agosto 28, 2026

Bibliotecas e imprentas en la Colonia

Por Luis Oporto Ordóñez *-.


A la Biblioteca del Colegio de San Carlos, en particular, “le fue concedida la gracia de tener oficina de imprenta para todos los actos literarios y libros curiosos que ocurriesen por el excelentísimo señor don Manuel Amat, virrey de la ciudad de los Reyes, cuando se hallaba en esta capital (Buenos Aires) bajo la superior dirección de aquella, habiendo para el efecto traído a su costo de la Europa los caracteres necesarios y permitidos por las reales ordenanzas, y pagado al real erario la media annata de 118 pesos y 100 pesos más de donativo a su majestad” (Paz, 1914).

El impresor radicado en Sevilla Jácome Koberger (Cromberger) “inició sus operaciones mercantiles en México, adonde tuvo de factor o representante a un Diego de Mendieta”, pero fue su hijo, Juan Cromberger, quien hizo instalar la primera prensa en la Casa de las Campanas y estuvo a cargo del impresor italiano Giovanni Paoli (Juan Pablos), donde se imprimió la Doctrina breve muy provechosa de las cosas que pertenecen a la fe católica y a la cristiandad en estilo llano para común inteligencia (1543), escrito por el propio Arzobispo. La primigenia imprenta de Juan Pablos se multiplicó de tal manera que se publicaron en México dos mil títulos en el siglo XVII y siete mil en el siglo XVIII (Martínez, 1987).

Una de las primeras obras [1] que vio la luz de la imprenta peruana fue la Doctrina cristiana y catecismo para instrucción de los indios, traducida al quechua y aymara por los extirpadores de idolatrías José de Acosta [2], Blas Valera [3], Alonso de Bárcena [4] y Bartolomé de Santiago, publicada en Lima en 1584, apenas tres años más tarde que el tipógrafo Antonio Ricardo [5] introdujera un taller en el Perú (Martínez, 1987), por iniciativa del Concilio Limense, convocado por el Arzobispo de Lima, Toribio de Mogrovejoy Robledo [6], siendo esta la primera de América del Sur.

La imprenta de Lima fue muy activa, siendo uno de los primeros imprenteros Francisco del Canto, que había publicado allí para los jesuitas varias obras en lenguas indígenas como Arte de la lengua quechua (González de Holguín, 1608); Arte de la lengua aymara (Diego de Torres Rubio, 1616); y luego su Arte de la lengua quichua (1619).

No obstante, otras obras, como la Crónica moralizada del Perú del agustino Fray Antonio de la Calancha (1638), se imprimían en España [7]. Es evidente que la imprenta floreció en Juli, donde se imprimió el célebre Vocabulario de la lengua aymara del padre Ludovico Bertonio (1612), además de:

“otra una vita xpi en la mesma lengua, otro un arte que aunque se ha impresso otra vez ha parescido conveniente se imprima de nuevo por la falta que ay del y la demanda para aprender esta lengua, otro de la administraçion de los sacramentos, confessionario y devociones y exemplos muy a proposito para que los curas con poca lengua que sepan puedan descargar sus consciencias y doctrinas a sus indios” (Duviols, 1985).

El oficio de imprentero era, sin duda, hegemonía de los varones, pero se dieron casos singulares de mujeres al mando de las imprentas, hecho notable que se verificó en dos ámbitos. El primero, como propietarias, dueñas del capital que permitió su trabajo, no pudiendo por ese hecho ser consideradas imprenteras, sino dueñas de imprentas. El segundo caso es notable, pues se trata de una mujer que perteneció al gremio de imprenteros de Lima, hecho que sorprendió en su época y sorprende en el presente. Así, “ya en los últimos años del régimen español se presenta como impresora una mujer, cosa que no se vio en parte alguna de América: Mónica Sierra, que pone su nombre al píe de un libro compuesto por ella” (Medina, 1958).

¿Cuánto de lo que se publicó en España llegó a América, y cuánto de lo que se escribió en América llegó a las prensas?

Si bien siguen siendo preguntas sin respuestas precisas, tres fueron los grandes destinos del libro en el nuevo continente, en los inicios: México (Nueva España), Perú y Filipinas. Algunos afirman que “la venida de libros a la Nueva España era de tal manera insignificante que esta parquedad había influido en el atraso de la Colonia”. Otros, como Vicente G. Quesada, Irving A. Leonard, José Torre Revello y Edmundo O’Gorman, han demostrado lo contrario, a tiempo de afirmar: “a la Nueva España llegaban todos los libros que se imprimían en la metrópoli, a veces con la tinta fresca porque acababan de salir de las prensas” (Jiménez Rueda, 1949) [8].

