

Ernesto Guevara de la Serna nació en Rosario, Argentina, un 14 de junio de 1928 y murió asesinado en un pequeño pueblito de Bolivia llamado La Higuera el 9 de octubre de 1967, a manos de soldados bolivianos entrenados por tropas estadounidenses. Desde entonces, su espíritu recorre las pesadillas de las élites latinoamericanas, acosadas por su imagen incluso fuera del continente. Aunque el contenido de su legado se debate todavía al interior de la propia izquierda, no hay duda de que se trata de una de sus figuras señeras, a la que muchos jóvenes y no tan jóvenes del mundo subdesarrollado tratan de emular lo mejor que pueden.

Jean Paul Sartre lo describió como el hombre más completo de su época, y Eduardo Galeano lo llamó “El Nacedor” por su irredimible tendencia a seguir naciendo a pesar de la insistencia de continuar declarándolo muerto tanto a él como a sus ideas, mientras que los descendientes de sus verdugos militares aún celebran su ejecución a solo unos kilómetros de donde sus seguidores evocan su figura. Poco después de que el poder le cayera como un regalo del cielo tras un golpe de Estado, Jeanine Áñez se apresuró en renombrar la Escuela Antiimperialista “Juan José Torres” como Escuela Militar de Ingeniería “Héroes de Ñancahuazú”, sumándose a los discursos conservadores que hasta ahora consideran necesario conjurar el espectro del mítico guerrillero.

Hasta la fecha, tanto su imagen como sus ideas han germinado en los pueblos del Tercer Mundo, más allá de lo que se creía posible tras la caída del campo socialista a principios de la década del 90. En esto tuvieron mucho que ver los gobiernos progresistas que comenzaron a extenderse por la Región a principios de este siglo, con Hugo Chávez, Rafael Correa y Evo Morales como sus liderazgos más radicales, así sea solo en términos discursivos, como cuando se cambió el lema del Ejército boliviano de “Subordinación y constancia” al guevarista “Patria o Muerte, venceremos”. Así haya sido como un ícono, el Che regresó a América Latina de la mano de gobiernos indiscutiblemente populares y relativamente antiimperialistas.

Aspecto este último que seguramente hubiera enorgullecido al Che Guevara, quien además de guerrillero y dirigente era, sobre todo, un consumado comunista que profesaba la liberación de los pueblos del Tercer Mundo, independientemente de toda esfera imperial o hegemónica, rechazando incluso el tutelaje soviético, pero, además, furibundamente opuesto al intervencionismo yanqui, cuyos efectos el mismo ya conocía de primera mano al haber sobrevivido al derrocamiento de Jacobo Árbenz en la Guatemala de 1954.

El Che como expresión del latinoamericanismo

Su aporte al pensamiento político latinoamericano está marcado por los efectos que tuvo la ampliación de la influencia estadounidense después de que este país se consolidara como la principal potencia mundial tras la Segunda Guerra Mundial, pudiendo ser considerado una piedra fundamental en la construcción de una identidad latinoamericana. Entre sus principales aportes al pensamiento socialista continental se encuentran: el socialismo tercermundista, el hombre nuevo guiado por impulsos morales más que materiales, y un antiimperialismo innegociable.

Para el Che, el socialismo era más que una forma de gobernar y distribuir la riqueza, sino el camino que debía seguir todo el Tercer Mundo, que, para su época, además de Latinoamérica, incluía también al África y parte del Asia, cuyas naciones habían inaugurado sus guerras de liberación nacional o sus respectivos procesos descolonizadores. No es poco lo que adoptó de estas experiencias, llegando a conclusiones muy similares a las que proponía otro gran exponente del marxismo tercermundista: Franz Fanon, igualmente muy estimado por Sartre. De hecho, para los años 60 la división internacional del trabajo ya se manifestaba en formas de dependencia modernas que otras escuelas e intelectuales analizaron a profundidad a través de la Teoría Marxista de la Dependencia y la Teoría de los Sistemas Mundo. En todo caso, el tercermundismo estaba en su auge.

Así, en su famoso manifiesto “Mensaje a los pueblos del mundo a través de la Tricontinental” el Che llama a la unión de los explotados de África, de Asia y de América Latina, pero que vaya más allá de las declaraciones formales y diplomáticas, con su conocido desafío de “crear dos, tres Vietnam”. Y para demostrar que lo suyo no era solo una demostración retórica, lideró una campaña guerrillera en el Congo que terminó fracasando, sin que ello lo desanimara a intentarlo nuevamente, esta vez en Bolivia.

Era muy claro, pues, cuando sostenía:

“En definitiva, hay que tener en cuenta que el imperialismo es un sistema mundial, última etapa del capitalismo, y que hay que batirlo en una gran confrontación mundial. La finalidad estratégica de esa lucha debe ser la destrucción del imperialismo. La participación que nos toca a nosotros, los explotados y atrasados del mundo, es la de eliminar las bases de sustentación del imperialismo: nuestros pueblos oprimidos, de donde extraen capitales, materias primas, técnicos y obreros baratos y a donde exportan nuevos capitales –instrumentos de dominación–, armas y toda clase de artículos, sumiéndonos en una dependencia absoluta. El elemento fundamental de esa finalidad estratégica será, entonces, la liberación real de los pueblos; liberación que se producirá, a través de lucha armada, en la mayoría de los casos, y que tendrá, en América, casi indefectiblemente, la propiedad de convertirse en una revolución socialista” (“Mensaje a los pueblos del mundo a través de la Tricontinental”).

