Por Unai Aranzadi *-.
En la localidad española de Rojales hay una finca que emula a un castillo fortificado, con sus torretas, almenas, innumerables cámaras de seguridad y dos águilas imperiales custodiando un portón sobre el que se clava una gran bandera de España.
En su interior hay un patio en el que un sacerdote celebra misa flanqueado por dos ametralladoras de gran calibre, un Cristo y una imponente Cruz de Hierro alemana. Se trata de un oficio veraniego por el apóstol Santiago, y son más de una docena los miembros de las fuerzas armadas cantando himnos patrióticos en un encuentro que exalta el lema de la Reconquista, “Santiago y cierra España”.
La convocatoria ha sido lanzada por la Hermandad de Antiguos Caballeros Legionarios de la Vega Baja, asociación que celebra aquí actos de corte nacionalista en los que se ve a generales del Ejército y comandantes de la Guardia Civil almorzando bajo el retrato del exdictador Francisco Franco. Pero nada de todo esto sería posible sin la generosidad de su anfitrión, el histórico neonazi alemán Joachim Fiebelkorn. Con él llevan años sacándose fotografías, bebiendo cerveza y cenando hasta bien entrada la noche. Es el dueño de la finca.
Uniformado como un miembro más de la Legión española, con una prominente barriga, pelo cano y ojos claros, Fiebelkorn se siente desconcertado al ser preguntado por su identidad y su pasado. “¿Cómo has llegado a mí?”, responde inquisitivo. “¿Cómo sabes que esto es mío?”, pregunta clavando sus pequeños ojos azules. A este hombre nacido el 5 de abril de 1947 en Leipzig la prensa le perdió la pista hace 30 años y, como reconoce él mismo, “me daba por olvidado”.
Así las cosas, Fiebelkorn ha rehecho su vida en Rojales, provincia de Alicante. Un buen lugar para empezar de nuevo, tal y como antes hicieron miles de alemanes, incluyendo a aquellos veteranos del III Reich que, una vez finalizada la Segunda Guerra Mundial, se refugiaron en otros rincones de esta región turística.
Sería precisamente uno de los pocos nazis que finalmente no pudo escapar a la justicia quien se convertiría en camarada de Fiebelkorn. Hablamos de Klaus Barbie, más conocido como “el carnicero de Lyon”, condenado en 1987 a cadena perpetua por crímenes contra la humanidad. “Tuve una excelente relación con él. Le persiguieron mucho”, afirma el exlegionario alemán. Es obvio que Fiebelkorn mantiene intacto su respeto por Barbie, pero para comprender que pasó entre ellos, hay que dar un salto en el espacio y tiempo hasta la Bolivia de los años 50.
Para llegar al lugar donde se ocultó Barbie hay que recorrer “el camino de la muerte” hasta llegar a Los Yungas. El hombre que fuera miembro de las Waffen SS y jefe de la Gestapo en la ciudad francesa de Lyon, llegó aquí en 1951. Escapó de Europa con la ayuda del Vaticano, mediante su red de sacerdotes ustachas (fascistas croatas), aunque la suya fue una huida sui géneris, dado que, desde la caída del III Reich, trabajaba para los servicios de inteligencia estadounidenses en la caza y captura de europeos con ideas de izquierda. Cuentan en la localidad de Chulumani que pronto se hizo dueño de un aserradero en el que entró como administrador tras haber desembarcado en Argentina.
En esa década de los 50, Joachim Fiebelkorn no era más que un niño, por lo que preguntarle acerca de su primer despertar político y militar resulta oportuno. Sin embargo, el vaivén de invitados con el que Fiebelkorn ha de tratar en el momento en el que su Mesón Legionario comienza a despachar cervezas imposibilita un diálogo continuo. “Siempre admiré a Franco. Desde niño”, responde. Y de ahí salta a sus 19 años sin mediar palabra.