El negocio del libro no era de poca envergadura, como se observa en el envío del sevillano Luis de Padilla, en 1600, de un total de 678 obras con destino a Martín de Ibarra en Nueva España, a un costo de 94 mil maravedís (Leonard, 1953). México, primigenia metrópoli colonial, era un destino privilegiado para el mercado del libro; por ello, no es casual que allí se instalara la primera imprenta colonial (1539), a instancias del Arzobispo de la Ciudad de México, Juan de Zumárraga, que la hizo traer de Europa.

El librero era considerado “auxiliar eficaz del tipógrafo y del grabador”, que se explica por el hecho que muchos de los impresores eran también importadores de libros. Le corresponde el mérito a Bartolomé de Torres, que “tenía abierta su tienda [en México] en 1563”, ser el primer mercader de libros que ejerció a la vez el oficio de tipógrafo (Medina, 1958).

Con el tiempo, el comercio del libro adquirió notable auge con un tráfico de libros muy variado en títulos y volúmenes. “Las cantidades eran extraordinarias: así, en 1785, una sola remesa de libros recibida en El Callao, el puerto de Lima, sumaba 37 mil 612 volúmenes” (Henríquez Ureña, 1973).

Formar una biblioteca en América no era tarea simple, pues estaba sujeta a restricciones y se requería licencia del Rey y de los tribunales del Santo Oficio. El procedimiento estaba establecido por Real Cédula de 5 de septiembre de 1550, promulgada por Carlos V, que ordenaba a la Casa de Contratación de Sevilla “que cuando se hubieren de llevar a las Indias algunos libros de los permitidos, lo hagan registrar específicamente cada uno, declarando la materia de que tratan, y no se registren por mayor”. Se afirma que Felipe II en persona firmaba los permisos para trasportar libros a las Indias:

“Él fue quien los otorgó a dos personajes de celebridad en el Perú: a don Sebastián de Lartaún, obispo del Cuzco, en 1578; y a don Toribio Alonso Mogrobejo, en el año inmediato siguiente, cuando estaba ya electo arzobispo de Lima” (Medina, 1958).

Pesaban sobre los libros dos tipos de impuestos: el almofarijazgo y la alcabala. Sin embargo, los libros destinados a los literatos y a los funcionarios públicos estaban amparados por el libre tránsito, como lo dispone la Ley 27 del libro VIII, título 15 de la Recopilación de Leyes de Indias, por la cual “los libros para el uso de literatos introducidos por ellos sean libres de los dos derechos, pero que los que introducen los comerciantes adeuden uno y otro” (Medina, 1958).

La primera biblioteca fue episcopal, se creó en 1534, perteneciente a la Catedral de Nueva España (Fernández de Zamora, 1994). Le siguió la célebre Biblioteca del Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco (1536), destinada a hijos de caciques indios, fundada por el virrey Antonio de Mendoza, el obispo Juan de Zumárraga, don Sebastián Ramírez de Fuenleal y fray García de Cisneros. Para tal propósito, el Obispo donó parte de su biblioteca:

“[cuya] colección se componía de obras clásicas de autores griegos y romanos, como Aristóteles, Plutarco, Cicerón, Salustio, Virgilio, Flavio Josefo, Livio y Boecio y libros de carácter religioso como la Biblia, las obras de San Agustín y de Santo Tomás de Aquino y de trabajos de humanistas del Renacimiento como Juan Luis Vives, Erasmo de Rotterdam, y Lebrija” (Cosío Durán, 2012).

Como una cruel paradoja de la historia, el obispo Juan de Zumárraga, el mismo que habría ordenado destruir los códices mexicanos, fue también el primero en poseer una biblioteca (Martínez, 1987), pues llegó a México en 1528 trayendo consigo su biblioteca privada e impulsó la creación de las primeras bibliotecas.

Otro cultor de libros fue el padre dominico Bartolomé de las Casas, [9] cuya obra en defensa de los indios trascendió a la historia. El carácter de las primeras bibliotecas buscaba propósitos esencialmente colonialistas. Por ello:

“Las bibliotecas fueron privilegio de los españoles y de los criollos, pero además de apoyar el dominio de ese grupo sobre indios y mestizos, sirvieron para transmitir al nuevo mundo la cultura europea” (Fernández de Zamora, 1994).

Existieron hombres nobles que impulsaron la creación de bibliotecas públicas. Uno de ellos fue fray Alonso de la Veracruz [10], considerado como el fundador de las bibliotecas públicas en México, “quien hizo traer de España buen acopio de libros, para ayuda de la cátedra que se daba en el convento de Tiripetío, en Michoacán”. Libros impresos en preciosas ediciones de París, Venecia, Colonia, Basilea, Lisboa, Granada, Alcalá de Henares, muchos con anotaciones de puño y letra de fray Alonso, entre los que “figura algún incunable de 1491” (Bolaños e Isla, 1947), ejemplares que se conservan en el Museo Michoacano.

