octubre 7, 2026

Los fantasmas de las razas y los racismos

por: Liliet Disotuar Caballero

Los dominados no fueron despreciados solamente por su piel, también se les juzgó éticamente, marcándolos de por vida.

Al escuchar en nuestra cotidianidad la palabra raza, siempre nos remitimos a las distintas coloraciones de la piel que tienen las personas y que han servido históricamente para clasificarlos. Es posible que asimismo, desconozcamos todos los elementos de carácter subjetivo que subyacen tras este término y que promueven la separación o jerarquización de unos individuos sobre otros como finalidad suprema.

Antigüedad y razas

Si nos remontamos a su origen, descubrimos el devenir a lo largo de los tiempos de un concepto con matices y características humanas, históricas, sociales y por ende cambiadizas. Desde la antigüedad apreciamos cómo se establecían comparaciones entre los diversos grupos de individuos, dotados de factores diferenciadores en cuanto a las pigmentaciones cutáneas, pero debemos enfatizar en que para ese entonces el hombre, aunque desconocía esta terminología, se centró en remarcar la variedad existente mediante explicaciones en las que lo mítico y lo mágico jugaban un papel decisivo como responsables directos de las mismas.

Grandes civilizaciones, como por ejemplo las que poblaron el antiguo Egipto, eran capaces de forjar contrastes sociales atendiendo a la coloración de la dermis. El imaginario sacerdotal veía en ello, la encarnación de las deidades y por consiguiente eran alabados algunos mientras que el resto sufría el despótico poder de los intocables faraones que eran vistos como inalcanzables creaciones del cielo.

Estas expresiones nos ofrecen un panorama de cómo las personas en aquellos remotos tiempos ya establecían criterios, marcadamente etnocentristas, aunque no permeados, en muchos casos, del significado con que los conocemos en la actualidad y que deben ser entendidos como ejemplos que en ese entonces expresaban la cosmovisión con que cada cultura intentaba justificar el origen y rareza de la naturaleza, desconocida por demás, y que significó un reto al intentar comprender del modo más orgánico o lógico el mundo circundante. De igual modo, las variadas agrupaciones humanas podían ser consideradas atendiendo a su indumentaria, religiosidad, lengua en la que se comunicaban u otros caracteres que resultasen tipificadores.

Sin embargo, no es hasta la llegada de las civilizaciones griegas y romanas donde se patentiza con mayor fuerza este criterio, siendo los primeros en denominar al resto de los pueblos como “bárbaros”, y aunque les era posible apreciar diferencias en cuanto a las características físicas de los individuos, éstos, fueron llamados y reconocidos como extraños, ante los que había que permanecer alertas, no como seres inferiores biológicamente.

El vocablo raza ha servido para confundir, manchar al prójimo de una supuesta infamia e impureza, convirtiéndose en el pretexto por excelencia para discriminar y tratar de modo infrahumano a todo lo diverso.

No debemos pasar por alto el hecho de que su origen se encuentra anclado en las expresiones relacionadas con el mundo animal, por lo que desde sus entrañas está plagado de un sentido despectivo, y que también en el continente americano se diseminó mortalmente como resultante de la conquista y despiadada colonización, donde los recién llegados, abanderados de la ambición y la prepotencia, consideraron que los pueblos que por aquel entonces habitaban en nuestras tierras no merecían otro calificativo que el de “engendros salvajes”. Incluso este pensamiento medieval y el retrógrado encontró fieles adeptos hasta en los más altos círculos de la realeza católica, indolente, avariciosa y a la que no le importó teñir los ríos con la sangre de los inocentes, siempre y cuando sus arcas rebosasen de oro, plata y piedras preciosas.

Los pueblos esclavizados, rebajados y envilecidos sintieron y sufrieron en carne propia crueles aberraciones que los mancillaron, mientras se propagaban en el continente europeo los falsos postulados científicos, enmascarados de progresos del conocimiento y que propugnaban la supremacía de unos pocos, armados de falsas verdades, escudados en abominables predestinaciones, maldiciones bíblicas o fatalismo zoológicos.

¿Por qué raza?

