abril 14, 2026

Puentes sobre la Historia: la urgencia de una síntesis revolucionaria desde Nuestra América

Hay quienes pretendieron dividir la historia del pensamiento revolucionario en compartimentos estancos, como si cada experiencia fuera incompatible con la otra, como si cada proceso fuera una negación del anterior. Pero la realidad es más complicada, y también más fértil: las grandes corrientes del pensamiento emancipador no son muros que dividen, sino materia prima con los que se pueden construir puentes.

Hay algo que la historia ha dejado bestialmente claro: cada vez que el pensamiento revolucionario se fragmenta, el poder avanza. Cada vez que la izquierda se encierra en disputas estériles, el capital se reorganiza, se fortalece y golpea con más fuerza.
Por eso hoy es necesario decirlo sin rodeos: no podemos seguir edificando muros entre nuestras propias tradiciones. Esa es una forma silenciosa de derrota.

Y en América Latina, en Abya Yala, esa desintegración no es solo un error político: es una traición a nuestras propias raíces de lucha.

Para hacer relación de esto tenemos que perfilar a nuestros pensadores revolucionarios y que nos mostraron el camino, por ejemplo, nos toca analizar como la profundidad de Marx y Engels nos dio la base: la perspicacia científica de la historia, el descubrimiento de que el capitalismo no es el destino final de la humanidad, sino una etapa malintencionada por contradicciones. Nos enseñaron que la lucha de clases no es una consigna, sino el motor mismo de la metamorfosis social. Esa profundidad de Marx y Engels nos dio la herramienta para entender el sistema: el capitalismo como estructura de explotación. Pero en América Latina, esa explotación tiene rostro colonial, racial y territorial.

Tenemos que ver como Lenin, con su audacia, llevó esa teoría al terreno de la acción. Vislumbró que la historia no cambia sola, que requiere organización, dirección política y decisión. Nos mostró que las dificultades del sistema pueden abrir ventanas revolucionarias, pero solo si existe una fuerza capaz de aprovecharlas. Lenin nos muestra que la historia exige formación y disposición. Pero nuestros pueblos también nos enseñan que sin comunidad no hay resistencia duradera.

Stalin, más allá de las controversias que su figura genera, encarna una dimensión que no puede ignorarse: la resistencia. La capacidad de sostener un proyecto en condiciones extremas, de preservar una revolución acosada por enemigos internos y externos. En esa experiencia hay lecciones sobre poder, Estado y supervivencia que no pueden ser simplemente descartadas. Stalin, con todas sus contradicciones, demuestra que el poder no se sostiene sin capacidad de resistencia frente al asedio. Y nuestros pueblos indígenas lo han hecho durante siglos, sin Estado, sin ejército, pero con memoria y organización colectiva.

Trotsky, por su parte, aporta una visión dinámica y permanente de la revolución. Nos recuerda que los procesos emancipadores no pueden encerrarse en fronteras ni detenerse en etapas cómodas. Que la revolución, si no avanza, retrocede. Que su carácter es internacional o no será. Trotsky advirtió que la revolución no puede detenerse. Y en América Latina eso se traduce en una verdad concreta: o el proceso avanza hacia la transformación real, o es absorbido por el sistema.

Gramsci introduce una dimensión concluyente: la hegemonía. La perspicacia de que el poder no se mantiene solo con coerción, sino con consenso. Que la batalla cultural, la edificación de sentido común, es tan transcendental como la lucha económica o política. Sin hegemonía, no hay transformación duradera. Gramsci nos enseñó que la hegemonía se disputa en la cultura. Y aquí esa disputa pasa por descolonizar la mente, por recuperar idiomas, saberes y formas de vida que el capitalismo intenta borrar.

Mao aporta la estrategia desde el Sur, desde los pueblos históricamente marginados. Su concepción de la guerra popular prolongada no es solo militar, es profundamente política: reconoce al pueblo como sujeto activo, como fuerza organizada capaz de transformar la realidad desde abajo. Mao nos recordó que el pueblo es el sujeto de la historia. Y nuestros pueblos lo han demostrado una y otra vez: no son masas pasivas, son sujetos colectivos con identidad, territorio y proyecto.