“A la Legión española me apunté porque en un viaje por el Sáhara español nos los encontramos de pronto, y así de fácil. Yo y Kopplin nos alistamos”. Herbert Kopplin es un personaje no menos novelesco que Fiebelkorn. Fue miembro de las Waffen SS en el frente ruso durante el final de la Segunda Guerra Mundial, extremo que Joachim recuerda con orgullo de hermano menor. “¿Ya sabes que Kopplin fue de las SS, verdad?”. De aquel exótico viaje por el desierto que Fiebelkorn cita no es posible sacarle más datos, pero sí confirma con cierto agrado su paso por el Tercio Sahariano Don Juan de Austria, donde juró bandera en el Aaiún de 1966.
Para la década de los 70, años en los que Fiebelkorn se encontraba de vuelta en Alemania, la vida del nazi Barbie ya había cambiado por completo. El tiempo del aserradero de Los Yungas quedó atrás, la Guerra Fría estaba en pleno apogeo y, para la derecha latinoamericana, esta se expresaba en la necesidad de combatir a todos los movimientos populares que, armados o no, nacían en todos los rincones de Latinoamérica.
Ya desde los años 60, los manuales contrainsurgentes distribuidos por la CIA entre las numerosas dictaduras afines a Washington daban instrucciones de cómo terminar de raíz con “el problema del comunismo”, habida cuenta que para ellos el “peligro comunista” incluía a sacerdotes, estudiantes, obreros o simples maestros. Las enseñanzas de estos manuales eran la suma de lo aprendido por nazis como Klaus Barbie durante su experiencia como interrogador en la Francia ocupada y lo que posteriormente aprendieron los propios franceses como ocupantes en Argelia e Indochina.
Con este método de “guerra sucia”, la CIA volvió a reclutar a Barbie, esta vez como asesor para instaurar el llamado Plan Cóndor, una tétrica ofensiva que tenía como fin exterminar a toda persona y proyecto que se opusiera a la vieja Doctrina Monroe, es decir, a la explotación de Latinoamérica por parte de Estados Unidos con la connivencia de las oligarquías locales. Así, Barbie se movió con impunidad por varios países del continente e incluso Europa, aunque sería en Bolivia donde pasaría la mayor parte del tiempo.
La música comienza a sonar y se sirven las primeras cervezas en la pérgola de la Finca del Legionario.
Distraído por la cantidad de invitados que se acercan a saludarle, Fiebelkorn dice no escuchar la pregunta sobre si conoció al italiano Licio Gelli, el gran maestro de la logia P2 que luchó como falangista en la guerra civil española y más tarde junto a Benito Mussolini antes de huir en 1944 a Argentina. La pregunta viene al caso porque este hombre, apodado “el titiritero siniestro”, regresó a Europa en plena Guerra Fría para actuar como correa de trasmisión entre la OTAN y aquello que se llamó la Internacional Negra del neofascismo armado, que se cree vinculada a Fiebelkorn.
En una entrevista al diario La Vanguardia en 1990, Licio Gelli dijo que “Gladio utilizó legionarios españoles”, en lo que se podría interpretar como una alusión directa a Fiebelkorn. Gladio fue una red clandestina de militantes anticomunistas creada secretamente por la OTAN ante el auge de la izquierda en Europa Occidental. Estas estructuras fueron particularmente activas desde Mayo del 68 hasta el fin de la Unión Soviética. La Internacional Negra habría llevado a cabo una serie de atentados, sangrientos e indiscriminados, que en un principio fueron atribuidos a organizaciones radicales de izquierda. A este proceso desestabilizador se le llamó “la estrategia de la tensión”.
Mientras, en la Alemania de mediados de los setenta, Fiebelkorn se mueve por la noche de Frankfurt para terminar incorporándose a la Bundeswehr (Fuerzas Armadas alemanas) extremo que no solo confirma él mismo sino además aprovecha para corregir: “No fui desertor, como se ha escrito; yo terminé mi servicio con ellos”.
Sin embargo, elude pronunciarse sobre algún percance que según un informe de la Bundeskriminalamt (Oficina de Investigación Criminal alemana) protagonizó en relación a la posesión de varias armas de fuego. Pero fuera cual fuera su situación en Alemania, Fiebelkorn decide irse lejos, y qué mejor destino que Paraguay, donde el hijo de un alemán, el dictador Alfredo Stroessner, dirige el país con mano de hierro. Y de ahí, por algún motivo que ignoramos, viajó a Bolivia, donde conocería al “carnicero de Lyon”.