El hombre nuevo y los impulsos morales

“El socialismo económico sin la moral comunista no me interesa. Luchamos contra la miseria, pero al mismo tiempo luchamos contra la alienación”, es una de sus frases más conocidas, expresada cuando era Ministro de Industrias de una Cuba revolucionaria que recién daba sus primeros pasos.

Esta preocupación por el rol que debía jugar el individuo y la gente en tiempos de profundos cambios se vería plasmada en su conocido ensayo “El socialismo y el hombre en Cuba”, que trataba de proponer una nueva antropología humana que desmintiera el mito del hombre egoísta que estaba en la base de la concepción capitalista del ser humano. A esto debía sumarse el desafío que representaba no solo el capitalismo, sino también el ejemplo del socialismo real de la URSS postestalinista, fuertemente burocratizada y concentrada en la Guerra Fría entablada contra los Estados Unidos.

Su escrito puede resultar un tanto misionero para los estándares actuales, sobre todo cuando se trata de describir la relación entre el hombre y las masas, que en aquellos tiempos constituían lo principal de casi todos los movimientos populares. Pero no deja de ser por ello una teorización profunda que extiende la problematización del individuo a los terrenos de la producción y la cultura, dialogando con las reflexiones de Marx sobre la alienación. Entre otras cosas, se trataba de encontrar nuevos estímulos que guiaran la conducta humana más allá del deseo por consumir cosas. Así, por ejemplo, dice:

“Intentaré, ahora, definir al individuo, actor de ese extraño y apasionante drama que es la construcción del socialismo, en su doble existencia de ser único y miembro de la comunidad (…) Creo que lo más sencillo es reconocer su cualidad de no hecho, de producto no acabado. Las taras del pasado se trasladan al presente en la conciencia individual y hay que hacer un trabajo continuo para erradicarlas (…) El proceso es doble, por un lado actúa la sociedad con su educación directa e indirecta, por otro, el individuo se somete a un proceso consciente de autoeducación” (“El socialismo y el hombre en Cuba”).

Ni un tantico así

Finalmente, la piedra angular de todo su pensamiento, forjada a través de la praxis y sellada a sangre y fuego: su antiimperialismo, que comenzó a forjarse luego de su segundo viaje por Latinoamérica, que lo llevó a presenciar los efectos del intervencionismo yanqui sobre todo en Centroamérica, entonces virtualmente colonizada por el capital monopolista estadounidense, con empresas como la United Fruit Company ejerciendo un poder indiscutible sobre gobiernos y pueblos enteros, que no por nada llegaron a llamarse, despectivamente, “Repúblicas Bananeras”.

El imperialismo estadounidense, al mismo tiempo, debía ser un factor de unión entre los pueblos explotados del mundo, fuente de penurias, así como de solidaridad obligada: “…Solamente hay un enemigo común que reúne todas las enemistades que puedan caer sobre nuestro pueblo: es el que significa asesinato, represión política, opresión económica, distorsión de nuestra economía, y ese enemigo es el imperialismo”.

Inclemente como era, llevó su antiimperialismo a todos los espacios, alejándose peligrosamente de las condiciones que la diplomacia le imponía a la Cuba que acababa de liberar junto a Fidel Castro, que era una isla pequeña situada justamente al sur de la potencia militar más grande que haya visto la historia de la Humanidad, y esto en plena era de tensión nuclear. Pero se juzgue como se juzgue aquella osadía, valentía o desprecio por el peligro, lo cierto es que era una radicalidad acompañada de actos y de llamados constantes a todos los pueblos del mundo. No exageraba él cuando aconsejaba tener odio por el imperialismo.

Su denuncia incansable del imperialismo yanqui se ve respaldada por el hecho de que, después de su muerte, los Estados Unidos sembraron el Hemisferio con dictaduras militares cuyos retoños siguen influyendo en la política de nuestros países hasta el día de hoy; además de haber sentado las bases para un proyecto de empobrecimiento y despojo llamado neoliberalismo, hasta ahora difícil de extirpar plenamente del seno de nuestras sociedades.

En todo caso, la intensidad con la cual los Estados Unidos intervinieron sobre la Región tuvo una respuesta igual de radical desde el campo popular, y particularmente desde los ejércitos de liberación nacional, que comenzaron a multiplicarse en todo el continente, siguiendo el ejemplo del guerrillero legendario.

Al respecto, su propuesta no pudo haber sido más clara, como cuando dijo:

“El imperialismo norteamericano es culpable de agresión; sus crímenes son inmensos y repartido por todo el orbe. ¡Ya lo sabemos, señores! Pero también son culpables los que en el momento de definición vacilaron en hacer de Vietnam parte inviolable del territorio socialista, corriendo, así, los riesgos de una guerra de alcance mundial, pero también obligando a una decisión a los imperialistas norteamericanos. Y son culpables los que mantienen una guerra de denuestos y zancadillas comenzada hace ya buen tiempo por los representantes de las dos más grandes potencias del campo socialista” (“Mensaje a los pueblos del mundo a través de la Tricontinental”).

La vertiginosa transformación del contexto geopolítico actual, en el que los Estados Unidos adoptan posiciones cada vez más agresivas en relación a sus competidores de China y Rusia, además de sus abiertos desafíos a la región latinoamericana, no hacen más que actualizar los principales nudos del pensamiento guevarista, que actualmente parece sumar más adherentes de los que ya tenía a principios de este siglo, superando la simple admiración por su figura, ya fetichizada hasta el cansancio. Ya no se trata de la reivindicación de un símbolo, sino del retorno de un tercermundismo que encuentra en su ejemplo una inspiración más, pero que nace de condiciones muy reales y difíciles de ignorar.


  • Cientista político.

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