Y en América Latina, estas ideas se encarnan con fuerza propia. Allende, con su intento de construir una vía democrática al socialismo, demuestra que la transformación también puede buscar caminos institucionales, aunque estos enfrenten límites brutales. Castro, con su firmeza, representa la capacidad de sostener un proyecto revolucionario frente al asedio permanente. El Che Guevara, con su entrega total, encarna la ética revolucionaria en su forma más pura: la coherencia entre pensamiento y acción.

Todas estas corrientes, todas estas experiencias, no deben leerse como dogmas cerrados ni como banderas enfrentadas. Constituyen, en realidad, un cuerpo vivo de ideas, tensiones y aprendizajes.

Porque aquí la historia no empieza con Marx. Empieza mucho antes: en la resistencia indígena, en los levantamientos campesinos, en los pueblos que nunca aceptaron ser conquistados del todo. Empieza en Tupac Katari cercando ciudades, en Bartolina Sisa organizando resistencia, en Apiaguaiki Tumpa, en Santos Noko, en las comunidades que defendieron la tierra como espacio de vida y no como mercancía.

Por eso hoy es necesario decirlo sin rodeos: no podemos seguir construyendo muros entre nuestras tradiciones revolucionarias. Ni entre Marx y los pueblos originarios. Ni entre teoría y territorio. Ni entre clase y comunidad. Esa división solo beneficia al enemigo.

Por eso, hoy más que nunca, se impone una tarea urgente: construir una síntesis revolucionaria. No una mezcla superficial, no un eclecticismo vacío, sino una articulación consciente de lo mejor de cada experiencia histórica.

Tomar la claridad teórica de Marx, la decisión política de Lenin, la capacidad de resistencia frente al asedio, la visión internacional de Trotsky, la batalla cultural de Gramsci, la estrategia popular de Mao y la ética inquebrantable de Allende, Castro y el Che.

Todo eso, teoría, práctica, resistencia, comunidad, forma un solo cuerpo. ¿Y qué hemos hecho con él? Lo hemos dividido. Lo hemos reducido a etiquetas. Hemos separado lo indígena de lo marxista, lo popular de lo teórico, lo comunitario de lo político. Hemos construido muros donde debería haber puentes.

Mientras tanto, el capitalismo no duda. Avanza sobre territorios, destruye bosques, expulsa comunidades, mercantiliza la vida y convierte todo en ganancia. No distingue entre campo y ciudad, entre indígena y obrero: explota a todos. Por eso, la respuesta tampoco puede estar fragmentada.

Hoy más que nunca, se impone una tarea urgente: construir una síntesis revolucionaria desde América Latina. Una que no copie modelos externos, pero que tampoco renuncie a la potencia del pensamiento crítico.

Una síntesis que articule: La lucha de clases con la defensa del territorio, la organización política con la comunidad, la teoría marxista con la sabiduría indígena, la revolución con la vida cotidiana de los pueblos.

No se trata de elegir entre Marx o Tupac Katari. Se trata de entender que ambos forman parte de la misma lucha histórica. Porque el enemigo es claro: concentración de riqueza, despojo territorial, dominación cultural, colonialismo renovado.

O construimos puentes entre nuestras luchas, nuestras memorias y nuestras ideas,
o seguiremos siendo derrotados por un sistema que sí sabe unificarse para dominar.
No hay punto intermedio.

Nuestra América no necesita dogmas. Necesita fuerza organizada. Necesita memoria viva. Necesita revolución con raíz. Y la historia, como siempre, no espera.

No para repetirlos. No para idealizarlos. Sino para superarlos en la práctica. Porque el enemigo es claro y está organizado: concentración de riqueza, control de territorios, dominación cultural, explotación global. Y frente a eso, la dispersión no es diversidad: es debilidad. La unidad no es una opción romántica.

Es una necesidad histórica.


  • Autor: José Percy Paredes Coimbra 

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