Pero fue en 1646 cuando se concretó la creación de la primera biblioteca pública en América, al disponerse los títulos al servicio público irrestricto, creada con base a la donación de la “librería” personal del obispo de Puebla, Juan de Palafox y Mendoza, compuesta de cinco mil volúmenes, refrendado ante el notario Nicolás de Valdivia, para “que fuera consultada por todos aquellos que quisieran estudiar, pues su principal condición fue que estuviera abierta al público y no sólo a eclesiásticos y seminaristas” (Fernández Gracia, 2003).

A fines del siglo XVIII se formó una notable biblioteca particular de propiedad de don Luis de Torres, chantre de la Catedral de México, a la que finalmente donó la preciada colección que se regía por un notable reglamento:

Reglas para el uso de los libros

  1. No lo tengas por esclavo, pues es libre. Por tanto, no lo señales con ninguna marca.
  2. No lo hieras ni de corte ni de punta. No es un enemigo.

III.   Abstente de trazar rayas en cualquier dirección. Ni por dentro ni por fuera.

  1. No plegues ni dobles las hojas. Ni dejes que se arruguen.
  2. Guárdate de no garabatear en las márgenes.
  3. Retira la tinta a más de una milla. Prefiere morir a mancharse.

VII.   No intercales sino hojas de limpio papiro.

VIII.   No se lo prestes a otros ni oculta ni manifiestamente. Aleja de él los ratones, la polilla, las moscas y los ladronzuelos.

  1. Apártalo del agua, del aceite, del fuego, del moho y de toda suciedad.
  2. Usa, no abuses de él.
  3. Te es lícito leerlo y hacer los extractos que quieras.

XII.    Una vez leído no lo retengas indefinidamente.

XIII.  Devuélvelo como lo recibiste, sin maltratarlo ni menoscabo alguno.

En el Perú el libro fue empleado por los curas en su labor doctrinaria. Los jesuitas se caracterizaron por atesorar nutridas bibliotecas en cada uno de sus establecimientos, ya sea en Juli, Córdoba o las misiones guaraníticas del Paraguay. Las bibliotecas permanecieron bajo riguroso control de curas y altos funcionarios del Virreinato y algunas en poder de potentados y particulares, entre estas tres fueron notables en Nueva España: la de Simón García Becerril (1620), de Melchor Pérez de Soto (1655), y de Sor Juana Inés de la Cruz [11] (1693), que habría alcanzado a los cuatro mil ejemplares (1987).

1       Se afirma que el primer impreso fue una Pragmática de los Diez días del Año, estatuto que imponía en los actos de la vida civil la corrección introducida en el Calendario por la Reforma Gregoriana.

2       Nació en Medina del Campo en 1540. Jesuita, antropólogo y naturalista. Llegó al Perú en 1571. Sostuvo la tesis del poblamiento americano a través de Siberia. Autor de Historia natural y moral de las Indias, en la que describe las costumbres, ritos y creencias de los indios de México y Perú. Fue publicada en Sevilla en 1590. Falleció en Valladolid en 1600.

3       Nació en Chachapoyas (Perú) el 3 de febrero de 1545. Notable jesuita mestizo bilingüe, integró el III Concilio Limense (1538). Participó en la extirpación de idolatrías en Huarochirí. Traductor del catecismo y otros escritos católicos al quechua. Escribió una crónica sobre la historia de los incas, en cinco tomos, titulada Historia occidentalis, que se perdió en Cádiz durante la invasión inglesa (1596), salvo escasos fragmentos. Se afirma que su obra fue entregada a Garcilaso, quien habría usado esa fuente en sus Comentarios Reales. Falleció en Cádiz el 2 de abril de 1597.

4       Nació en Baeza, Andalucía, en 1528. Jesuita. Fundador de la misión de Juli (1577), a orillas del lago Titicaca (Perú). Pasó a Bolivia, Tucumán, Paraguay y el Gran Chaco (1593). Comisario de la Inquisición o Santo Oficio (1598). Murió en el Cusco, Perú, el 15 de enero de 1598.

5       Para tal efecto se trajo desde México al impresor turinés Antonio Ricardo. El segundo fue un libro de catecismo acordado en el Concilio para facilitar la labor evangelizadora: Doctrina Christiana y Catecismo (1584).

6       Nació en Mayorga, Valladolid, España, el 16 de noviembre de 1538. Profesor de Leyes, enseñó en Salamanca. Fue nombrado Gran Inquisidor de España. Felipe II solicitó su nombramiento como segundo arzobispo de Lima, por Gregorio XIII (1579), con expensas dado que no era cura, ordenándose recién en Granada (1580), antes de pasar a Lima. Santo de la Iglesia católica. Misionero y organizador de la Iglesia Sudamericana, venerado también por la Iglesia Anglicana.