—“¿Cómo fue su salto de 1978 a Santa Cruz de la Sierra?”— El tema de la etapa de Santa Cruz despierta un delatador brillo en sus ojos. Le gusta y la justifica: “Era una guerra contra el comunismo, y yo la hice”. Pero en Bolivia no había una guerra, sino la dictadura del general ultraderechista Hugo Banzer llegando a su fin así como un buen número de militares metidos de lleno en el negocio de la cocaína. En Santa Cruz de la Sierra, Fiebelkorn abrió la cervecería Baviera, espacio que no sólo acogería en sus mesas a los fascistas de la Internacional Negra que se pasaban por la ciudad, sino a auténticos nazis que lucharon en la II Guerra Mundial y terminaron sus días como mercenarios en Sudamérica.
Este fue el caso de Hans Stellfeld, un veterano de la Gestapo que murió de sobredosis o, sin ir más lejos, su inseparable amigo Kopplin, del cual revela, “murió de un tiro”. Vivos o muertos, el destino de otros fanáticos que, como el chileno Kay Gwinner, el mercenario de Rodesia Manfred Kuhlman o el veterano de la OAS Jean Le Clerc, buscaron fortuna junto a Fiebelkorn, es incierto. Quizás se pueda decir que el exlegionario de Leipzig ha sido el más afortunado de un grupo que sigue siendo recordado con indignación por la sociedad cruceña.
Tras la dictadura del ultraderechista Hugo Banzer llegaría un periodo de inestabilidad que se creyó cerrado en 1979, cuando Lidia Gueiler Tejada, la primera y única presidenta en la historia boliviana, ganó unas elecciones democráticas. Sin embargo, este gobierno progresista no cumpliría un solo año en el poder. El 17 de julio de 1980, el general Luis García Meza dio un sangriento golpe de Estado.
Al frente de esa asonada fue colocado el mayor Luis Arce Gómez, un hombre instruido militarmente en la España franquista que, a su regreso a Bolivia, se introdujo en el mundo de las conspiraciones políticas para facilitar su nueva carrera como traficante de cocaína. Arce Gómez, que en la narcodictadura de García Mesa terminaría como ministro de Interior —aunque también se le conoció como “ministro de la cocaína” — fue quien encargó a Barbie parte del diseño de la estrategia represiva contra la oposición, la cual consistía en dar continuidad al Plan Cóndor. Llegado este punto, todas las condiciones estaban dadas para que Barbie, Fiebelkorn y su pandilla del Bavaria cooperaran. La misión encomendada a Fiebelkorn fue crear de un grupo armado de corte paramilitar, lo cual no era difícil dado el elenco de ultras que ya operaban en la zona, en muchos casos, tratando de hacer dinero junto al narcotráfico.
A esta banda de fascistas armados los medios de comunicación le pusieron el nombre de “grupo de los novios de la muerte”, en alusión al pasado como legionario de Fiebelkorn. Esta investigación ha tenido acceso al documento fundacional de la cuadrilla, cuyo verdadero nombre fue Grupo Comando Especial Águila, como corrobora con entusiasmo y suspicacia Fiebelkorn: “Exacto, éramos el Grupo Águila.
¿Quién te lo ha dicho?”. La lista, en la que figuran 20 “camaradas” y está firmada por Fiebelkorn en calidad de “primer comandante”, cuenta con el sello de las autoridades locales. Según publicó en 1982 la revista italiana Panorama, “el primer cliente del grupo fue el general Echevarria”, involucrado en el tráfico de cocaína con Roberto Suárez, el narcotraficante más importante de toda la historia en esa región de América.
Pero el auténtico terror vendría después, con el golpe de García Meza consumado y el grupo paramilitar de Fiebelkorn actuando. La fuente que habló con la revista Panorama decía así: “Empezamos a seguir a los manifestantes de los sindicatos, a fichar, a amenazar y a castigar a los subversivos”. Las tácticas represivas que Barbie vendió a la CIA volvían a aplicarse en Bolivia gracias a la cocaína.
