
Por Luis Oporto Ordóñez *-.
Un hallazgo libresco de la 31ª FIL de La Habana es la obra de Julio César González Pagés, Por andar vestida de hombre (La Habana, Editorial de la Mujer, 2012), en la que relata la dramática existencia de una mujer trasgresora.
Henrriette Faber nació en Lausana, Suiza, en 1791. Contrajo matrimonio a los 15 años con Juan Bautista Renau, oficial de Cazadores del Ejército de Napoleón, a quien acompañó en campañas militares, donde lo vio morir. Estudió Medicina (1801-1811) en la Universidad de La Sorbona, París, profesión vedada para mujeres, por lo que “se hizo pasar por oficial militar del Regimiento de Cazadores Nro. 21, con el grado de su marido fallecido”. Fue enviada como médico militar del Ejército Napoleónico al frente ruso (1807-1812), luego pasó a España, donde cayó prisionera en Vitoria. En la postguerra marchó a la isla de Guadalupe, colonia francesa, y llegó a Santiago de Cuba el 19 de enero de 1819, “vestida de hombre como estaba acostumbrada y bien hallada en libertad, porque así podía ejercer mi profesión y fortuna, sin idea de hacerle mal a nadie y más bien con la idea de socorrer con mi oficio a los necesitados”. En Asunción de Baracoa hizo fortuna con servicios prestados a gente rica, pero destacó por su filantropía al atender necesidades de personas pobres y como educadora instruyendo a analfabetos negros, “que estaban en la condición de esclavitud y libertos, en lugares distantes como Cabacú y Cabanillas”.
En San Anselmo de los Tiguabos conoció a Juana de León Hernández, de 31 años de edad, “sumida en absoluto estado de pobreza, enferma postrada en cama”. Enriqueta se enamoró, “ofreciendo ayuda y le prometió que, si vivían juntas, ella podría rebasar toda esa mala etapa”. González afirma que “Enriqueta le confesó a Juana su verdadero sexo y ambas de mutuo acuerdo decidieron guardar silencio”. El enlace se consumó el 11 de agosto de 1819.
El 21 de abril de 1820 la Facultad de Medicina de La Habana revalidó su título de “cirujano romancista” (médico agremiado) y el 29 de agosto la autoridad colonial le otorgó permiso para que se establezca “en el lugar de esta Isla que le convenga ejercer su oficio o profesión”. Con gozo, escribe a su amada Juana: “Es indisputable el amor que siento por ti y te extraño. Hay veces que la lejanía ayuda a saber los verdaderos sentimientos que tenemos. No sé cómo comenzó todo, realmente ha sido muy difícil poder estar a tu lado. Hay veces que me faltan las fuerzas, pero pienso en lo feliz que te hago y en nuestra complicidad, todo lo demás no importa. Me gustaría tanto que pudiéramos estar juntos en esta ciudad, pero debemos esperar para realizar nuestros viajes”.
Con prestigio y fama, frecuentó la crema y nata de la sociedad baracoense, pero un día aciago de 1822 “una criada entró a la habitación donde se encontraba Enriqueta Favez, ebria y con la camisa desabotonada. La criada al revisarla se dio cuenta que era una mujer” y divulgó la novedad por la Isla. Ante lo inminente, Enriqueta y Juana “acordaron que la mejor forma para la familia de salir de esta situación, era denunciar a Enriqueta”.
Juana inició el juicio de separación el 10 de enero de 1823: “Me solicitó matrimonio una criatura vestida de hombre, Enrique Favez. Así fue que usó de mi persona de un modo artificial que entonces no pude comprender, donde se ha diafanizado no tan solo su impotencia, sino que es una mujer lo mismo que yo”. Los testigos de cargo la acusaron de manera despiadada: “Fea de rostro, de mal gesto y obscena en su conversación, pero de entendimiento despejado y diestra en la cirugía”. Sus admiradores decían que no desperdiciaba lugar para “demostrar el cariño inmenso que sentía por la ciudad. En sus tres barrios urbanos su presencia era indispensable y se había ganado el cariño de los baracoenses”.
El 6 de febrero de 1823 fue apresada. El 25 de abril, Juana afirma que la acusa “para verme libre de semejante monstruo”. Enriqueta responde con sagacidad: “Presa en la cárcel pública por andar disfrazada de hombre suplico que se abrevie este proceso ya que aún no se me ha acusado formalmente”. Juana no soporta el suplicio judicial y el 29 escribe: “[Esta] criatura me ha causado tantos males y me ha sumido en un abismo de oprobio [por lo que el Tribunal] se sirva haberme por separada [de la causa] y disponer que se le siga de oficio”.
Enriqueta percibe que el Fiscal puede ser letal, por lo que remarcando su condición de “víctima” de “procedimiento criminal por el disfraz de vestido que he usado y demás simulaciones con que he ocultado mi sexo verdadero”, interpela al Tribunal: “Por qué no se juzga a ella también por el mismo delito. ¿Solo la ley tiene que ser aplicada a mí? “. El Tribunal la condena a “sufrir reclusión en la Casa de Recogidas de La Habana, por 10 años” y ser deportada a “puerto extranjero, lo más lejano posible de esta Isla”. El 21 de octubre el Tribunal embarga sus bienes y ordena que entregue el título de cirujano. El 17 de enero de 1824 llega a su prisión, donde “por su perversa inclinación, después de haber roto una vasija de boca ancha, con un clavo se hizo en el brazo izquierdo tres cisuras dejando correr sangre hasta desmayarse”. Es una meditada estrategia para lograr su libertad. Ignacio de Pluma, capitán de la Casa de Recogidas, pide que “se la expulse a Nueva Orleans”.
Favez arriba a Nueva Orleans el 5 de agosto de 1824, donde ingresa como Sor Magdalena a la Sociedad de Hijas de la Caridad, prestando servicios como enfermera y llegó a ser Superiora. Murió el 17 de octubre de 1856.
Enriqueta Favez decidió desafiar el poder patriarcal. Annemarie Sancar en el prólogo afirma que con esa decisión enfrentó “los oscuros poderes de los la religión (Iglesia católica), el poder colonial español y los guardianes de valores patriarcales”, por lo que se instruyó a los “guardianes del Derecho mano dura para restablecer el orden” patriarcal. Alison Lurie afirma que “la verdadera causa la debemos buscar en el significado que ha tenido el vestido masculino como ícono de poder en el referente externo del dominio físico y social otorgados a los varones”. Con su obra, el autor logró “dinamizar el debate sobre la construcción social de la diferencia de género y su importancia política en Cuba y –esperemos también– en Suiza”.
- Magister Scientiarum en Historias Andinas y Amazónicas y docente titular de la carrera de Historia de la UMSA.

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