por: Nelson Simón
No vuelvas a los lugares donde fuiste feliz.
Delfín Prats
La casa de mi felicidad, existe en mi memoria.
Vuelvo a ella como quien abre una caja de música
descompuesta y percibe aquello que le fue familiar en esos
espacios cargados de significado que tiene el silencio.
Siguen sobrecogiéndome de una manera extraña el olor del
café y el sonido del jarrito de peltre en la cocina. Me
transportan a la casa primera y sus fantasmas. A la voz de las
tías, al padre ocasional, a la abuela que confunde los límites
del sexo al nombrarme, a la madre que se empina para mí
como las casuarinas.
El recuerdo también puede ser un río del que nunca sales
siendo el mismo. Escucho a las ventanas silbando. Los frutos
del jobo golpeando en el tejado. La gota pertinaz del tinajero
y el mugir de la vaca extendiéndose por misteriosos y oscuros
yerbazales. Son las voces secretas de aquello que te amó y
amaste. Nada palpable queda de todo lo que fue la casa y el
país. Quizá aquella luz que añoro fuera menos ambiciosa.
Quizá un poco más ingenua. Tal vez nunca existiera.
Lo perdido cobra dimensiones que de pronto no caben en el
pecho. Las cosas van muriendo y apenas te das cuenta de la
caída de la última hoja o de la primera floración que
contemplaste.
He cambiado de piel en tantas ocasiones que no me reconozco
ni en esa lejanía absurda del emigrante ni en las palabras que
sostiene al país.
Sólo mi memoria ha logrado reconstruir aquella casa como un
icono de la perdida felicidad, como único lugar dónde
sostener mis interrogantes.
Ni siquiera sabíamos que los retratos familiares también
envejecen. Que los muertos siguen dialogando desde su
rigidez. Que la felicidad sólo puede mirarse desde lejos.
Ni siquiera advertimos que teníamos el cielo, que la luz era
nuestra, mientras mirábamos al cielo utópico de otros héroes.
* Tomado de la revista Casa No. 251.

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