Decir raza ya de por sí, lleva implícito un sentido peyorativo, su esencia es eminentemente discriminatoria y busca acentuar las desigualdades. Constituye un penoso estigma, a todas luces manipulable, en dependencia de los intereses y ambiciones, así como de los conflictos sociales existentes. Aplicar dicho calificativo en un sentido genérico para referirnos a la condición humana, nos devuelve el prejuicio una vez más. En su lugar los términos “género” o “especie” ofrecen seriedad y alejan de los bochornosos esquematismos. Los dominados no fueron despreciados solamente por su piel, también se les juzgó éticamente, marcándolos de por vida, siendo este el punto de partida de muchas de las erradas concepciones científicas y culturales que aún permanecen vivas en la conciencia social por la fuerza y terror con que fueron impuestas.

¿Cómo acercarnos entonces a un tema significativamente conflictivo? ¿Qué definición apropiada pudiéramos ofrecer en tormo a dicha cuestión? Para nadie resulta un secreto que este concepto arbitrario, manchado y poco civilizado, ha servido como protección para los que en nuestros días quieren revitalizar el odio, buscando responsables en cualquier rincón y obligándolos a arrastrar estas mentiras cual grilletes que llevarán en un futuro sus descendientes. Al conjurarla, convocamos al más temible de los espectros, el racismo.

Si buscáramos definir la expresión raza, aflorarían innumerables opiniones, pero tendremos presente que debe estar constituida por un gran conjunto de seres humanos con caracteres semejantes, permanentes, hereditarios, claramente definibles en todos sus miembros. En una misma familia vemos cómo personas ligadas por fuertes lazos consanguíneos no guardan ninguna semejanza, esto pone al descubierto que las transformaciones, variaciones genéticas y otros elementos hacen de cada ser humano, creaciones originales, únicas e irrepetibles, por lo que es totalmente improductivo pretender cortar las alas de la caprichosa naturaleza, que nos ha hecho diferentes y a la vez uno.

Este concepto estrecho, limitativo, encierra innumerables contradicciones, en la que se han empecinado las obtusas mentes para concretar la exterminación de muchas culturas y pueblos. Para los racistas el interés supremo de estas clasificaciones está en que les permitirá establecer conexiones entre la apariencia de los sujetos y supuestas características psicológicas que determinarán, según ellos, la mentalidad y el carácter. ¿Cómo es posible pensar que el aspecto físico pueda influenciar las condiciones espirituales y éticas de las personas? Ideas descabelladas como ésta, no resultan extrañas y se han manejado continuamente, sirviendo como plataforma para acometer la más sádica persecución y represión.

Todo hombre es uno

Veamos el panorama en Latinoamérica, donde los negros y mestizos eran vistos como personificación de la maldad, los vicios y el componente social denunciaba toda la hostilidad existente, por lo que era necesario cubrirlos con el oprobio. Decir negro equivalía a nombrar al mismo demonio, sin embargo, al expresarse en relación a los blancos, se abrirían las puertas de un paraíso hecho a su justa medida, en el que su bondad y virtudes los colocarían como ejemplos a imitar. Los sentimientos no pertenecen a nadie, son un regalo que corresponde a toda la naturaleza humana. Son asesinos de la verdad quienes piensan que a un cuerpo negro sólo puede pertenecer un alma del mismo color. Embustes históricos, sembrados en nuestras mentes y que es hora de desterrar de por vida.

Es incorrecto pensar que los aspectos psíquicos de la personalidad se reflejan en la figura humana. Tales postulados resultan burdos empirismos, capaces de dar por sentado teorías, sin someterlas previamente al análisis, primando así falta de rigor y el irrespeto por la ciencia.

Al revisar la historia del continente tropezamos con documentos oficiales, obras del campo de las letras y otros manuscritos, en los que se insiste una y otra vez sobre las abismales diferencias entre los afortunados seres que gozaban plenamente de su condición humana (todos procedentes de Europa) y los que no habían alcanzado esta dignidad, pues al no poseer almas eran criaturas viles, infrahumanas (tal era el caso de los oriundos de esta tierra y los provenientes de África). Estos criterios nos acercarían a una de las formas de racismo más radical, excluyente y que se fue expandiendo como cáncer, despojando al resto de las personas de una condición vital, su sensibilidad.