7       La obra está datada en Barcelona, imprenta de Pedro Lacavallería.

8       Véase la obra de Jesús Castañón Rodríguez, sobre Los escritores y los libros (1960).

9       Nació el 24 de agosto de 1484. Fraile dominico español, cronista, teólogo. Fue filósofo, jurista y apologista de los indígenas. Obispo de Chiapas, en el Virreinato de Nueva España (México), y “Protector de los indios” por el cardenal Cisneros. No siempre fue así. Su vida está llena de aventuras, pues llegó a La Española en 1502 y se dedicó a extraer oro. Participó en la campaña de conquista bajo las órdenes del capitán Diego Velásquez de Cuéllar en el Cacicazgo de Higuey, recibiendo una encomienda en la Villa de la Concepción de la Vega. En 1507 fue ordenado presbítero en Roma y retornó a La Española (1508); se enroló como capellán del conquistador Pánfilo de Narváez (1512), participando en la matanza de Caonao, recibiendo un repartimiento minero en Jagua y otro en Canarreo, cerca de Cienfuegos, Cuba (1514). El 15 de agosto de ese año pronunció su sermón Sancti Spiritus y renunció públicamente a sus repartimientos. Junto con Francisco de Vitoria es considerado uno de los fundadores del Derecho Internacional Moderno, protector de los indios y precursor de los derechos humanos junto al jesuita portugués Antonio Vieira. Falleció en Madrid, el 17 de julio de 1566.

10     Alonso de la Veracruz, llamado también Alonso Gutiérrez. Nació en Caspueñas (Guadalajara, España) en 1507 y murió en la Ciudad de México en julio de 1584. Estudió Gramática y Retórica en la Universidad Complutense (Madrid) y Artes y Teología en la Universidad de Salamanca. Fue discípulo de Francisco de Vitoria, profesó una catedrilla de Filosofía, como discípulo aventajado, y fue invitado por el superior de los Agustinos en México, fray Francisco de la Cruz, para conocer el Nuevo Mundo. El 22 de julio de 1536 desembarcó en Veracruz; ingresó en la orden de los agustinos y cambió su apellido de Gutiérrez por el de Vera Cruz. Tras un año de noviciado, el 20 de julio de 1537 profesó en la Ciudad de México, en el Convento de Santa María de Gracia. Llegado a Michoacán aprendió la lengua tarasca para predicar la doctrina cristiana a los indios. En vez de imponer primeramente el castellano, como pretendía la monarquía española, habló a los indígenas en su lengua, para evangelizarles e integrarles a la civilización occidental, con lo que obtuvo mejores resultados. Fundó en 1541 el Convento de Tiripetío, estableció la primera biblioteca de América, así como la primera universidad del continente con tres cátedras (Teología, Derecho Canónico y Leyes), donde tuvo como alumno al hijo del rey Calzonzin. En 1542 sucedió a Vasco de Quiroga en el gobierno del obispado de Michoacán. Fundó cinco conventos en Cuitzeo, Yuririapúndaro, Charo, Copándaro, Huango y Guayangareo. Durante 1545 fue elegido prior del Convento de Tacámbaro. En 1553 se le designó catedrático en la Real y Pontificia Universidad de México. Poco tiempo después se le nombró maestro de Teología y de Artes y se instituyó bajo su dirección una cátedra de Santo Tomás. Empezó a escribir un tratado de filosofía, el primero en su género escrito en América. Regresó a España en 1562; se convirtió en consejero de los grandes personajes españoles de su tiempo, y se le designó prior del Monasterio de San Felipe el Real (Madrid) y visitador de Castilla la Nueva. Volvió al Nuevo Mundo en 1572, donde fundó el Colegio de San Pablo, redactó libros, apadrinó algunos exámenes de doctorado y se preocupó constantemente por la evangelización de las Filipinas (Bolaños e Isla, 1947).

11     Su nombre verdadero era Juana Inés de Asbaje y Ramírez de Santillana. Nació en San Miguel Nepantla, el 12 de noviembre de 1651. Perteneció a la corte del virrey Antonio de Toledo y Salazar, Marqués de Maquera. Religiosa y escritora del Barroco de Nueva España en el Siglo de Oro, cultivó la lírica, la prosa, el auto-sacramental y el teatro. Fue conocida como el “Fénix de América”, la “Décima Musa” y la “Décima Musa mexicana”.


  • Magister Scientiarum en Historias Andinas y Amazónicas y docente titular de la carrera de Historia de la UMSA.

 

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