Sin embargo, Fiebelkorn se esfuerza en defender a Barbie, del que afirma: “Todo lo que se ha dicho sobre él es mentira y la condena a cadena perpetua, injusta. ¿Cómo va a poder ser responsable de tanto un simple capitán de la Gestapo?”. El descontento de la sociedad boliviana fue tan clamoroso que en agosto de 1981 la narcodictadura de García Meza llegó a su fin. De la noche a la mañana, todo se desmoronó para Fiebelkorn. El Baviera fue clausurado y su grupo paramilitar huyó, llevándose cada cual lo que pudo, desde cocaína y dinero hasta armas y souvenirs de su aventura boliviana. Divididos y por tierra, unos escaparon a Paraguay, otros a Argentina y muchos a Brasil. Pero Fiebelkorn no conseguiría dejar atrás los problemas. Todo lo contrario, pues en Europa sería investigado por la masacre de 1980 en Bolonia. Murieron 85 personas.
El 11 de septiembre de 1982 Italia emitía una orden de captura contra Fiebelkorn. Días después, en Santa Cruz de la Sierra, un gran operativo compuesto por policías italianos y bolivianos salía en busca de Pier Luigi Pagliai, un neofascista de la Internacional Negra acusado de ser uno de los hombres claves en la matanza de Bolonia.
Herido de bala en la cabeza, aterrizó en Roma para morir en pocos días, dejando a la Justicia italiana sin posibilidades de arrojar luz sobre el atentado, las estructuras de Gladio, el Plan Cóndor o la Internacional Negra.
El 31 de enero de 1983, el semanario alemán Spiegel decía: “Joachim Fiebelkorn, un neonazi de 35 años, fue arrestado el 13 de enero en Eppstein im Taunus. El fiscal de Frankfurt lo investiga por tráfico de drogas en Bolivia, incitación al contrabando de drogas en Estados Unidos y maltrato a una muchacha de 17 años”. El diario español ABC del 8 de noviembre de ese año publicaba: “Un exlegionario alemán que organizó transportes de cocaína en Bolivia en complicidad con las autoridades bolivianas y que posteriormente se convirtió en colaborador de los servicios de Lucha Antinarcóticos de Alemania federal comparece estos días ante un Tribunal de Fráncfort.
Se trata de Joachim Fiebelkorn, de treinta y seis años, a quien se le acusa de haber dirigido en la ciudad de boliviana de Santa Cruz de la Sierra un grupo paramilitar dedicado a la recogida y transporte de esa droga. […] Contra Fiebelkorn existe orden de busca y captura de las autoridades italianas por su supuesta participación en el atentado de Bolonia que causó la muerte a ochenta y cinco personas en agosto de 1980. La Justicia alemana denegó la extradición”. Al Tribunal italiano le faltaron pruebas para condenar a Fiebelkorn, quien sí conoció la cárcel en Alemania por sus otras actuaciones delictivas. “Me pasé años en prisión”, admite con rabia.
Ya es noche cerrada y la fiesta en honor a Santiago Apóstol en la finca del Legionario está en su punto álgido.
Sin duda Fiebelkorn es aquí el centro de atención para los civiles y las autoridades del Ejército y Guardia Civil, que llevan más de veinte años honrándole con sus visitas y elogios. Parece que a Fiebelkorn, que hoy por hoy no tiene cuentas pendientes con la justicia europea, le va bien. Sin ocultar su nombre real, pero celoso de su seguridad, el viejo neonazi da por concluida la conversación con una información que puede interpretarse como persuasiva, no solo porque responda a una pregunta que nadie ha formulado, sino porque apela a un pasado que, por lo visto, no lo es tanto: “¿Sabes que aún quedan por ahí algunos de los míos? Ya sabes, del equipo que formé en Bolivia…”. Y agarrando otra cerveza, regresa al Mesón Legionario, que es donde están los uniformados bebiendo, junto a un retrato de Franco, dos viejas ametralladoras y una Cruz de Hierro alemana.
* El Salto

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