La civilización ha atestiguado cómo las jerarquías eclesiásticas, nobiliarias y militares promulgaban la limpieza de sangre como requisito primordial, de lo contrario la Santa Inquisición, terrible maquinaria de la muerte, extendía su puño tenebroso, triturando inocentes voces, sin que sus reclamos de misericordia fuesen escuchados.

Como prueba irrefutable del terror y maldad que contienen estas posturas, tenemos el totalitarismo nazi, que, valiéndose de la ingenuidad e ignorancia del pueblo, se alimentó y adoctrinó en cuanto a retorcidos pensamientos en los que figuraban como elegidos, superiores al resto de la humanidad. Las manifestaciones racistas contemporáneas hacen retornar el tema de la xenofobia. Los tiempos de crisis económicas acentúan las carencias materiales y son los momentos más oportunos para propagar el odio entre los hombres, avivar los regionalismos egoístas, así como otros fenómenos discriminatorios y por tanto, execrables.

Con todos estos elementos resulta imposible creer en la existencia de las razas puras. Todo individuo desde el vientre materno resulta ya un ser mixto, como dijese Fray Bartolomé de las Casas, defensor a ultranza de la vida y la igualdad. “Todo hombre es uno”. La variada población humana, madre del mestizaje universal, nos habla del engaño tras el mito divisivo de la raza como invención presta a la confusión, diseñada para trastocar y distorsionar la verdad.

No existen prácticas científicas que respalden la infundada creencia respecto a las diferencias en materia de superioridad humana. Es disparatado pensar que determinadas personas están congénitamente muy por encima de otras, dada la habilidad, el desarrollo y capacidad mental que posean. Es imposible etiquetar a los seres, encasillarlos.

Las almas, los espíritus, los valores que nos hacen verdaderamente humanos no son medibles. Se encuentran más allá de los rígidos esquemas que intentan privarnos de la mayor riqueza con que hemos sido premiados, la diversidad.

La pureza racial es una gran mentira, ya que la variabilidad de los grupos humanos, la complejidad de los procesos hereditarios, así como otras circunstancias determinantes, hacen imposible la existencia de tales ideas de supremacía en cuanto a la pigmentación de la piel. Esta abominable falacia está condenada a extinguirse, a pesar de que resurge constantemente, bajo cualquier disfraz. Amenaza con marcar por la violencia y la muerte a la sociedad en sentido general, poniendo en peligro la permanencia de nuestra especie en el planeta. Incitan y despiertan a los monstruos que habitan en el interior de muchos cuerpos, arrastrándolos ciegamente al abismo de la sinrazón.

Resultan temibles quienes se ocultan tras las teorías racistas para llamar a la guerra entre hermanos, pertenecientes a una misma familia, semejantes por su condición de seres vivos y pensantes. Es necesario estar alertas ya que los peligros van en ascenso, los prejuicios se acrecientan, el miedo puede doblegar sanos juicios y transformarlos en el más irracional aniquilamiento.

La pobreza espiritual, la escasez de pensamientos lúcidos y principalmente la falta de amor, llevan a muchos sujetos a asumir actitudes despreciables. Las razas dividen, separan, siembran el rencor. Los sentimientos unen, funden todos los latidos en una sola alma de muchos colores, de todos los colores y a su vez se convierten en uno solo.

La vida es tesoro invaluable dentro del amplio arcoiris de la naturaleza, celebrémosla. Desde los habitantes del Ártico, los pobladores del caluroso desierto, los que transitan por las tupidas selvas o los áridos parajes. Cada uno de ellos, de nosotros, es una misma carne, donde se resume el resultado maravilloso de la increíble aventura que ha sido la vida en la tierra.

Un desafío que seguimos enfrentando, vivir en este planeta, vivir en paz, pero es necesario recordar que no somos los únicos valientes, los más osados, pues ese es un regalo que corresponde a la humanidad en su totalidad.


* Instructora de arte.

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