Por Soledad Buendía Herdoíza * -.
La Conferencia Mundial sobre la Mujer de 1975, celebrada en Ciudad de México, marcó un antes y un después en la agenda internacional de género. Convocada por la Organización de las Naciones Unidas (ONU) como parte del Año Internacional de la Mujer, reunió a 133 delegaciones oficiales y a más de seis mil representantes de ONGs en el Foro Tribuna de la Mujer.
La Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal), aunque no fue organizadora principal desempeñó un papel fundamental en la articulación regional posterior impulsando la Conferencia Regional sobre la Mujer de América Latina y el Caribe desde 1977, que hasta hoy continúa como espacio de seguimiento y evaluación de compromisos.
Los temas centrales y propuestas de 1975 giraron en torno a tres ejes: la Igualdad plena de derechos entre mujeres y hombres; la integración de las mujeres en todos los niveles del desarrollo y el reconocimiento de la contribución de las mujeres a la paz mundial.
El documento final, Plan de Acción Mundial, estableció objetivos para el decenio 1976-1985, recomendando reformas legislativas, programas educativos, políticas de empleo, medidas contra la discriminación y mecanismos de recopilación de datos sobre la situación de las mujeres.
Entre los principales logros se pueden señalar la visibilización global del tema, ya que por primera vez la igualdad de género fue discutida como asunto central en un foro multilateral de alto nivel.
Otro elemento a destacar fue la creación de mecanismos institucionales: varios países establecieron organismos de la mujer y comenzaron a generar estadísticas de género.
En América Latina la Cepal asumió el rol de secretaría técnica para las conferencias regionales de la mujer, lo que permitió continuidad en el seguimiento. Si bien la conferencia fue un parteaguas, vistas desde hoy sus propuestas presentan importantes limitaciones como la visión desarrollista y economicista. El discurso de “integrar a la mujer en el desarrollo” tendió a ver a las mujeres como fuerza laboral o beneficiarias, sin cuestionar las estructuras patriarcales y capitalistas que producen desigualdad. No se reconocieron de manera suficiente las desigualdades cruzadas por etnicidad, raza y clase. María Lugones ha argumentado que este sesgo invisibilizó la colonialidad del género como factor estructurante de la opresión.
En ese orden de ideas, cabe mencionar las tensiones entre Estado y movimientos sociales. Julieta Kirkwood y Marta Lamas han señalado que la institucionalización de las agendas de género no siempre incorporó las demandas más radicales de los feminismos autónomos. El trabajo no remunerado, mayoritariamente realizado por mujeres, no fue abordado como tema central, pese a ser clave para la reproducción social y económica. La mirada actual de autoras feministas de la Región permite una lectura más compleja de la conferencia. Lugones introduce la noción de colonialidad del género, que revela cómo las políticas universales omiten las opresiones específicas de mujeres racializadas. La experiencia particular de las mujeres negras en América Latina, cuestionando el universalismo de la categoría “mujer” en las políticas internacionales, sigue siendo una lucha presente mientras la persistencia de la violencia estructural contra las mujeres muestra que los marcos normativos no bastan sin cambios culturales y de poder.
La Conferencia de México 1975 fue un hito político y simbólico que colocó la igualdad de género en la agenda global. Su legado más duradero fue la institucionalización de políticas y mecanismos de género, así como la apertura de un proceso regional coordinado por Cepal. No obstante, su enfoque desarrollista, su falta de interseccionalidad y su omisión del trabajo de cuidados dejaron brechas importantes que siguen vigentes.
A 50 años de aquel evento el desafío es transformar no solo las leyes, sino las estructuras económicas, raciales y culturales que sostienen la desigualdad, integrando las lecciones y críticas del feminismo latinoamericano.
* Escritora

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